Historia de una infamia

Ilustración: Alberto Barreto

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Vive en Cúcuta, tiene solo 15 años y su vida ya está marcada para siempre. Una violación y un embarazo no deseado que, pese a que por ley tenía derecho a interrumpir pero dos fallos de tutela y cinco objeciones de conciencia le negaron, le han dejado imborrables secuelas físicas y psicológicas.

Su tragedia empezó hace dos años, en noviembre, cuando un hombre que vivía a solo una cuadra de su casa, en libertad condicional por secuestro y extorsión, con ayuda de un cómplice después de amenazarla y golpearla, la violó. Aterrorizada guardó silencio, pero con el paso de los días sintió que algo más que el miedo la minaba por dentro. Se ahogaba, palidecía, perdía peso... Dormir era lo único que quería. 

Preocupada al ver que la joven, antes saludable y llena de energía, parecía estar consumiéndose como una vela, la madre decidió llevarla al médico. No tuvo que hacer muchos exámenes para saber de qué se trataba. Le pidió a la niña que contara qué había pasado. Entre lágrimas y sollozos, con la voz entrecortada, ella fue contando la historia. La madre, que hasta entonces nada sospechaba, ató cabos: los rasguños en los brazos no eran del gato, el miedo porque el seguro de la puerta no estuviera puesto, los ruegos para que llegara temprano del trabajo, las miradas a un lado y otro como si la estuvieran siguiendo...

"Está embarazada", le dijo el médico. Ella lo miró entre sorprendida y asustada. No parecía entenderlo, pero cuando al fin comprendió que en sus entrañas estaba gestándose un ser que ella no había pedido, que ella no deseaba,  sintió rechazo, odio, asco...

"¡Sáqueme eso, sáqueme ese animal!", le decía a su madre, presa de desesperación. Empleada doméstica, la madre la apoyó sin dudar. "Sabía, como mamá, lo que estaba haciendo -dice con la voz quebrada-. Si ella no quería tener esa criatura no la podían obligar". 

Decidió denunciar al violador ante la Unidad de Delitos Sexuales  de la Fiscalía, y para ayudar a su captura se disfrazó y fue a donde los vecinos del victimario a preguntar por él. "Dije que era la madre de un preso y que necesitaba verlo para que me diera razón de mi hijo -cuenta-. Lo llamé y lo cité en una plaza, donde lo capturó el CTI de la Fiscalía. Me tuvieron que tener porque me le iba a lanzar para acabarlo".

Fue apenas el primer paso de un vía crucis que aún no ha terminado. Siguió el colegio, donde su hija era y sigue siendo una alumna sobresaliente. Contó la historia y les rogó al rector y a la psicóloga que no la sacaran, que la dejaran seguir estudiando. Aceptaron. "La niña no quería que nadie supiera lo que le había pasado y por eso cortó con sus amistades, alegando que estaba en un tratamiento hormonal -relata la madre-. Estaba pálida, decaída, y su estado de ánimo era muy  variable".

El paso siguiente era pedir el aborto en la EPS Coomeva donde estaba afiliada. El caso estaba entre los que contempla la ley -violación, malformación del feto, peligro de muerte para la madre- y pese a que, según la ley, no es requisito, presentó una certificación de violación de la Fiscalía. No sirvió, le negaron a su hija la interrupción del embarazo. En el Hospital Erasmo Meoz se declararon impedidos para hacerlo, y cuando un médico se mostró dispuesto, le cancelaron el contrato. El tiempo corría en contra de la joven. La interrupción del embarazo se considera de alto riesgo después de la duodécima semana.  

El estado de salud de la niña empeoraba día tras día. Llevada de urgencia al Hospital San José, descubrieron que la enfermedad venérea que el violador le había contagiado -gonorrea- le había comprometido un pulmón. Estuvo 17 días en cuidados intensivos. "Sabía que estaba viva porque respiraba", dice la madre.

Y se cumplió el tiempo después del cual la interrupción del embarazo no fue posible. La Defensoría del Pueblo la apoyó en la redacción de las dos tutelas por violación de un derecho que la ley le concedía, pero las dos fueron falladas en su contra por un juez que desestimó el certificado de la Fiscalía, imponiendo su fe sobre el derecho.

 Mientras tanto la salud física y emocional de la niña iba en caída libre. "No quería verse la barriga que le estaba creciendo", asegura la madre. Desesperada ante la imposibilidad de conseguir veneno, pidió a dos niños del barrio que le compraran una cuchilla y se cortó las venas. Al llegar del trabajo, su madre la encontró desangrándose.

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