El paso de Rodrigo Rivera al uribismo lo ha hecho visible y relevante

Rivera se ha reunido con el Presidente dos veces desde que regresó al país en agosto. Foto: David Osorio / Cambio

Desde su llegada de Washington, donde hizo un máster de un año en la American University, el ex precandidato Rodrigo Rivera ha logrado que los medios vuelvan a hablar de él. Su sorpresivo paso al uribismo, después de haber sido jefe de debate de Horacio Serpa cuando precisamente fue derrotado por el actual Presidente, ha generado especulaciones sobre un posible ingreso al Gabinete, su participación en el proceso de selección de un candidato único uribista, y hasta la posibilidad de que reemplace a Francisco Santos como fórmula vicepresidencial en caso de que Uribe busque reelegirse.

Pero la verdad es que los coqueteos de Rivera con el Gobierno, iniciados y tramitados a través del consejero presidencial José Obdulio Gaviria, no han marcado su retiro formal del Partido Liberal. Se ha rumorado también que su camiseta uribista busca pescar apoyos electorales en las mayorías que simpatizan con el Presidente para fortalecer una eventual campaña en la consulta liberal de junio, de la cual saldrá el candidato presidencial rojo.

Rivera, en síntesis, se está abriendo espacios tanto en el Gobierno como en la oposición, lo cual es una jugada política maestra. Sin embargo, es tan osada y audaz, que también le ha generado resistencias en ambas esquinas. En el Gobierno, el presidente Uribe ve con buenos ojos su acercamiento porque significa quitarle al partido de César Gaviria un general y porque en la eventualidad de una segunda reelección podría traer votos de las bases rojas que acompañaron a Rivera en la consulta interna de 2006. Sin embargo, los precandidatos gobiernistas a la primera magistratura -que están al acecho de que el jefe máximo no se postule- no le conceden legitimidad a Rivera como abanderado del programa uribista. Martha Lucía Ramírez refleja esa posición: "A lo que juega es a ganarse el favor del Presidente, como si hubiera sido siempre defensor de la seguridad democrática y en cambio no la hubiera atacado cuando fue jefe de debate de Horacio Serpa en 2002", dice.

En el Partido Liberal, como era de esperarse, Rivera ha suscitado críticas por su supuesta deslealtad con la causa. El senador Héctor Helí Rojas dice que "Con esas posiciones tan radicales que ya ni defienden con tanto ahínco los uribistas, entre otras cosas por escándalos como el de los falsos positivos, Rivera se está volviendo ultraderechista con tal de que le den un ministerio", y el precandidato Alfonso Gómez Méndez agrega que "Rivera no está en el Partido porque una persona que acaba de darle consejos al Presidente, incluso para que lo reelijan, no puede hacer parte del liberalismo. Y para participar en la consulta interna, tendría que estar en la oposición, porque esa es la política oficial del Partido Liberal".

En el centro de la polémica, el ex senador argumenta que no está actuando por ambiciones personales, sino porque  le preocupa que se debilite el consenso a favor de la continuidad de la política de seguridad democrática. En concreto, que en el debate proselitista que se aproxima vuelvan a plantearse alternativas como el diálogo y la negociación con la guerrilla, que en las encuestas de opinión aparecen como preferidas sobre la continuidad de la mano dura. En palabras de Rivera, su único afán es que en 2010 "no se vaya a abrir una caja de Pandora y que los colombianos elijamos a un presidente de mano blandita. Cuando faltan solo dos o tres años para acabar con una tragedia de 40 años, no podemos perder el partido en el último minuto". Tanto Rivera como Uribe consideran que abrir un debate sobre una eventual revisión de la seguridad democrática es favorable para las Farc, y ese ha sido el punto de convergencia entre los antiguos contrarios y ahora aliados.

En la segunda reunión entre Uribe y Rivera, el miércoles de la semana pasada, el ex senador le propuso al Presidente un test de cuatro puntos sobre la fidelidad a la política de la seguridad democrática. Test que el Presidente aceptó e hizo propio para medirles el aceite a quienes aspiran a sucederlo en la jefatura de Estado, si es que él no va por un tercer mandato consecutivo.

"Que le digamos sinceramente al país si queremos que esta política continúe, pero que no lo digamos de dientes para afuera, porque en esto hay mucha hipocresía -le dijo Rivera a CAMBIO-. Cuando se habla de prohibir las zonas de despeje, dicen: para el acuerdo humanitario sí. Cuando decimos sí a los rescates militares de los secuestrados, alegan que es peligroso. Cuando se plantea, no aduzcamos razones fiscales para desproteger las carreteras o los poblados, dicen no, si hay una crisis económica pues habrá que sacar plata de ahí y dedicarla a educación y salud. Y cuando uno plantea que si hay una eventual negociación con la guerrilla el rasero tiene que ser el mismo que hubo con los paramilitares dicen no, es que ellos son delincuentes políticos, hay que indultarlos y amnistiarlos".

Rivera, en síntesis, está haciendo una apuesta difícil. Por abrirse campo en dos bandos opuestos -el uribismo y el liberalismo- se está ganando competidores en ambos lados. Aunque Rivera dice que cambió de posición cuando el presidente Uribe extraditó a los trece jefes paramilitares a Estados Unidos, sus críticos están recordando las intervenciones que hizo en contra de la ley de Justicia y Paz, que consideraba muy favorables a los 'paras', y las insinuaciones que hizo durante la campaña presidencial sobre apoyos de las Auc a la campaña del actual mandatario.

En todo caso, el regreso de Rivera al ruedo ha sido exitoso. Recuperó visibilidad, que es fundamental para un candidato, en especial cuando comienza una campaña. Y se acercó a la imagen más rentable del momento: la de uribista, así sea converso. Esos logros, sin embargo, han implicado un precio que solo con el tiempo se sabrá si es demasiado alto.

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