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LOS VIOLENTOS ataques verbales del presidente Álvaro Uribe contra los principales líderes de la oposición y la reacción de algunos de ellos, como el presidente del Polo Democrático, Carlos Gaviria Díaz, quien dijo que Uribe "no está en sus cabales", han atizado una polarización peligrosa. El Presidente habló de "terroristas vestidos de civil" -para referirse, sobre todo, al senador Gustavo Petro- y de "guerrilleros solapados" - en alusión a Gaviria- y justificó su agresividad verbal con el argumento de que él es "un combatiente".
No obstante que analistas como Rafael Pardo consideran que todo obedece a una estrategia para imponer la agenda, distraer la atención de temas espinosos que comprometen a aliados del Gobierno en el Congreso y minar el terreno del debate sobre paramilitarismo en Antioquia anunciado por Petro, la verdad es que también le ha servido al Polo, que puede asumir el papel de víctima de la intolerancia e irascibilidad presidencial.
El incendio, no cabe duda, da réditos políticos. El problema es que Uribe es el presidente y que, independientemente de que tenga motivos que justifiquen su reacción por lo que considera acusaciones infundadas del senador Petro contra uno de sus hermanos, su condición es la de Jefe de Estado.
No le conviene al país que, en medio de un controvertido proceso con las Auc, de un escándalo que compromete a políticos de la coalición de Gobierno con los paramilitares y a pocos meses de elecciones regionales, el Presidente atice la polarización. Y le cabe al Polo, en especial al senador Petro, cuidarse de lanzar especies sin fundamento contra el mandatario y su familia.
Uno y otro deben saber que si de lo que se trata es de construir democracia, como cada uno alega en su discurso, no es con agresiones como van a lograrlo. No pueden olvidar el papel que ha jugado la intolerancia en un conflicto de más de 40 años. Ya algunos en el Congreso hablan en voz baja sobre la necesidad de calmar los ánimos, pues temen que si la temperatura sigue subiendo podría haber muertos.