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LOS CINCO HIJOS de Magdalena Granés ya sabían leer y escribir a los 4 años; a los 13 se habían graduado de bachilleres; a los 18 tenían título universitario, y antes de los 21 posgrados en el exterior. Magdalena, la mayor, es ingeniera biomédica con especialización en Robótica; Consuelo, médica microbióloga con maestría en Gerencia Educativa; Juanita, cirujana odontopediatra; Francisco, ingeniero electrónico y magíster en Docencia, y el menor, José, antropólogo y administrador. "Mis hijos fueron las primeras víctimas de mis experimentos educativos que tenían una enorme posibilidad de terminar en un fracaso -dice la madre, hija de un inspector de educación y una maestra de escuela-. Hoy mis cuatro nietos siguen la misma línea". ¿Una familia de genios?
La historia comenzó en 1968, cuando Magdalena estudiaba en el Colegio de la Universidad Pedagógica, en la calle 72 de Bogotá, y decidió hacer voluntariado con las hermanas de la Comunidad de la Sabiduría en un centro de invidentes y sordos. "En ese trabajo descubrí mi vocación de educadora -recuerda-. Esa experiencia me permitió preguntarme por qué había un sistema de enseñanza igual para todos si cada persona era diferente".
Primero los libros
Un año después, cuando cumplió 14 años de voluntariado, fundó en un trolebús de la vieja Bogotá, el primer centro de enseñanza para niños con dificultades de aprendizaje. "Hablé con el gerente de las Empresas de Trolebuses y me lo vendió muy barato porque era para una obra social -explica Magdalena-. Sin duda, eran otros tiempos".
En 1979, y luego de haber estudiado Física en Berkeley, California, y de devorarse las obras de pedagogos como María Montessori, Vigotsky, Ibuka, Brazelton, Mialaret, School, Come, Lipstt y Shaw, entre otros, empezó a ensayar su propio método de enseñanza con sus tres primeras hijas y otros niños. Les enseñó a leer, escribir, calcular, jugar ajedrez e interpretar un instrumento musical. "Lo que buscaba con esas actividades era ejercitarles su incipiente red neuronal para que la información que recibían se transformara en conocimiento -cuenta Magdalena-. Y creo que lo conseguí". Hoy sus hijos también hablan francés, inglés, tocan instrumentos musicales, hacen teatro y practican deportes.
A principios de los años 80, Magdalena viajó a Montería a hacer trabajo social y a enseñar en la universidad, y descubrió que estaba todo por hacer, que el terreno era propicio para aplicar el mismo método que había ensayado con sus hijos. Entonces fundó el primer colegio de enseñanza precoz que hubo en Colombia e hizo dos cartillas: Mi primer libro de lectura, para niños de entre 6 y 24 meses, y Mi alegría de aprender, para pequeños entre 25 y 36 meses.