Las funerarias de tres municipios del sur de Bolívar, cuentan parte de una historia de 10 años de violencia paramilitar.
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EL 11 DE JULIO DE 2007, ante un fiscal de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía en Medellín, Rodrigo Pérez, uno de los ex jefes del Bloque Central Bolívar de las Auc, conocido como Julián Bolívar, rindió versión libre sobre sus actividades en la organización y, entre otras cosas, contó que para enterrar a sus muertos contrataban a funerarias de tres municipios del sur de Bolívar: Santa Rosa del Sur, San Pablo y Simití.
Llevaba todo escrito en una libreta: "El total de los ataúdes comprados entre 1999 y 2005 para combatientes nuestros en Santa Rosa fue de 685, por valor de 345 millones de pesos; en el municipio de San Pablo fueron 210 por valor de 126 millones de pesos, y en Simití 163 que costaron 96 millones de pesos". Y luego agregó: "Estos son los muertos que pudimos recuperar, darle cristiana sepultura y entregar a sus familiares. Este es un ejemplo pequeñito para que usted se haga la idea de cómo fue la confrontación armada en el sur de Bolívar".
Según registros de las autoridades, entre 1996 y 2005 fueron asesinados 2.176 civiles en el sur de Bolívar. En cuanto a la cifra de los combatientes muertos de las Auc y de la guerrilla, "eso no lo sabrá nadie", le dijo Pérez al fiscal, quien advirtió que confirmados hubo 1.058 muertos de las Auc que enviaron a sus familias o fueron enterrados en los cementerios de San Blas, Monterrey y Santa Rosa. Los paramilitares saben dónde están esos muertos. En contraste, la mayoría de las familias de sus víctimas no y hoy en la región buscan a 500 desaparecidos. Dicen que no saben si están enterrados en fosas comunes o si fueron lanzados al río Magdalena.
CAMBIO recorrió los tres municipios del sur de Bolívar y encontró que en la última década algunas funerarias hicieron su agosto vendiendo ataúdes a los paramilitares. Otras se fueron a pique porque las Auc les pusieron competencia.
Sin remedio
En Santa Rosa, Manuel Ávila, un boyacense de 73 años, es dueño de la Funeraria Central y según consta en su cuaderno de apuntes, entre 1997 y 2005 arregló cerca de 1.000 cuerpos, de los cuales 700 eran de hombres del Bloque Central Bolívar. "Muchos piensan que me hice rico vendiendo ataúdes y arreglando los muertos de las autodefensas -le dijo a CAMBIO-. Pero lo que a mí me pasó fue demasiado doloroso".
Sentado en una mecedora en la sala de su casa, mira a su mujer en busca de aprobación para relatar su experiencia: "Lo que voy a contar es muy difícil: empezó un día de 1999 cuando un amigo mío llegó a la funeraria y me advirtió que desde Simití me mandaban a pedir un ataúd, el más caro, para un muerto importante. Le dije que valía dos millones de pesos y él me respondió: 'Tranquilo, esa gente paga'".
Esa noche viajó con su hijo y ya cerca del pueblo dos llantas del carro se pincharon. "Apareció una camioneta y el conductor me pidió que lleváramos el ataúd -relata Ávila-. Resultó que el muerto era un comandante de las autodefensas del que no recuerdo el nombre. Por eso pidieron un cofre caro". Dice que sintió miedo y que pensó que estaba en una situación pierde-pierde. "Si arreglaba el cadáver, mal, pero si no lo hacía, peor porque me podía pasar cualquier cosa". Arregló el cuerpo. La suerte estaba echada. Sin remedio.
Desde entonces, desde San Blas, donde los paramilitares tenían una de sus bases, empezaron a llegarle encargos. "Piérdase que lo van a matar, me aconsejó alguien, pero yo no podía dejar tirada toda una vida de esfuerzo". Cuenta que tenía que salir a prestar el servicio en el momento menos esperado, a cualquier hora del día o de la noche: "Me tocaba un día arreglar 19, al otro 11, después 17...Todos esos cuerpos vueltos nada...".
El 30 de diciembre de 2003 le pidieron 30 ataúdes, solo tenía 28. Se los pagaron en 23 cuotas de un millón de pesos. Según el rango del muerto, un ataúd más o menos caro, más o menos "engallado": de un millón para los de más alta jerarquía y de ahí para abajo, de 500.000, 300.000, 250.000... Le pagaban con vales que debía cobrar en la base paramilitar de San Blas. "No era tanta ganancia porque me tocaba pedir los cajones a Bucaramanga y pagarlos inmediatamente -dice como justificándose-. Toda cosa que se fía tiene pérdida".
Un día le encargaron un cajón para un muerto de casi dos metros de estatura. "Les quedé mal porque solo había cofres sencillos de ese tamaño -recuerda-. Después supe que el muerto era el comandante de más alto rango en ese momento, le decían Andrés... Le tocó un cajón ordinario". Relata luego que le ordenaron presentarse en la finca La Dos en San Blas. Viajó con un asistente. El espectáculo que encontró: 19 cadáveres desnudos tirados en el piso. "Era tan alto el grado de descomposición de los cuerpos, que para poder terminar el trabajo ese día me tocó echarles cal a seis".
Ávila va hilvanando, una tras otra, las historias, como esa de la cual no recuerda la fecha, cuando tuvo que arreglar dos cadáveres también en San Blas. Salió de Santa Rosa en medio de rumores de que habían asesinado a Gilberto Urrego, muy conocido en el pueblo: "La familia de Urreguito pedía que al menos le devolvieran el cadáver, porque un comandante había dicho que a los asesinados los desaparecían, les quemaban la ropa y botaban sus cadáveres a un pozo lleno de caimanes o al río".
Terminado el trabajo y a punto ya de regresar a Santa Rosa, Ávila decidió jugársela toda para ver si al menos se podía recuperar el cuerpo de su amigo. Le preguntó al paramilitar a cargo de esa base, a quien llamaban Gustavo, por la suerte de Urrego y le contó que la esposa había tenido un bebé. "Se hizo matar por un culo -le contestó Gustavo-. El que se mete con uno nuestro, muere". Ávila guardó silencio...El mensaje era claro.
A la funeraria siguió llegando trabajo. "Había días de dos cadáveres, otros de 13 y cada vez era más difícil porque también tocaba arreglar los de Simití", cuenta Ávila, quien aprendió el oficio hace 25 años cuando murió un amigo en una mina de esmeraldas y, salvo él, nadie quiso hacerse cargo. "A veces le pregunto a Dios por qué aprendí este oficio". Agrega que hizo lo que hizo porque "el que tiene las armas es el que manda".
Y vive atormentado por la experiencia de haber arreglado 700 cadáveres de hombres de una organización que sembró de muertos la región. "Arreglé tantos cadáveres, que mi mujer me dice que me cambió la cara -confiesa con pesadumbre-. Yo era muy risueño y tratable pero me veo en el espejo y encuentro el destrozo de esa guerra por todas partes y ya no me río tanto. Por fortuna ya no hay tanto muerto para enterrar". Setenta y dos ataúdes arrumados en un cuarto de su casa parecen confirmarlo.
La otra cara
A dos cuadras de la funeraria de Ávila funciona desde 1962 la de Antonio Mendoza. Ilustra la otra cara de la moneda. "Mientras en la funeraria de la competencia no daban abasto con los muertos para arreglar, para mí las cosas fueron muy difíciles: sólo me buscaban unas poquitas familias de las víctimas, porque a la mayoría de ellas las desaparecían". Y a los muertos que bajaban muchos por el río no los podía recoger "porque por eso también mataban la gente, aunque de vez en cuando a alguno se le dio sepultura".
Mendoza -secuestrado por el Eln en 1997 cuando era candidato a la Alcaldía- tiene apuntados en un cuaderno más de 200 muertos con nombre y fecha. "La llegada de las autodefensas puso más difíciles las cosas que cuando tenía más control el Eln -afirma-. La mortandad que se vino con los paracos más de uno la quisiera borrar de su cabeza". A la funeraria llegaban cuerpos mutilados, torturados, con los pies amarrados... "En siete años vi lo que nunca había visto; mataban por cualquier cosa, la gente sufría hasta para hacer el velorio porque temía que llegaran en cualquier momento y preguntaran por la relación que tenían con el muerto".
También le tocó recoger cadáveres de guerrilleros que fueron sepultados como N.N. "A diferencia de los paramilitares, la guerrilla dejó que muchos cuerpos fueran recogidos por las autoridades -relata-. Por el arreglo de estos cuerpos la Alcaldía pagaba el cajón sencillo, el más barato de 150.000 pesos". Tampoco pudo evitar recoger algunos muertos de las Auc. "Para uno es lo mismo porque los muertos son muertos e igual los arreglamos", dice, y agrega que él no es, como muchos creen, "un gallinazo a la espera de un muerto para caerle".
La situación se complicó mas cuando los grupos armados sembraron minas y no pudieron volver a recoger los cuerpos. "Esto se volvió un infierno y sólo rezo para que no se repita -sostiene-. Arreglando esos cuerpos es que uno entiende lo que está pasando en este país".
En el cementerio de Santa Rosa no están enterrados todos los muertos que dejaron esos 10 años de confrontación entre guerrilla y paramilitares. "Teniendo en cuenta la cantidad de desaparecidos son unos pocos. Alcancé a enterrar más o menos 400 -asegura Joselín Contreras, de 68 años, hasta el año pasado sepulturero del pueblo. Al principio, en los años 90, enterraba entre dos y cuatro muertos al día, pero luego hubo días de 15, de 17, hasta de 20: unos eran guerrilleros, otros paras, otros civiles muertos en una masacre... Así es la vida, todos vinieron a parar al mismo hueco". Y agrega: "Lo más duro es cuando entre esos muertos hay muchos amigos o conocidos, la misma gente del pueblo".
Competencia
A mediados de la década del 90, Yesid Gil, hoy de 33 años, trabajaba en el municipio de San Pablo en el taller de su padre fabricando ataúdes. La mayoría los vendía por 80.000 pesos a las familias de campesinos asesinados por el Eln y las Farc. O los regalaba cuando no tenían con qué pagarlos. Pero al municipio le cobraba 120.000 por los cajones para enterrar a guerrilleros no identificados. "Me los pagaban a los seis meses", dice.
Así transcurrió su vida hasta el 8 de enero de 1999, cuando 14 personas fueron asesinadas por las Auc en la cabecera municipal. Fue el comienzo de una matanza sin antecedentes. "Hubo tanto muerto, que en el pueblo montaron una funeraria llamada Casa Fúnebre San Pablo, una funeraria sencilla que ofrecía a los clientes muy buen servicio", cuenta Gil, quien desde ese momento debió dejar el oficio de hacer ataúdes y dedicarse a fabricar puertas, mesas, camas....
Pero la nueva funeraria duró poco porque los paramilitares decidieron montar su propio negocio. "Se llamaba Divino Niño -relata uno de los quebrados-. Nosotros tuvimos que cerrar porque nos dio miedo competirles".
La Divino Niño se volvió monopolio en San Pablo. Era la funeraria de los paramilitares pero la paradoja es que "a más de uno le tocó velar a un familiar asesinado por los paras". Lo dice alguien que debió pasar por el dolor de hacerlo porque "eran los únicos que tenían funeraria y podían recoger a los muertos".
A los muertos de la guerrilla los tiraban en el cementerio y a los familiares de los civiles asesinados les prohibían acercarse a sus muertos. "Los dejaban podrir, la gente veía cuando llegaban los gallinazos... A otros los tiraban a un lago donde decían que había caimanes", asegura una mujer que desde 1999 busca a un hijo desaparecido por las Auc.
La funeraria Divino Niño funcionó hasta 2004 cuando los habitantes del pueblo decidieron prenderle fuego. El asesinato de un comerciante, cometido al parecer por uno de los hijos de Fidel Solano, dueño del negocio, fue el detonante. "Eso provocó la ira de la gente que decidió quemar el local -cuentan en San Pablo-. El Divino Niño se cerró y Solano fue asesinado en 2005".
Destruida la funeraria, ese año Asteria Iturnago montó otra y la bautizó Santa Rosa de Lima. Desde entonces ha arreglado los cuerpos de 130 personas, 100 de las cuales murieron por causas naturales. Pero aferrada a la creencia popular según la cual la presencia de mariposas en una funeraria es señal de muerte, dice que "están volviendo los asesinatos porque hay más mariposas que de costumbre". Para eliminar cualquier duda relata: "Un día llegaron tres mariposas y yo le dije a mi esposo: 'Alístese que vienen muertos'. Así fue, arreglamos los cuerpos de tres jóvenes que mataron".
La violencia parece regresar al sur de Bolívar y paramilitares, guerrilla y narcotraficantes se disputan el control de los cultivos de coca. La historia se repite y, una vez más, desde las funerarias podrá contarse una parte de esa historia.