La decisión de suspender la consulta interna, tomada por el Directorio este miércoles, obliga a plantear la pregunta: ¿cambió la suerte del Partido Conservador? Hasta ahora, los azules estaban en su cuarto de hora: con el inminente ingreso de Noemí Sanín y Marta Lucía Ramírez, con la poco disimulada satisfacción de Andrés Pastrana, el partido se perfilaba unido hacia la elección de un candidato único con un banderazo cercano a los dos millones de votos para competir en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del año próximo.
Pero ahora, sin consulta, reina la incertidumbre. Justo en vísperas de la decisión del Directorio, Carlos Holguín había renunciado a su precandidatura. Aunque no propiamente puntuaba en las encuestas, la presencia del ex ministro del Interior le daba legitimidad al proceso. A eso se agrega que bajo el nuevo panorama no es claro que Sanín y Ramírez se sumen a las toldas azules, a las que siempre habían mirado con desdén. Y para nadie es un secreto que el aspirante que llevaba la delantera, Andrés Felipe Arias, está a punto de quedarse con los crespos hechos: ¿de qué le servirá la inversión en tiempo y dinero que había hecho para ganar el liderato en la consulta?
El caos conservador se puede explicar de dos maneras. Según la más optimista, el cambio en la rosa de los vientos a favor de la aprobación del referendo que podría permitir otra reelección de Álvaro Uribe, llevó al partido a reaccionar con rapidez y habilidad. Si Uribe será candidato, ¿para qué escoger un aspirante propio, por consulta, que después sería muy difícil de desmontar? En una jugada pragmática y calculada, los azules se irían con la misma fórmula que en 2002 y en 2006 les dejaron algunas ganancias: en vez de tener candidato propio, apoyar al ganador y reclamar después un trato especial. De cuenta de esa estrategia, el conservatismo ha sobrevivido a una de las más profundas crisis de credibilidad de los partidos.
Pero hay otra lectura, menos agradecida. La hipótesis de que la resurrección del referendo -y su inminente aprobación en la Cámara- no fue la única razón para abortar el auspicioso proceso de unidad. Había otro torpedo: la solicitud del grupo de congresistas que apoya a Sanín de postergar la elección interna o de reemplazarla por una encuesta para escoger al candidato. El ingreso de la ex embajadora en Gran Bretaña es una ganancia para el partido, y eso le da a ella una capacidad de negociación que no tienen los demás. ¿Para qué exponerse a una elección en menos de un mes, para la cual Arias ya ha hecho una tenaz campaña?
La tensión era doble. Un grupo insistía en culminar el proceso, hacer la consulta y el mismo juego de Germán Vargas Lleras -participar en las elecciones, independientemente de si Uribe es o no candidato- pero con la base de los votos azules, que es más fuerte y está muy bien aceitada por las cuotas que ha recibido durante los siete años de cogobierno con el uribismo. Otro sector, en el que ha tenido un liderazgo muy visible El Nuevo Siglo, muy cercano al ex presidente Andrés Pastrana, piensa que la mejor opción para la unidad y para la competitividad del partido se logra mediante la modificación de la consulta por otra fórmula. Y una tercera tendencia considera que reeditar el apoyo a Uribe -ahora que la tercera candidatura es casi un hecho- es un camino más seguro y menos riesgoso, que ya ha demostrado su potencial.
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Pero no había forma de conciliar tres visiones tan divergentes, y por eso el castillo se vino abajo. Sanín es la gran ganadora porque el Directorio acogió el camino que ella buscaba: aplazar la consulta. Y el gran derrotado es Arias, quien seguramente ya estaba enfriando la champaña para celebrar la victoria en la consulta.
Pero, para el conjunto del partido, se abren interrogantes muy complejos. ¿Será posible reparar los platos rotos y restablecer la unidad? ¿Vale la pena seguir pegados a Uribe? ¿Se está de-saprovechando una oportunidad única y tal vez histórica? No se puede descartar del todo que al final se produzca el peor de todos los escenarios: que el referendo se atasque y que los conservadores tengan que improvisar a última hora un candidato que habrá perdido tiempo valioso de campaña frente a los competidores que elegirán, el 27 de septiembre, el Polo y el Partido Liberal.
Lo cierto es que si hace un par de meses el Partido Conservador lucía rozagante y dinámico, ahora su imagen está marcada por profundas señales de división. Todo dependerá, al fin de cuentas, de si se termina de superar el congelamiento del referendo reeleccionista, y de la actitud que asumirá Andrés Felipe Arias. Pero el panorama, que tenía un cielo azul despejado, de un momento a otro se nubló.