Mi más viejo amigo: memoria de una generación

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(Llegué a sospechar  que Camilo iba a seguir la vía armada. Recuerdo una conversación que tuvimos en Barranquilla, donde yo había decidido refugiarme algo desengañado de todas esas locuras y del rumbo comunista que había tomado la revolución cubana. "¿Dónde vas a dejar aquel amor al prójimo de que hablábamos hace 20 años? -le pregunté-. Amor y violencia no van juntos".  "Plinio -me respondió-, el amor tiene que ser eficaz, y para serlo se necesita crear por la vía de la lucha armada una nueva sociedad donde no haya ni explotadores ni explotados". Tiempo después, al abrir en un estacionamiento de Barranquilla el diario de la tarde, me encontré con  la noticia de su muerte, los ojos se me nublaron de lágrimas. A mi segunda hija, que acababa de nacer, le puse el nombre de Camila).

En los años 70, tanto Luis como yo y quizás toda nuestra generación ya  próxima a los 40 años, entramos al fin en el mundo de la realidad. Cada cual a su manera. Luis llegó al Congreso e inició una carrera política antes de convertirse en un destacado diplomático. Yo decidí que debía ponerme a escribir, después de haber perdido muchos años, y me refugié con mi primera esposa y mis dos hijas en un pueblito de Mallorca antes de que Gabo me tendiera un puente de sobrevivencia al proponerme como editor o jefe de redacción de la revista Libre, que agrupó en París a los escritores del 'boom' latinoamericano. Escribí en esos primeros años El desertor y más tarde Años de fuga (Premio Plaza y Janés) en la que hay un personaje apellidado Vidales, que es copia fiel de Luis. Es el compañero de juventud de mi protagonista, el muchacho que a su lado vive en las calles de Bogotá la hecatombe del 9 de abril. Y así fue, en realidad.

Como sea, pese a seguir vías aparentemente opuestas, nunca dejamos de encontrarnos, en París, Roma o  Bogotá. Me sorprendía verlo como presidente de la Cámara, como de embajador en Suecia, luego en China y más tarde en Alemania Oriental; como miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia y autor de notables libros de Filosofía del Derecho o de agudos análisis como el que, en su calidad excepcional de testigo de la creación y el derrumbe del Muro de Berlín, escribió bajo el título de El último embajador. Había encontrado en el Externado de Derecho a nuestro amigo de la infancia y juventud, Fernando Hinestrosa, y allí había ganado un extraordinario prestigio como catedrático y el afecto y la devoción de sus alumnos.

Sin saber a qué horas resulté siguiendo sus pasos cuando fui designado por el presidente Gaviria embajador de Colombia en Italia y más tarde, por el presidente Uribe, embajador en Portugal. Como cada año él viajaba a Europa para asistir a seminarios y conferencias, teníamos oportunidad de recorrer museos, hablar de libros y de la política colombiana. Mantenía el humor de siempre, una admirable capacidad de análisis y una infinita curiosidad  intelectual. Nuestro inevitable amigo de enlace en Bogotá era Alberto Dangond Uribe. Nos invitaba a almorzar cualquier domingo  al Country Club y allí, sentados en la taberna, con los prados de golf a la vista, volvíamos a ser los traviesos condiscípulos del Liceo de Cervantes con una conversación chispeante, salpicada de risas. Solo al ver las manos de Luis maltratadas por la artrosis y al observar a la salida la gorra de lana y el bastón que usaba  me daba cuenta del tiempo transcurrido desde que era mi vecino de pupitre en el Liceo.

Recuerdo la última vez que lo vi, a fines del año pasado, una de esas soñolientas tardes de domingo de Bogotá. Conocí el apartamento donde vivía, lleno de libros, como siempre, y en los estantes fotografías de cuando éramos jóvenes y andábamos en París o en la Plaza Roja. Pero al dejarlo tuve la sensación de que, solterón irremediable, su compañera más leal había sido siempre la soledad. Allí estaba al lado de sus libros.

Fue muy duro recibir la noticia de su muerte. Me la dio desde Bogotá mi hermana Consuelo. Me encontré de pronto en la soledad, la luz y el calor del estío madrileño, deseando estar al lado de los suyos y de tantos amigos comunes, y con la sensación de que su muerte anunciaba la inexorable despedida de nuestra generación, la nuestra, que nunca dio un presidente (el poder pasó de Virgilio Barco a Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe...) pero sí nombres tan relumbrantes como los de Gabo y Botero. A pesar de engañar tramposamente a la vejez con proyectos de todo orden y una actividad desbordada, tuve por primera vez la impresión muy real de que la vida es frágil y efímera; tanto como esas hojas amarillas del otoño cuando empieza a soplar el viento.

Por Plinio Apuleyo Mendoza,
especial para CAMBIO 
Madrid,  julio de 2008

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