De los motivos de reflexión que nos dejan las últimas cumbres latinoamericanas, el que ha suscitado mayor sorpresa es el escaso número de amigos con los que cuenta Colombia en el tema de la lucha contra el llamado terrorismo entre sus pares latinoamericanos. A pesar de sus esfuerzos y las evidencias presentadas por el presidente Uribe, la discusión continúa centrada en la injustificabilidad de las violaciones a la soberanía territorial de los Estados y no en las sospechas de complicidad con las FARC de los gobiernos ecuatoriano y venezolano.
Pero la dura reacción frente a la conducta del gobierno colombiano era del todo previsible, particularmente en asambleas de gobernantes latinoamericanos. Las numerosas fronteras en disputa que han afectado y aún afectan la geopolítica latinoamericana, como menciona la revista Semana, algunas de las cuales han desembocado incluso en enfrentamientos armados, sumados al inmenso celo con que el Brasil defiende su soberanía amazónica, despiertan grandes susceptibilidades hacia el tema limítrofe y explican en parte, no solo la dura reacción contra Colombia sino la solidaridad con el reclamo ecuatoriano. Es evidente que el escenario era propicio a una condena de Colombia puesto que ninguno de los mandatarios que se sentaron a la mesa de deliberaciones, querría ser juzgado por la historia por debilidad en la defensa de la integridad territorial de su país.
Sin embargo, la soledad colombiana y la sordera regional ante el tema de las FARC, apuntan, sobre todo, a nuestra política exterior frente a Latinoamérica y a su ineficacia como medio de salvaguarda de los intereses nacionales en la región.
Con excepción de sus aspectos comerciales, la mayoría en manos de especialistas, la política exterior se ha convertido en una de las políticas públicas menos profesionalizadas y de menor peso en los intereses del gobierno. Pareciera que sus responsables, ensimismados en el día a día de las grandes y pequeñas crisis internas o en intereses politiqueros inmediatos, hubieran relegado a un segundo plano el escenario político externo sin comprender que allí también se tejen y deciden intereses y complicidades cada vez más atinentes a nuestros problemas domésticos.
La ausencia de especialistas en el diseño de la política exterior se evidencia en las decisiones más importantes de política externa de los últimos tiempos tomadas ellas sin suficiente atención a los costos políticos de largo alcance. El Plan Colombia por ejemplo, adoptado a la luz de las urgencias inmediatas de la guerra, supondría una estrecha asociación con los Estados Unidos de evidentes implicaciones en el terreno geopolítico regional. A pesar de las ventajas en el plano militar, era obvio que su aplicación desencadenaría resquemor y desconfianza hacia Colombia, en la medida en que determinaba presencia militar norteamericana en regiones fronterizas altamente sensibles para nuestros vecinos. Algo similar ocurriría con los diagnósticos y soluciones contra el narcotráfico, de claro origen norteamericano, asumidos por temor a la descertificación.
La fumigación aérea de cultivos ilícitos, no solo destierra el debate en torno a alternativas de lucha menos onerosas contra este fenómeno, sino que ha sido fuente de conflicto constante con nuestro vecino al sur y de inquietud ambiental para aquellos que defienden las regiones selváticas como recintos sagrados de biodiversidad, como el Brasil.
Pero es nuestra adhesión a la llamada lucha mundial contra el terrorismo del gobierno Bush, la que más pesa sobre la solidaridad regional con nuestros intereses. No existe aún consenso mundial sobre lo que es o no es terrorismo y las definiciones propuestas siguen siendo controversiales por la carga ideológica que parecen esconder. La insistencia de los gobiernos Pastrana y Uribe en caracterizar a las FARC como "terroristas", revela la intención de golpear su imagen y estimular la cooperación internacional en su contra aprovechando la campaña emprendida a favor de la cuestionada cruzada internacional del gobierno Bush contra el terrorismo islámico. Pero los objetivos de la lucha colombiana contra una guerrilla marxista-leninista, que se niega a deponer las armas y a hacer política por la vía democrática, en nada se asimilan a los métodos defensivos del gobierno americano post 9-11. No debe pues sorprender que en vez de suscitar la solidaridad de los gobiernos latinoamericanos, desencadene su negativa a endosar la caracterización colombiana de las FARC y permita más bien a sus opositores de la izquierda latinoamericana, identificarlo con los intereses de los Estados Unidos y atribuirle a Uribe el calificativo de "lacayo del imperio".
El mal cálculo de la autorización a Chávez y a Piedad para mediar en la liberación de secuestrados que ellos mismos y varios otros lideres del continente, y allende el mar, aprovecharon para promover la imagen ante propios y ajenos, a costa de la del país, es otra de las decisiones que revelan la ausencia de especialistas en relaciones internacionales en las proximidades del presidente. Presentadas siempre como victorias de la diplomacia nacional, ellas nos vienen distanciando desde hace ya bastante tiempo no sólo de los ideales tradicionalmente caros a los latinoamericanos de izquierda o de derecha, como son la batalla por la autonomía política y la búsqueda de una identidad propia, sino también de amplios sectores europeos. La dificultad de muchos de ellos para comprender que la guerrilla no es un grupo de idealistas que combaten gobiernos arbitrarios y violentos con fuerzas armadas violentas y arbitrarias, con apoyo paramilitar, para aceptar que Ingrid no es la única ciudadana secuestrada que mereciera ser rescatada, demuestra también la ineficacia del discurso externo colombiano. Las pretensiones de Sarkozy y de su ministro de relaciones exteriores de participar, a su antojo, en el conflicto nacional, son prueba de esa incomprensión.
El gobierno debe reconocer que somete al país a riesgos innecesarios por ignorar la importancia de contar con asesoría especializada y permanente en el manejo de las relaciones externas. Debe entonces replantear su política exterior y diseñar un discurso coherente y propositivo que la explique y divulgue ante aquellos de quienes depende el logro de sus objetivos. De lo contrario, continuaremos improvisando reactiva y peligrosamente a las crisis que nos avasallan desde fuera y asumiendo sus costos sin alcanzar nuestros objetivos.