La travesía nómada

La mitad de los nukak viven desplazados en precarias condiciones. Los niños nukak se pintan la cara con achiote. Fotos: Jaime García

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Cada vez que muere un nukak, su tribu lo entierra en el sitio en el que falleció. Vuelve al resguardo, quema sus pertenencias y debe irse de allí porque en cualquier momento su alma puede volver a llevarse a sus parientes vivos. En ese punto comienza un nuevo viaje nómada. El último muerto, hace dos meses, fue uno de los viejos de la tribu que los hizo cambiar de lugar: vivían a media hora de la vereda Capricho y hoy están en La Carpa, a tres horas y media por carretera destapada de San José del Guaviare, en una zona oscura, llena de árboles y de animales.

Así es la vida de 60 de 250 indígenas nukak, que levantaron un campamento con hojas de platanillo, tendieron hamacas y empezaron su rutina a pesar de las presiones de los grupos armados. No abandonan su deseo de seguir viviendo nómadas y, como lo han hecho históricamente, cambian de un sitio a otro por distintas circunstancias. "Nos aburrimos y nos cambiamos -relata uno de los dos jóvenes de la tribu que hablan español-. Nos da más sol y nos cambiamos. Hay animales cerca para cazar y nos cambiamos. Queremos olvidar a un muerto y nos cambiamos,  y así por siempre".

Ellos son la generación nukak que se resiste a desplazarse por el conflicto armado y que pese al temor de caer en un campo minado -de los muchos que sembraron guerrilleros de las Farc en las 954.000 hectáreas que pertenecen a su resguardo- mantienen sus costumbres. El resto de ellos se encuentran confinados en dos campamentos adecuados por el Gobierno en San José, en los sitios Barrancón y Agua Bonita, donde viven de la elaboración de artesanías y de las remesas que les envía el Estado por su condición de desarraigo.

Los nukak es la única etnia nómada que sobrevive como tal en Colombia, y de las últimas del mundo. Desde 1988, cuando se conoció su existencia, comenzaron sus problemas producto del contacto con los colonos: enfermedades como la gripe y la malaria empezaron a matarlos. Luego quedaron en medio del fuego del conflicto. Por eso murieron cerca de 400 y el resto se las ingenió para mantener sus tradiciones bajo la amenaza constante de cuatro frentes de las Farc y paramilitares, llamados ahora bandas emergentes.

"Quienes fueron desplazados a sitios más cercanos a las ciudades ya viven como 'blancos'. Nosotros también vestimos y conocemos las cosas de los 'blancos' pero queremos seguir en wi' yee (nuestra selva) -dice Mo Nukak uno de los líderes del asentamiento-. Tenemos que defender muuyi yee (casa selva)". Hoy quedan 600 de los 1.200  que existieron.

Los nukak  han caminado por años las selvas en armonía con la naturaleza, entre los ríos Guaviare e Inírida, y al ser un grupo nómada no tiene un espacio físico definido. "Por más que les limiten el territorio ellos se siguen moviendo de sitio en sitio. Tienen una especie de tradición -dice la antropóloga de la Universidad Nacional Dany Mahecha que los conoce desde 1989-. Por eso lo que hay que garantizar es que se preserve toda esa tradición y que el choque cultural con nosotros les sirva para mejorar sus condiciones, no para acabar con sus costumbres".

Caza entre  minas

Los nómadas acostumbran a estar en un mismo sitio entre seis y ocho meses, dependiendo de lo que les dé la tierra, la caza y el agua para vivir. Pero, además, deben hacer frente a distintos actores armados, que constantemente los acosan. "Los narcotraficantes nos han quitado mucha tierra para sembrar coca y queman muchos árboles", dice José (traducción del nombre del líder nukak).

Ser nómadas en medio de la guerra tiene sus riesgos, pero se las han ingeniado para mantenerse vivos. Los hombres se levantan a cazar micos a las 3 de la mañana y vuelven al campamento hacia las 7 de la noche. Antes lo hacían hasta la hora que quisieran. Las mujeres, todas con sus cabezas rasuradas con un corte particular de esa etnia, y algunas pintadas de rojo con un líquido que extraen de las semillas de achiote, los esperan para cocinar el alimento después de tejer y recoger algunos frutos. Un mico alcanza para alimentar a unas seis personas. Pero para poder disfrutar de  la comida todos tienen que haber hecho algo en el día. Varios de los hombres las cuidan mientras afilan sus lanzas.

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