(Página 3 de 3)
La situación se complicó mas cuando los grupos armados sembraron minas y no pudieron volver a recoger los cuerpos. "Esto se volvió un infierno y sólo rezo para que no se repita -sostiene-. Arreglando esos cuerpos es que uno entiende lo que está pasando en este país".
En el cementerio de Santa Rosa no están enterrados todos los muertos que dejaron esos 10 años de confrontación entre guerrilla y paramilitares. "Teniendo en cuenta la cantidad de desaparecidos son unos pocos. Alcancé a enterrar más o menos 400 -asegura Joselín Contreras, de 68 años, hasta el año pasado sepulturero del pueblo. Al principio, en los años 90, enterraba entre dos y cuatro muertos al día, pero luego hubo días de 15, de 17, hasta de 20: unos eran guerrilleros, otros paras, otros civiles muertos en una masacre... Así es la vida, todos vinieron a parar al mismo hueco". Y agrega: "Lo más duro es cuando entre esos muertos hay muchos amigos o conocidos, la misma gente del pueblo".
Competencia
A mediados de la década del 90, Yesid Gil, hoy de 33 años, trabajaba en el municipio de San Pablo en el taller de su padre fabricando ataúdes. La mayoría los vendía por 80.000 pesos a las familias de campesinos asesinados por el Eln y las Farc. O los regalaba cuando no tenían con qué pagarlos. Pero al municipio le cobraba 120.000 por los cajones para enterrar a guerrilleros no identificados. "Me los pagaban a los seis meses", dice.
Así transcurrió su vida hasta el 8 de enero de 1999, cuando 14 personas fueron asesinadas por las Auc en la cabecera municipal. Fue el comienzo de una matanza sin antecedentes. "Hubo tanto muerto, que en el pueblo montaron una funeraria llamada Casa Fúnebre San Pablo, una funeraria sencilla que ofrecía a los clientes muy buen servicio", cuenta Gil, quien desde ese momento debió dejar el oficio de hacer ataúdes y dedicarse a fabricar puertas, mesas, camas....
Pero la nueva funeraria duró poco porque los paramilitares decidieron montar su propio negocio. "Se llamaba Divino Niño -relata uno de los quebrados-. Nosotros tuvimos que cerrar porque nos dio miedo competirles".
La Divino Niño se volvió monopolio en San Pablo. Era la funeraria de los paramilitares pero la paradoja es que "a más de uno le tocó velar a un familiar asesinado por los paras". Lo dice alguien que debió pasar por el dolor de hacerlo porque "eran los únicos que tenían funeraria y podían recoger a los muertos".
A los muertos de la guerrilla los tiraban en el cementerio y a los familiares de los civiles asesinados les prohibían acercarse a sus muertos. "Los dejaban podrir, la gente veía cuando llegaban los gallinazos... A otros los tiraban a un lago donde decían que había caimanes", asegura una mujer que desde 1999 busca a un hijo desaparecido por las Auc.
La funeraria Divino Niño funcionó hasta 2004 cuando los habitantes del pueblo decidieron prenderle fuego. El asesinato de un comerciante, cometido al parecer por uno de los hijos de Fidel Solano, dueño del negocio, fue el detonante. "Eso provocó la ira de la gente que decidió quemar el local -cuentan en San Pablo-. El Divino Niño se cerró y Solano fue asesinado en 2005".
Destruida la funeraria, ese año Asteria Iturnago montó otra y la bautizó Santa Rosa de Lima. Desde entonces ha arreglado los cuerpos de 130 personas, 100 de las cuales murieron por causas naturales. Pero aferrada a la creencia popular según la cual la presencia de mariposas en una funeraria es señal de muerte, dice que "están volviendo los asesinatos porque hay más mariposas que de costumbre". Para eliminar cualquier duda relata: "Un día llegaron tres mariposas y yo le dije a mi esposo: 'Alístese que vienen muertos'. Así fue, arreglamos los cuerpos de tres jóvenes que mataron".
La violencia parece regresar al sur de Bolívar y paramilitares, guerrilla y narcotraficantes se disputan el control de los cultivos de coca. La historia se repite y, una vez más, desde las funerarias podrá contarse una parte de esa historia.