Mi más viejo amigo: memoria de una generación

Luis Villar Borda, al centro, con el presidente Carlos Lleras Restrepo. Villar fue ponente de la reforma constitucional de 1968, crucial para el gobierno Lleras. Foto: Archivo particular

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Era él, Luis; Luis Villar Borda. Nos conocimos cuando él debía tener siete años y yo seis. Era mi compañero de pupitre en el Liceo de Cervantes, una vieja casa en el centro de Bogotá, con desolados patios de cemento y unas escaleras de madera que parecían temblar cuando subíamos con estrépito al piso superior. No podíamos imaginar entonces que íbamos a ser amigos toda la vida, sin perdernos nunca de vista, desde entonces hasta la vejez, que en su caso fue algo prematura porque antes que cualesquiera de sus amigos sus cabellos adquirieron un intenso color gris plata, antes de quedar completamente blancos,  y su andar se hizo cauteloso, pausado, sin que por ello perdiera una inteligencia aguda y una ironía mordaz que le brillaba en los ojos y en las palabras a la hora de analizar cualquier acontecimiento político.

A mí me sorprendía que mi vecino de pupitre, cuando aún no había cumplido 10 años, trajera El Tiempo a la clase, me hablara de los debates en el Congreso o del avance de los ejércitos aliados en Europa. Desde entonces algunos lo veían como un alumno con hábitos de viejo cuando en realidad era un muchacho precoz, un adelantado. En el recreo, en vez de jugar al fútbol, se quedaba tirado en el prado leyendo un libro, el mismo que en clase enmascaraba en el  texto de Historia Sagrada. No eran aún las novelas de Dumas o de Zolá que más tarde, en el bachillerato, me haría leer, sino libros de aventuras que aparecían entonces en serie en torno a dos personajes: 'La Sombra' o Bill Barnes, un aviador americano que afrontaba toda suerte de riesgos. Me los prestaba. Muy pronto descubrimos que fuera de los 10  centavos del tranvía, no teníamos nunca plata para comprar una coca-cola porque pertenecíamos a esa particular categoría (a la cual se sumarían más tarde Camilo Torres y Alberto Dangond) de muchachos pobres y de buena familia. Vivíamos en viejas casas del centro de un solo piso con patios y matas de geranios y no teníamos estilógrafos Parker como los demás condiscípulos sino tinteros y plumas de poco precio, y algo me decía que él heredaba los trajes de Carlos, su hermano mayor: unos nickers café que muy pronto desaparecerían del todo.

Influido por sus precoces lecturas e indagaciones, muy pronto empezó a asumir posiciones anticlericales muy opuestas al espíritu conservador y tradicionalista dominante en el Liceo, donde se nos invitaba a ser ejemplares caballeros cristianos. Cuando descubrió que Alfonso Casas, sobrino del rector, entonces un joven javeriano vestido de luto y muy cercano a la extrema derecha, nos hacía marchar hasta Usaquén mientras cantábamos Cara al sol y levantábamos el brazo en un saludo, fue el único capaz de advertirme: "Ese es el himno de la Falange española y el saludo lo inventó Mussolini". Desde entonces fue mi guía por los senderos de una izquierda que él nunca abandonó aunque yo sí, pero muchos años más tarde.

Gabo y Camilo Torres

Fuimos gaitanistas en un colegio donde nuestros condiscípulos, muchachos de buenos apellidos, llamaban a Gaitán 'El Negro' y a sus huestes, la chusma, por lo que oían decir a sus padres. Luis nos llevaba a Camilo Torres y a mí a las vibrantes conferencias de Gaitán los viernes en la noche al Teatro Municipal. Platea, palcos, corredores, vestíbulos y los alrededores del teatro estaban llenos de una multitud compacta y febril que parecía envuelta en los espesos olores de la pobreza, mientras intentábamos colarnos en uno de los palcos. Vestidos como caballeros del Cervantes, debíamos inspirar sospechas. "Estos como que huelen a oligarquía", oí decir a alguno con venenoso sarcasmo, y Luis se apresuró a susurrarme, inquieto: "¡Quítese la corbata, carajo!".

No había cumplido Luis 17 años cuando en vacaciones empezó a trabajar, gracias a la gestión de algún pariente, en la Beneficencia para registrar en una planilla el número de entradas a los cines. Yo lo acompañaba a veces a hacer el conteo de las boletas vendidas y eso me permitía ver películas sin pagar, como la inolvidable Casablanca. Tanto entusiasmo nos produjo, a él y a mí y también a Carlos Celis y a Alberto Dangond, otros invitados suyos, que con ese motivo me tomé con ellos, al salir, las primeras cervezas de mi vida. Alguna vez el portero de un cine popular nos invitó a beber "pita" en un horrendo cafetín de Las Cruces. "Es la champañita de los pobres", decía a propósito de aquella bebida fermentada y clandestina. No fuimos capaces de rechazar su oferta para no ganar fama de oligarcas con aquel gaitanista raso. Alguien me vio y se lo contó a mis tías lo que provocó en ellas y luego en mi padre un alarmado estupor. No podían entender que un muchacho tímido y aficionado a los libros anduviera en Las Cruces emborrachándome con chicha. Al terminar el bachillerato, Luis ingresó en la Universidad Nacional para estudiar Derecho. Un año después, cuando dejé el Liceo, no quise seguir su misma carrera. Me parecía horrible pasar la vida en notarías y juzgados. Me hubiese gustado seguir Filosofía y Letras pero mi padre veía este propósito con mirada compasiva. "Te vas a morir de hambre", me decía. Así que, mientras aclaraba mi destino, acepté trabajar con él en una revista llamada Reconquista. Lo acompañaba a sus giras con Gaitán, cuando era ya jefe del liberalismo, y más de una vez me tocó transcribir los discursos del líder y llevárselos a su oficina para su revisión. Luis y yo estábamos seguros de que sería el próximo presidente.

Nos veíamos con frecuencia en un café de la calle 14, un antro como todos los de entonces, lleno de humo, de olores rancios, de estudiantes y empleados que pasaban el día hablando de política. Allí, un día me presentó a un muchacho costeño, flaco, descuidado y alegre, condiscípulo suyo en la Facultad de Derecho, que entró en el café y se sentó en nuestra mesa. Era Gabo, nada menos. A mí me escandalizó que de inmediato le hiciera propuestas a la camarera mientras le pasaba la mano por el trasero. Luis, en cambio, parecía muy divertido. Lo examinaba como si fuese un personaje folclórico. "Es un caso perdido -me dijo cuando Gabo se fue-. No mira los códigos, falta a clases, amanece en cualquier parte. Pero -y aquí su don de observador le saltó a las pupilas abriéndole a ese compañero suyo una luz de redención y esperanza- escribe cuentos. Ulises (Eduardo Zalamea Borda) le ha publicado dos en El Espectador".

Ahora que lo pienso, Luis siempre siguió con atención el rumbo que tomaba la vida de sus amigos. El de Camilo Torres y el mío, por ejemplo. Recuerdo el día que Isabel Restrepo lo llamó alarmada para pedirle que fuera a sacar a su hijo de un extraño encierro que se había impuesto luego de unas vacaciones en el Llano. Yo lo acompañé. Era un sábado en la tarde. Camilo, abrigado con una ruana blanca, aceptó bajar con nosotros a la calle sin que por ello perdiera un aire absorto, como ausente, muy extraño. Descendíamos hacia la carrera quinta por la calle 18, donde quedaba su apartamento, cuando decidió contarnos su secreto. "He decidido hacerme sacerdote", nos dijo. Guardó silencio y sin mirarnos, como si hablase consigo mismo, agregó: "Lo más duro ocurrió ayer. Se lo dije a Teresa, mi novia".

Aquella decisión debió sorprenderme menos que a Luis. Había hablado con Camilo de un hallazgo común fruto de reflexiones y lecturas. Era la idea algo mística de que solo el amor al prójimo daba respuesta a las desventuras de la condición humana. "Aun si Dios no existe  -le decía yo, que acababa de leer El existencialismo cristiano de Etienne Marcel-, esa exhortación de Cristo es válida". Ambos nos cuidábamos de transmitir esas inquietudes metafísicas a Luis, capaz de destruirlas con algún comentario. Pero la decisión de Camilo de hacerse sacerdote la tomó muy en serio. Le guardó el secreto durante varios días. Lo acompañó a la Estación de la Sabana para que tomara el tren a Chiquinquirá donde debía entrar a un seminario de los padres dominicos. (Esa primera tentativa fue frustrada por la propia Isabel que sacó  a Camilo de una oreja cuando ya se hallaba en el vagón).

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