El Presidente se puso la camiseta

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Conocidos los detalles del encuentro de la Casa de Nariño, pierde peso la hipótesis de que Uribe no tiene que ver con la iniciativa. Hasta ahora, su silencio y la apelación a un discurso contradictorio y ambiguo -"lo que importa es la continuidad de las políticas", "tengo tribulaciones en el alma", etc.- había permitido mantener la caña. Los críticos de la reelección solo habían podido señalar, como pruebas de su interés en su reelección, la convocatoria a sesiones extras del Congreso en diciembre para salvar el proyecto, y la venganza burocrática contra Cambio Radical por no haberlo apoyado.

Pero el referendo hace agua y en la etapa de trámite parlamentario quedó claro el desgano de las bancadas de la coalición frente a la iniciativa. El temor a la Corte, el desacuerdo con la segunda reelección, y las simpatías por otros aspirantes de la U y del conservatismo, desactivaron las mayorías uribistas. Y ocurrió lo de siempre: el Presidente tuvo que intervenir para imponer disciplina. No lo hizo en una reunión amplia -los riesgos de filtración son enormes-, sino en una con el círculo más proclive a la reelección.

Las posibilidades de aprobación del referendo, sin embargo, van en caída libre. Por eso en la cumbre de Palacio tuvieron que pensar en el Plan B: elección de un candidato único en octubre. Pero en el horizonte hay aún más obstáculos que serán insalvables si Uribe no se juega más a fondo. Si la iniciativa supera los últimos pasos por el Congreso y la Corte Constitucional, el mayor de todos será obtener el volumen de participación exigido -más de 7,2 millones de votos-,  muy poco probable si, como en el referendo de 2003, Uribe no vuelve a salir a hacer campaña. Y eso significa entrar en los terrenos movedizos que el Presidente siempre quiso evitar con su silencio.

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