El Partido Conservador ha recuperado un lugar en el mapa político del país

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El Partido Conservador está de moda. Ha sido el centro de atracción de la actividad política de las últimas semanas, aunque con visiones totalmente opuestas. Por un lado, la revista Semana considera que la colectividad ha resucitado, que se convirtió en alternativa de poder y que hasta podría llegar a ser la primera fuerza electoral del país en las elecciones del año entrante.

Pero el entusiasta punto de vista de la publicación fue controvertido nada menos que por un jefe natural del Partido, el ex presidente Andrés Pastrana, quien el lunes de esta semana, en entrevista con La W, hizo precisiones que contrarían la visión excesivamente optimista sobre el conservatismo. "El Partido tuvo 420 alcaldes y hoy estamos contentos con la mitad", dijo, y lamentó la virtual desaparición de su partido de una plaza tan crucial como Bogotá, donde los azules obtuvieron solo 30.000 votos en las últimas elecciones. Además, criticó la estrategia de no presentar candidatos propios en las últimas elecciones presidenciales.

Para un Partido que hace pocos años se consideraba irrelevante, estar en el centro de la polémica es una señal positiva. Todavía están frescos los recuerdos de candidatos como Noemí Sanín en 1998, y el propio Pastrana cuando ganó la Presidencia -aunque recibió el aval oficial de la colectividad-, que buscaron una imagen suprapartidista para pescar adeptos entre los liberales y los independientes porque su base no alcanzaba para competir por el premio mayor.

Esto ha cambiado en la nueva realidad política. El Partido ha recuperado dinamismo. Que un dirigente joven y con porvenir como Andrés Felipe Arias deje el Ministerio de Agricultura para participar en la consulta interna es un indicador de la nueva situación. Más aun, que también figuren en la lista de aspirantes personas como Noemí y los ex ministros Carlos Holguín, Carlos Rodado y Sabas Pretelt.

La presidencia de Álvaro Uribe ha tenido mucho que ver con las oportunidades que se le abrieron al Partido Conservador. El gobierno de la seguridad democrática puso de moda las ideas que siempre han defendido los 'goditos', como el énfasis en la seguridad y el apoyo a la iniciativa privada empresarial. Más que ningún otro mandatario conservador, Uribe ha exaltado símbolos propios de ese partido y asumido sus posiciones: la apelación a la religión, la alineación con la derecha estadounidense, el enfrentamiento vehemente con la izquierda. Ha defendido la penalización de la dosis mínima de droga y se opone a los matrimonios homosexuales. Es una paradoja histórica que el conservatismo necesitara de un popular presidente de origen liberal para rescatar su ideario.

Además, Uribe ha tratado con generosidad a los azules. Desde el punto de vista burocrático, la torta de los conservadores incluye los ministerios del Interior, Minas y Energía, Protección Social y Agricultura, la Fiscalía General, la Secretaría General de la Presidencia, las superintendencias de Notariado y Registro y de Sociedades, el Inco, el Incoder, Ingeominas, lo mismo que la Aeronáutica Civil, la Dirección Nacional de Estupefacientes, el Inpec, la Defensoría del Pueblo, la presidencia del Senado y las embajadas de España, Reino Unido, Venezuela, Italia, El Vaticano, OEA, Holanda, Israel,  México, Japón y Perú.

La mecánica política también ha beneficiado al conservatismo. La ley castiga las candidaturas individuales y personales, y favorece los proyectos colectivos. En Colombia, el número de partidos se redujo de casi 70 a cerca de 10, lo cual valoriza el poder de los que quedan para otorgar avales y presentar candidaturas. La 'C' azul subió de precio y por eso se la están disputando tantos precandidatos.

Por otra parte, está la idea, aún no concretada, de elegir un candidato de unidad del uribismo mediante una consulta interpartidista. En un escenario atomizado, una fuerza disciplinada y organizada como el conservatismo,  con 1,5 millones de votos, tiene ventajas para competir con La U, Cambio Radical y otras organizaciones de la coalición gobiernista. El terreno de juego lo favorece.

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