Mayo 14 de 2008

Mensaje de esperanza

Robina Courtin, una maestra tibetana, visitó la Cárcel Distrital para enseñarles a los presos cómo estar bien en el encierro.

"QUIERO VERLES LAS CARAS a todos", dijo en inglés una mujer vestida con una túnica típica del budismo tibetano, de colores vino y naranja. Fue el pasado 30 de abril frente a más de 15 jóvenes presos en la Cárcel Distrital de Bogotá. Rezó una oración con la cabeza baja, mientras las expresiones de las caras de los jóvenes eran de interrogación. No sabían quién era ni cuál el motivo de esa visita, pero pronto encontraron la respuesta.

Era Robina Courtin, una monja budista que ha dedicado los últimos 12 años de su vida  a darles a los presos herramientas de meditación para que aprendan a sobrellevar su vida tras las rejas. Su misión empezó siendo editora de Mandala, una revista especializada en budismo tibetano que se publica en California: recibió la carta de un mexicano de 18 años preso en una cárcel de alta seguridad y condenado a cadena perpetua. Le contó que desde niño había pertenecido a pandillas y que en el encierro había encontrado un libro de budismo que hablaba sobre la compasión. "Me conmovió tanto su historia, que lo visité en la cárcel y al cabo de un tiempo me estaban escribiendo 40 presos más", dice Robina.

De ahí surgió el proyecto 'Liberación en la prisión', que en 12 años ha llegado a más de 12.000 presos y que hoy tiene 200 voluntarios que trabajan en Estados Unidos, Australia, México, Mongolia y España, cuya misión es mostrar el lado más pragmático del budismo y enseñar a los condenados a cambiar de metas para soportar el encierro. "Si su objetivo es tener esposa e hijos, una casa y dinero en el banco, pero está condenado a cadena perpetua, debe cambiar de sueño porque de lo contrario se va a deprimir o a enloquecer -dijo-. Suena simple pero es realista". Los presos se movieron incómodos. "La vida sin opción es el mejor momento para el cambio espiritual", continuó y contó que a pesar de que desde niña supo que quería ser monja, a los 19 años optó por los hombres, las drogas, el radicalismo ideológico y el hipismo.

Nacida en Melbourne, Australia, a los 30 años encontró que el budismo le daba las respuestas que buscaba en esos momentos de desesperanza y culpa. "El budismo no intenta convertir o evangelizar -asegura-. Cada cual llega a sus conclusiones, responde por sus actos y no anda en busca de culpables por las desgracias propias". Es el mensaje con el que quiere llegar a los presos sin esperanza, y aunque no siempre logra su objetivo no desiste de su misión. "Lo importante es ser realistas porque así nos ponemos metas lógicas", dice y recuerda que si las personas analizan sus vidas pueden encontrar formas de estar bien". Los jóvenes reclusos parecen más abiertos ahora.

De repente, un joven con una bala incrustada en el cráneo pregunta con dificultad: "¿Todas las personas tienen dones? ¿En qué momento aparecen?"  Robin le responde: "Todas las personas tienen algo bueno y aunque todos los hombres tienen sentimientos como celos, rabia, envidia, la idea es aprender a controlarlos". Y agrega:  "Usted es su peor enemigo y el que primero se frena para el cambio porque cree lo que le han dicho toda la vida: que es un bueno para nada y que solo puede resolver las cosas con violencia. Eso no es cierto, las personas que trabajan con la mente, no importa si están condenadas a muerte, pueden ser mejores seres humanos y ser felices". Los jóvenes se sienten aliviados, sonríen. Robina les ha devuelto un poco de esperanza.

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