Mi más viejo amigo: memoria de una generación

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Finalmente Luis se ocupó también de mi propio destino. Cuando descubrió que yo pasaba las tardes de sábado encerrado en la Biblioteca Nacional leyendo versos de Baudelaire y de Verlaine, me dijo: "Tú tienes que irte a París, y yo te voy a decir cómo". Me llevó a ver en un café de la calle 12 a Pepe Gutiérrez, estudiante de Medicina amigo suyo (luego sería mío). Pepe, a punto de viajar a Francia, había descubierto una extraña maroma financiera que le permitía estudiar allí sin costo para la familia. Se trataba de comprar al cambio oficial de dos pesos por dólar el cupo de 250 dólares que se otorgaba en la época a los estudiantes. Guardaba uno 100, suma suficiente para sobreaguar entonces modestamente en París, y devolvía los 150 restantes que, vendidos al cambio negro, pagaban la totalidad del giro. Yo no podía creerlo. Me veo saliendo de aquel café, mientras sonaban en el crepúsculo las campanas del rosario, soñando que gracias a Luis el París de Baudelaire iba a ser mío.

La Europa de los 50

Fue una verdadera diáspora provocada por el bajo costo de vida en Europa y por la terrible situación que vivía el país en aquellos años de sangre y fuego; los años de la violencia, los llamarían después. Lo cierto es que París, en los 50, fue el punto de encuentro de mucha gente de mi generación. Vivíamos en buhardillas de Saint Germain des Pres, nos encontrábamos en los cafés y restaurantes de estudiantes, y nuestras simpatías se ubicaban, casi sin excepción, en los linderos del comunismo.

Las cartas de Luis nos pintaban la terrorífica situación que se vivía entonces en campos y ciudades, e incluso en Bogotá donde llevar una corbata roja podría constituir un peligro por obra de "pájaros" y "chulavitas". Todo indicaba que él también era muy cercano a las juventudes comunistas cuyo más calificado dirigente era amigo nuestro, condiscípulo en los tiempos del Liceo: Fernando Hinestrosa. A título de "progresista" este me hizo llegar con Luis una credencial para asistir en Praga al Festival de la Juventud. Allí desfilamos bajo los retratos de Marx, Lenin y Stalin, y de las pancartas con la paloma de la paz pintada por Picasso. Ignorábamos la sombría realidad que encubrían el régimen checo y los demás gobiernos comunistas de Europa del Este. De ese sarampión ideológico ninguno de nuestros amigos se salvaba en París. Comunistas o progresistas eran conmigo Pepe Gutiérrez y Gustavo Vasco, Armando y Pablito Solano, Marta Traba, Hernán Vieco y Rogelio Salmona, Alberto Zalamea y Germán Samper, los Gónima y hasta el propio Gabo, quien apareció por allí a finales de 1955.

Pero una cosa era quedarse en París para seguir en el humo de las cavas existencialistas los debates entre Sartre y Camus, y otra regresar a Bogotá para enredarse en inútiles actos conspirativos, primero contra el gobierno de Laureano Gómez y más tarde contra el de Rojas Pinilla. Pepe Gutiérrez aprendió a fabricar explosivos para lanzar al aire hojas de propaganda en los jardines de Armando Solano, y dueño de ese invento dejó su Hotel Welcome y se volvió a Colombia. Igual decisión tomó Gustavo Vasco y acabó en la cárcel. Sin dinero para continuar mis proyectos en París, tuve que irme por un par de años a Venezuela donde mi padre se hallaba en exilio. Me enteraba de las andanzas de Luis a través de sus cartas. Finalmente, a punto de caer en las redes de los organismos de seguridad del gobierno de Rojas, tuvo que exilarse en Alemania Oriental, becado en Leipzig por el Partido Comunista. Con algún dinero ahorrado volví en 1955 a París para encontrarme con Gabo en la misma calle del Barrio Latino, la rue Cujas.

 Gabo era entonces un periodista muy conocido que había llegado a París como corresponsal de El Espectador, sin sospechar que poco después el diario sería cerrado por Rojas Pinilla. Nos hicimos amigos la noche de diciembre en que, al salir de un restaurante, vio la nieve por primera vez y empezó a dar saltos locos de alegría por el bulevar Saint Michel.  Muy pronto descubrimos nuestro deseo de conocer de cerca el mundo socialista de nuestros sueños. "¿Por qué no vamos a visitar en Leipzig al doctor Villar Borda?", me preguntó un día Gabo. Sin pensarlo dos veces nos fuimos, acompañados por Soledad, mi hermana, en un diminuto Renault que yo había comprado. Un gran choque nos produjo aquel encuentro con el mundo comunista, las siniestras ciudades, los camiones rusos en las carreteras y ese bar de Leipzig donde los parroquianos bebían con la desesperación de quien bebe su última copa, y lo que nos contó un pobre funcionario acompañado por su mujer y dos muchachas cuando supo que éramos turistas. Todo esto ya lo había descubierto Luis.

Con todo, decidimos ir al Festival de la Juventud en Moscú, en el verano de 1957. Ahí estábamos Luis, Gabo y yo acompañados por Pablito Solano, Teresa Salcedo, Hernán Vieco y una docena de amigos. Nos tomamos fotos en la Plaza Roja, visitamos el mausoleo donde yacían los cuerpos momificados de Lenin y de Stalin y recorrimos miles de kilómetros en tren por los vastos parajes de la Unión Soviética hasta llegar al canal Volga - Don, donde se alzaba una gigantesca estatua de Stalin. Ahí debió terminar nuestro fervor por el mundo socialista, sin que por ello abandonáramos los predios míticos de la izquierda.

Nuestro escenario común en los años 60 no fue Europa sino Colombia. Dos fervores lo marcaron: Cuba y el MRL encabezado por López Michelsen. Después de una nueva estancia en Venezuela, donde vimos de cerca como periodistas la caída de Pérez Jiménez y la llegada de la democracia, Gabo y yo nos hicimos cargo de la agencia cubana Prensa Latina en Colombia. Luis tenía en la calle 12 con carrera sexta su oficina de abogado con Servio Tulio Ruiz, y andaba metido en una organización de izquierda cuyo vocero era un semanario llamado, si mal no recuerdo, La Gaceta, antes de que termináramos todos unidos bajo la jefatura de López como opositores del Frente Nacional.

Ramiro Andrade, Luis y yo fundamos las Juventudes del MRL, grupo ultra castrista que veíamos como una vanguardia revolucionaria, cuyo lema era Ni un paso atrás y su distintivo unos chacos colorados con los cuales aparecíamos en lugares tan candentes como Puerto Boyacá. Enviado por nosotros, Luis se entrevistó con Fidel Castro en La Habana y obtuvo de él la oferta de entrenar política y militarmente muchachos nuestros en Cuba. De esa experiencia, quién iba a creerlo, surgió el Eln, pues muchos de los jóvenes entrenados solo creían en la guerra de guerrillas y no confiaban en la vía electoral. Se metieron al monte. Varios de ellos, hasta entonces muy cercanos a nosotros, murieron en la primera etapa de esa lucha armada. Y también, dentro del Eln, Camilo Torres.

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