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Un día le encargaron un cajón para un muerto de casi dos metros de estatura. "Les quedé mal porque solo había cofres sencillos de ese tamaño -recuerda-. Después supe que el muerto era el comandante de más alto rango en ese momento, le decían Andrés... Le tocó un cajón ordinario". Relata luego que le ordenaron presentarse en la finca La Dos en San Blas. Viajó con un asistente. El espectáculo que encontró: 19 cadáveres desnudos tirados en el piso. "Era tan alto el grado de descomposición de los cuerpos, que para poder terminar el trabajo ese día me tocó echarles cal a seis".
Ávila va hilvanando, una tras otra, las historias, como esa de la cual no recuerda la fecha, cuando tuvo que arreglar dos cadáveres también en San Blas. Salió de Santa Rosa en medio de rumores de que habían asesinado a Gilberto Urrego, muy conocido en el pueblo: "La familia de Urreguito pedía que al menos le devolvieran el cadáver, porque un comandante había dicho que a los asesinados los desaparecían, les quemaban la ropa y botaban sus cadáveres a un pozo lleno de caimanes o al río".
Terminado el trabajo y a punto ya de regresar a Santa Rosa, Ávila decidió jugársela toda para ver si al menos se podía recuperar el cuerpo de su amigo. Le preguntó al paramilitar a cargo de esa base, a quien llamaban Gustavo, por la suerte de Urrego y le contó que la esposa había tenido un bebé. "Se hizo matar por un culo -le contestó Gustavo-. El que se mete con uno nuestro, muere". Ávila guardó silencio...El mensaje era claro.
A la funeraria siguió llegando trabajo. "Había días de dos cadáveres, otros de 13 y cada vez era más difícil porque también tocaba arreglar los de Simití", cuenta Ávila, quien aprendió el oficio hace 25 años cuando murió un amigo en una mina de esmeraldas y, salvo él, nadie quiso hacerse cargo. "A veces le pregunto a Dios por qué aprendí este oficio". Agrega que hizo lo que hizo porque "el que tiene las armas es el que manda".
Y vive atormentado por la experiencia de haber arreglado 700 cadáveres de hombres de una organización que sembró de muertos la región. "Arreglé tantos cadáveres, que mi mujer me dice que me cambió la cara -confiesa con pesadumbre-. Yo era muy risueño y tratable pero me veo en el espejo y encuentro el destrozo de esa guerra por todas partes y ya no me río tanto. Por fortuna ya no hay tanto muerto para enterrar". Setenta y dos ataúdes arrumados en un cuarto de su casa parecen confirmarlo.
La otra cara
A dos cuadras de la funeraria de Ávila funciona desde 1962 la de Antonio Mendoza. Ilustra la otra cara de la moneda. "Mientras en la funeraria de la competencia no daban abasto con los muertos para arreglar, para mí las cosas fueron muy difíciles: sólo me buscaban unas poquitas familias de las víctimas, porque a la mayoría de ellas las desaparecían". Y a los muertos que bajaban muchos por el río no los podía recoger "porque por eso también mataban la gente, aunque de vez en cuando a alguno se le dio sepultura".
Mendoza -secuestrado por el Eln en 1997 cuando era candidato a la Alcaldía- tiene apuntados en un cuaderno más de 200 muertos con nombre y fecha. "La llegada de las autodefensas puso más difíciles las cosas que cuando tenía más control el Eln -afirma-. La mortandad que se vino con los paracos más de uno la quisiera borrar de su cabeza". A la funeraria llegaban cuerpos mutilados, torturados, con los pies amarrados... "En siete años vi lo que nunca había visto; mataban por cualquier cosa, la gente sufría hasta para hacer el velorio porque temía que llegaran en cualquier momento y preguntaran por la relación que tenían con el muerto".
También le tocó recoger cadáveres de guerrilleros que fueron sepultados como N.N. "A diferencia de los paramilitares, la guerrilla dejó que muchos cuerpos fueran recogidos por las autoridades -relata-. Por el arreglo de estos cuerpos la Alcaldía pagaba el cajón sencillo, el más barato de 150.000 pesos". Tampoco pudo evitar recoger algunos muertos de las Auc. "Para uno es lo mismo porque los muertos son muertos e igual los arreglamos", dice, y agrega que él no es, como muchos creen, "un gallinazo a la espera de un muerto para caerle".