Abril 4 de 2007

Maestra de pequeños genios

La increíble historia de Magdalena Granés y el sistema de enseñanza que creó para sus cinco hijos genio.

LOS CINCO HIJOS de Magdalena Granés ya sabían leer y escribir a los 4 años; a los 13 se habían graduado de bachilleres; a los 18 tenían título universitario, y antes de los 21 posgrados en el exterior. Magdalena, la mayor, es ingeniera biomédica con especialización en Robótica; Consuelo, médica microbióloga con maestría en Gerencia Educativa; Juanita, cirujana odontopediatra; Francisco, ingeniero electrónico y magíster en Docencia, y el menor, José, antropólogo y  administrador. "Mis hijos fueron las primeras víctimas de mis experimentos educativos que tenían una enorme posibilidad de terminar en un fracaso -dice la madre, hija de un inspector de educación y una maestra de escuela-. Hoy mis cuatro nietos siguen la misma línea". ¿Una familia de genios?

La historia comenzó en 1968, cuando Magdalena estudiaba en el Colegio de la Universidad Pedagógica, en la calle 72 de Bogotá, y decidió hacer voluntariado con las hermanas de la Comunidad de la Sabiduría en un centro de invidentes y sordos. "En ese trabajo descubrí mi vocación de educadora -recuerda-. Esa experiencia me permitió preguntarme por qué había un sistema de enseñanza igual para todos si cada persona era diferente". 

Primero los libros

Un año después, cuando cumplió 14 años de voluntariado, fundó en un trolebús de la vieja Bogotá, el primer centro de enseñanza para niños con dificultades de aprendizaje. "Hablé con el gerente de las Empresas de Trolebuses y me lo vendió muy barato porque era para una obra social -explica Magdalena-. Sin duda, eran otros tiempos".

En 1979, y luego de haber estudiado Física en Berkeley, California, y de devorarse las obras de pedagogos como María Montessori, Vigotsky, Ibuka, Brazelton, Mialaret, School, Come, Lipstt y Shaw, entre otros, empezó a ensayar su propio método de enseñanza con sus tres primeras hijas y otros niños. Les enseñó a leer, escribir, calcular, jugar ajedrez e interpretar un instrumento musical. "Lo que buscaba con esas actividades era ejercitarles su incipiente red neuronal para que la información que recibían se transformara en conocimiento -cuenta Magdalena-. Y creo que lo conseguí". Hoy sus hijos también hablan francés, inglés, tocan instrumentos musicales, hacen teatro y practican deportes. 

A principios de los años 80, Magdalena viajó a Montería a hacer trabajo social y a enseñar en la universidad, y descubrió que estaba todo por hacer, que el terreno era propicio para aplicar el mismo método que había ensayado con sus hijos. Entonces fundó el primer colegio de enseñanza precoz que hubo en Colombia e hizo dos cartillas: Mi primer libro de  lectura, para niños de entre 6 y 24 meses, y Mi alegría de aprender, para pequeños entre 25 y 36 meses.

Y fue también en Montería donde su familia empezó a ser conocida como "Los Ingalls" -en alusión a la famosa serie norteamericana de televisión- porque eran muy unidos y a pesar de los pocos recursos eran muy recursivos. "La gente se sorprendía porque no teníamos muebles y nuestro comedor era un pedazo de puerta -cuenta Magdalena-. Para nosotros eso era lo de menos, lo que nos importaba de verdad eran las 120 cajas de libros que teníamos". 

Además de sus hijos, hoy más de 1.000 niños y jóvenes se han beneficiado con el método. Por ejemplo, Luigi Melani empezó a los 11 años Ingeniería Química en la Universidad de Los Andes; Esteban González, de 18 años, ha representado a Colombia en las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas y es candidato a un doctorado en la Universidad de Princeton; Camilo Vargas, de 14 años, cursa cuarto semestre de Matemáticas; Jónathan Hanna, invidente, es pianista;  Luis Arteaga sufre parálisis cerebral y no obstante estudia Química en La Nacional; Nicolás Gómez, que sufre de sordera profunda, ingresó a la universidad el año pasado.

El secreto del método de Magdalena está en la estimulación temprana, pues numerosos estudios científicos indican que hasta los cinco años una persona aprende en forma intensa lo que le enseñan. Después de esa edad, el cerebro va perdiendo su plasticidad en forma progresiva y el aprendizaje se hace más lento. "Si el cerebro no es estimulado, las capacidades excepcionales se debilitan -explica Magdalena-. En la práctica, lo que no se usa se atrofia".

El método es aplicado hoy en 16 colegios del país, como el Colegio Calatrava de Bogotá, ciudad donde hoy vive Magdalena. Y aunque muchos piensan que el aprendizaje temprano les roba a los niños parte de su vida infantil,  Magdalena los contradice en forma enfática: "El conocimiento es un goce y no traumatiza ni envejece. Además, cuando uno conoce es más feliz porque se hace dueño de su propio porvenir".

Para Magdalena lo más importante  son el conocimiento y las ciencias. Por eso en forma irónica asegura que "en Colombia hay gente tan pobre, tan pobre, que sólo tiene dinero". Ella dice que sus hijos y sus alumnos no son genios en el sentido de que tienen un coeficiente intelectual muy alto, sino porque al haber tenido la oportunidad de una enseñanza precoz que les estimuló sus talentos, "han puesto su conocimiento al servicio de los demás para devolver parte de lo que han recibido". 

 

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