Riesgos naturales y exploración minera obligan a reubicar unos 50 municipios y corregimientos. Así es el drama de trastear un pueblo entero.
Vea aquí el mapa de los trasteos:
Le habría quedado el sabor de una causa justa si la cama se hubiera roto mientras concebía a uno de sus siete hijos, pero observar que se quebraba por culpa de una nueva mudanza le produjo desazón. Era la undécima vez que José Julio Pérez y su familia salían con sus trastos hacia otra parte, y no porque gozaran de espíritu gitano, sino porque Tabaco, corregimiento de La Guajira donde vivieron hasta 2002, había tenido que ceder su espacio para que la mina carbonífera de Cerrejón abriera otro de sus descomunales tajos. Desde ese día la vida se les había convertido en un peregrinaje sin fin.
Fundado en 1780 por esclavos prófugos, Tabaco era dos siglos después un pueblo de 106 familias y casas de bahareque condenado a desaparecer. La compra de los predios comenzó en 1980, y ya en 2001 hasta la Diócesis de Riohacha se había dejado tentar por la oferta y había vendido la iglesia del corregimiento.
Pero unas 70 familias rechazaron el negocio. "Muchos creyeron que la plata era todo, pero otros sabíamos que el territorio era lo más importante y por eso queríamos reasentamiento", recuerda hoy José Julio, de 54 años. Aun así, los desalojos fueron inevitables. En 2002, Tabaco era solo un recuerdo para un centenar de familias desarraigadas, desperdigadas y a la deriva en varios municipios de La Guajira.
El procedimiento de los negociadores había sido tan torpe y la lucha de los lugareños tan fuerte, que a los nuevos dueños de Cerrejón no les quedó más remedio que asumir las culpas, comprometerse a tener tacto en el futuro y reagrupar a los antiguos pobladores del corregimiento. El nuevo Tabaco se construirá a 15 kilómetros del original, sobre una superficie de 446 hectáreas surcadas, como aquel, por un riachuelo. No solo significará el reencuentro de varios tabaqueros, sino el fin de los trasteos de José Julio y su familia.
Disculpen las molestias
La rotura de una cama es el daño menos grave para una población que tiene que mudarse. De la mano viene la incertidumbre, la ruptura con el paisaje, con las costumbres, con los medios de subsistencia y a veces hasta con los muertos que yacen bajo esa tierra.
Ese es el destino que por inestabilidad geológica, inundaciones, explotación minera, conflicto armado y riesgo de quedar aislados encaran actualmente unos 50 municipios y corregimientos colombianos. Incluyendo barrios y veredas, y solo considerando el riesgo de desastre natural, el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial calcula que actualmente 6.000 familias están en proceso de reubicación y 95.000 deberán ser trasladadas en los próximos seis años.
Pocos relatos sobre trasteos de poblaciones han tenido un final feliz. "Los reasentamientos siempre impactan negativamente -sostiene Eduardo Lozano, abogado de Cerrejón-. Aunque sea con argumentos válidos, a nadie le gusta que un extraño se le aparezca un día y le diga que tiene que irse de allí".
Disculpen las molestias
El traslado de Guatavita, Cundinamarca, realizado en 1967 para llenar el embalse homónimo, se convirtió en un caso emblemático. De un día para otro, una comunidad campesina era acomodada en simétricas casas blancas de tejas de barro, dotadas con sanitarios cuyo uso era desconocido para muchos de sus miembros. Unos optaron por removerlos y otros por convertirlos en materas.
Esa era la comedia. La tragedia era que, ante la llegada masiva de turistas atraídos por el embalse, la comunidad dedicada al campo de repente tenía que asumir oficios artesanales. Un número significativo de pobladores originales no pudo con el estilo de vida impuesto, vendió la casa y se marchó.
Otro traslado pensado desde Bogotá y sin la participación de la comunidad fue el del nuevo Lérida, Tolima, en 1987, para resarcir a los habitantes de Armero y Chinchiná que sobrevivieron a la erupción del Nevado de Ruiz en noviembre de 1985.
Una ciudadela de 1.868 casas fue planificada con un moderno hospital, centro de acopio, terminal de transportes, colegios, iglesia y matadero, pero los urbanistas desestimaron varios factores fundamentales: según un informe presentado en 1998 por los investigadores Alba Paulsen de Cárdenas y Camilo Cárdenas Giraldo, la ciudadela no era sostenible y presentaba problemas de movilidad por estar apartada del centro del municipio.
Así que la maleza pronto agrietó sus calles, mucha gente vendió su casa, médicos y profesores escasearon por falta de recursos, y afloraron pugnas entre los viejos y los nuevos leridenses. Al fin y al cabo, los pueblos son como organismos vivos: si se les desmiembra, corren el riesgo de morir, y si se les trasplanta un órgano extraño pueden generar rechazo.
Aprender por las malas
El rosario de desastres naturales que padeció Colombia en las dos últimas décadas del siglo XX sirvió para que las autoridades aprendieran a adelantarse a las tragedias. Gracias a esa lección, el traslado de San Cayetano, Cundinamarca, a 88 kilómetros de Bogotá, fue el primero que tuvo un carácter preventivo.
En 1999, las fuertes lluvias aceleraron el deslizamiento del suelo del municipio. Varias viviendas colapsaron y una ancha grieta atravesó la iglesia y el parque principal. El 13 de mayo, la Gobernación ordenó una evacuación preventiva hacia un albergue temporal. Días después, la población elegiría democráticamente dónde sería el nuevo pueblo.
El lugar seleccionado fue una planicie localizada a 15 kilómetros y a 500 metros más de altitud, donde construyeron 130 viviendas que posteriormente fueron entregadas mediante trueque: los propietarios cedían su casa y recibían la nueva escriturada. La ubicación de cada familia fue determinada por sorteo, sin desconocer que quienes originalmente residían en inmediaciones de la plaza central recibirían una vivienda en un lugar equivalente.
El trasteo de 600 cayetenses al planificado, simétrico, espacioso y adoquinado pueblo nuevo finalizó en 2003. Sin embargo, las nostalgias siguen vigentes. "Extraño el viejo San Cayetano -suspira Lucila Achury, de 64 años-. El clima era caliente; en cambio aquí nos toca comprar sacos. Además el otro tenía más comercio porque estaba más cerca de las veredas; acá no hay nada que hacer".
Dice la socióloga María del Rosario Saavedra que la idealización de la tierra que quedó atrás es, de hecho, una constante en la historia de los reasentamientos.
La tierra prometida
Diversos grupos de estudio se han hecho a la tarea de aprender de las experiencias. Y, como expresa Carlos Alvarado, asesor en riesgos y ordenamiento territorial del Ministerio de Medio Ambiente, "ese conocimiento resulta aún más importante con el cambio climático, que aumentará el riesgo de catástrofes naturales y, por lo tanto, la necesidad de reubicar poblaciones".
Según la arquitecta Ximena García, coordinadora de la Mesa de Diálogos sobre Reasentamiento de Población -creada hace tres años por la Universidad de los Andes-, hoy es claro que las compensaciones económicas no bastan: "Es necesario pensar en la cultura y los aspectos psicosociales de la comunidad, comprometerse a mejorar sus condiciones y no solo preparar a quienes serán reasentados, sino también a quienes los recibirán".
Por supuesto, no existe una fórmula. Cada caso tiene sus propios requerimientos, y así como hay comunidades heterogéneas que no lamentan disgregarse, también hay poblaciones que deben mudarse unidas porque comparten una identidad.
Propiciar la ruptura de la comunidad fue el gran error cometido por Cerrejón en el caso de Tabaco. Justamente por eso, los reasentamientos de los corregimientos afrocolombianos de Roche, Patilla y Chancleta que se llevarán a cabo el próximo año en La Guajira procurarán mantener juntos a sus habitantes. La carbonera se ha comprometido además a promover el paso del bahareque al ladrillo y a acompañar los procesos incluso después de la mudanza.
Pero no todos están conformes. Los negociadores sostienen que los adultos suelen rechazar el cambio porque temen abandonar una condición que, pese a lo precaria, es cómoda. Sentada en el solar de su casa en el remoto Roche, Gidila Fuentes, de 52 años, confiesa: "En esta enramada vivo bien, nadie me molesta, nadie me dice nada. En cambio allá, en el nuevo sitio, a uno lo pueden matar para quitarle lo que tiene... Pero qué se va hacer".
No obstante, las generaciones más recientes lucen mejor preparadas para el trasteo. A cinco kilómetros, en el corregimiento de Patilla, 25 niños y jóvenes hacen un periódico mural para reconstruir la memoria de su pueblo. El propósito es que conserven el sentido de pertenencia cuando estén viviendo en la tierra prometida. "Esto duele -concluye Diana Silva Carrillo, de 19 años, mientras pinta un colorido mural alusivo al reasentamiento de su pueblo-. Perderemos tranquilidad, pero es una oportunidad para ver nuevas cosas. Nos merecemos un futuro mejor".
Vea aquí el mapa de los trasteos: