Historia de una infamia

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En Coomeva dijeron que el caso era de psicólogo y pese no solo a la obviedad del diagnóstico sino a la urgencia de un tratamiento, nada hicieron y, como en una ocasión anterior, una enfermera desalmada le dijo: "¿Quién le manda abrirse de piernas a un hombre?".

Deprimida y cada vez más aislada y retraída, el hijo indeseado crecía en sus entrañas. "Un día, ya con ocho meses de embarazo, la encontré retorciéndose de dolor en la espalda, la niña no podía más", cuenta la madre.

De nuevo de urgencia al hospital, al San José. No las atendieron porque no tenían autorización de la EPS. Desesperada porque el parto no daba espera, la madre se le lanzó a un médico ya entrado en años y le rogó: "¡Por Dios, salve a mi hija!".

Cuando el médico vio a la niña, estaba morada, casi sin aire, iba a dar a luz antes de tiempo. "El cuerpo no le aguanta más, a esta niña debieron haberle practicado un aborto hace meses", dictaminó el médico y ordenó una cesárea porque la joven corría peligro de muerte. "Fue la peor noche de mi vida", recuerda la madre.

Luego de la cesárea estuvo en coma durante dos días. No vio a su hijo. Tampoco quería verlo. El Instituto de Bienestar Familiar se hizo cargo.

Querer olvidar

La niña intenta hoy rehacer su vida. Dicta catequesis a unos niños y ha vuelto a sonreír. Hace lo que sus compañeras de 15 años: se pinta estrellitas en las uñas, oye canciones de Ricardo Montaner y de Daddy Yankee, se sonroja al hablar de novios, quiere que le regalen de cumpleaños unos tenis Converse y una falda plisada. Y sigue estudiando y siendo, como siempre lo ha sido, una estudiante sobresaliente. Quiere estudiar Enfermería para ser jefe de enfermeras, o Derecho para ser jueza. Quisiera, en fin, hacer borrón y cuenta nueva.

La pregunta es si podrá hacerlo, si algún día podrá llevar una vida normal. Le queda la cicatriz aún sin curar del todo de la cesárea que le recuerda lo que no quisiera recordar, y las secuelas de una enfermedad venérea que solo fue tratada los primeros meses. Sigue enferma y siente miedo. "Tengo pesadillas y me despierto sobresaltada por eso tengo que dormir con mi mamá, y con la luz prendida. Temo que dejen libre al violador y que este me busque para vengarse", cuenta la niña. Y, además, se siente amenazada. Un familiar de su atacante la persiguió para exigirle que le dijera dónde estaba la criatura y el parrillero de una moto amenazó a su madre con una ametralladora. Este episodio, hace menos de tres meses, le produjo un preinfarto. "A veces siento que quisiera morirme para olvidarlo todo".

A veces, solo a veces, piensa que aún hay salida, que no todo está perdido. Su caso sirvió para que la Corte Constitucional expidiera la sentencia T-209 de 2008, que obliga a la EPS a indemnizarla por daños físicos y morales, a investigar disciplinaria y penalmente a los jueces y a las entidades de salud que le negaron sus derechos, al Tribunal de Ética Médica a revisar las objeciones de conciencia y a la Procuraduría a hacerles seguimiento a las órdenes de la Corte.

Pero, hoy, ella no recibe la atención física y psicológica que necesita, y aunque es posible que algún día y tras sortear mil trabas burocráticas le den una indemnización, nada ni nadie podrá reparar el daño. Nada ni nadie podrá borrar el horror y las humillaciones por las que ha pasado, ni la censura de los que la encontraron culpable de haber sido violada. El mundo al revés.

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