Abril 23 de 2008

El cardenal Alfonso López Trujillo jugó un papel decisivo en la elección de Benedicto XVI.

Murió el pasado 19 de abril y es considerado el más hábil político entre los purpurados electores del Colegio Cardenalicio.

EL 19 DE ABRIL DE 2005, exactamente tres años después de haber asumido la jefatura de la Iglesia bajo el nombre de Benedicto XVI, Joseph Ratzinger recibió la noticia de la muerte del cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, el cardenal que había ejercido de "jefe de debate" para llevarlo al trono pontificio, el más hábil político entre los purpurados electores del Colegio Cardenalicio, y quien logró encauzar una votación que, según datos secretos de un rebelde que dejó conocer el diario que llevó durante el pasado cónclave, no favorecían con la mayoría necesaria al "guardián de la fe, el candidato in pectore de Juan Pablo II".

Cuenta ese diario que luego se hizo público que el primer escrutinio solo le dio a Ratzinger 47 papeletas, insuficientes para que sus electores lo proclamaran papa. Le hacían falta 30, pues necesitaba 77 para convertirse en el sucesor del 'Papa viajero'. Su gran opositor, el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio, en la tercera votación enfrentó a Ratzinger con 40 votos, el mismo conteo en el que apareció un voto por Darío Castrillón, el otro cardenal colombiano en el cónclave. Solo en el cuarto intento, cuando cuentan justamente que "empezaron a moverse en los más activos contactos -el colombiano López Trujillo, el chileno Jorge Medina y el entonces Secretario de Estado, Angelo Sodano- el cardenal alemán logró la mayoría: 84 votos. De no haber sido así, los príncipes electores habrían tenido que buscar un papa de consenso, ya que el otro gran favorito, Carlo María Martini, había rechazado su postulación.

El hábil manejo de López Trujillo permitió la elección de Ratzinger y constituye una de las tantas anécdotas del cardenal colombiano, de quien podría decirse que en casi todos los actos de su vida pública estuvo, indistintamente, en los podios de héroe o villano.

Durante la visita de Juan Pablo II a Colombia (1986) fue duramente criticado porque actuó en forma autoritaria en todos los actos del Pontífice, impuso la agenda y hasta impidió que la gente humilde se acercara al Pontífice. Muchos recuerdan que en Popayán dio la orden para que sacaran de la tribuna, prácticamente a la fuerza, a un indígena paez que quería denunciar los atropellos contra su comunidad ante el Papa que, sin embargo, lo invitó al final de la ceremonia que presidía a "dialogar rápidamente". También fueron cuestionadas muchas visitas que varios prelados consideraban innecesarias, pero que se hicieron por orden del cardenal, quien además, durante el paso del Papa por Medellín, impidió que llegara a sus manos una carta de protesta en contra suya firmada por más de 80 sacerdotes.

Conservador hasta los tuétanos, se destacó, junto con Ratzinger, como uno de los más enconados enemigos y detractores de la Teología de la Liberación en América Latina, considerada por los guardianes de la fe como alejada de la ortodoxia. No en vano había hecho su tesis sobre las ideas políticas de Marx y ya convertido en uno de los jerarcas colombianos más conservadores, persiguió desde la presidencia del Consejo Episcopal Latinoamericano, Celam, a curas, monjas y religiosos sospechosos de ser izquierdistas o de alejarse de la interpretación que el Vaticano hacía del Evangelio.

Desde el Celam organizó la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla, México, en 1979, que constituyó un retroceso frente a los avances de la Conferencia de Medellín de 1968, cuando la Iglesia latinoamericana, como complemento a las reformas del Concilio Vaticano II impulsadas por Juan XXIII, decidió optar por los pobres.

Durante ese encuentro se revelaron cartas suyas en las que advertía a algunos colegas, entre ellos al cardenal argentino Raúl Primatesta, sobre la conveniencia de "manejar la Asamblea para que las fuerzas oscuras de la Teología de la Liberación no atenten contra la Iglesia instituida...". Recuerdo que entonces existía mucha prevención contra el episcopado brasileño presidido por el cardenal Aloisio Lordsheider. Ya en Roma, este arzobispo de Fortaleza y el respetado don Hélder Cámara, conocido como 'El obispo rojo' desde la reunión de Medellín, me habían prevenido sobre lo espinoso que iba a ser el encuentro de México. "El bloque conservador se está moviendo fuerte con su líder López Trujillo", me dijeron.

También recuerdo una anécdota muy particular cuando me tocó cubrir para RCN la elección de quien ejercería el Papado más largo de la historia reciente, Juan Pablo II. En mi puesto de transmisión en un recodo de la plaza de San Pedro, puedo decir que todos "nos quedamos de piedra" -así lo narré entonces-, cuando oímos el nombre del elegido: Carol Wojtyla. Alguno alcanzó a decir a sus oyentes que el nuevo papa era africano.

La biografía que teníamos a mano los 470 periodistas era de tan solo 15 renglones, que resumían la vida del cardenal de Cracovia. A los pocos minutos, se me presentó un joven obispo que dijo ser auxiliar de Medellín y comenzó a narrar la historia del nuevo papa que venía de la llamada 'Iglesia del silencio', de sus aficiones, de los libros que había escrito y de la amistad que con él había trabado durante un aguacero en Roma. Era López Trujillo.

Con su ayuda se fueron las dos horas de transmisión que habrían podido ser un desastre para los periodistas. Fue una tarde histórica llena de vivencias que el futuro cardenal contó para enriquecer la transmisión.

Nombrado presidente del Consejo Pontificio para la Familia en 1990, adquirió protagonismo en temas tan sensibles como el aborto, el divorcio, la indisolubilidad del matrimonio, el control de la natalidad y la prevención de enfermedades como el sida, las uniones homosexuales y el uso de embriones humanos para investigación médica, que dividen a la opinión entre los que creen que el prelado tuvo razón en dar las batallas para defender la ortodoxia y los que creen que contribuyó a que la Iglesia se cerrara a la modernidad.

Es pronto para el juicio histórico sobre un prelado que libró todas las batallas y que se ganó fama de soberbio y lejano del pueblo.

Por Antonio José Caballero, periodista

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