El viejo y el mar

Rafael Darío Valverde

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DURANTE 56 AÑOS ha navegado por los mares en viajes de guerra, aventuras y amores que le han dejado huellas tan marcadas como las líneas que surcan su rostro.  Acaba de cumplir 50 años como suboficial-jefe técnico, un registro con pocos antecedentes en las instituciones castrenses del país.

Con aguerrida voluntad de soldado raso, se levanta todos los días a las 4:00 a.m. y una hora después ya está en la base naval de Bocagrande, en Cartagena. Tras una rutina de ejercicios de 30 minutos, recorre las instalaciones e inspecciona que todo esté en orden. A su paso, uniformados y civiles lo saludan con respeto y cariño. Para todos es "Mi Jefe".

La inscripción en el Guinness, que tramitan superiores y amigos, va acompañada con la proyección de su imagen como símbolo de abnegación, fortaleza y pundonor militar, que él asume con sencillez pero con mucho orgullo. Rafael Darío Valverde nació en San Carlos, un pequeño poblado entre Cereté y Montería, Córdoba, y en 1941, cuando oyó por radio la convocatoria para ingresar a la Marina, acudió al llamado y viajó a Cartagena para alistarse como grumete, contrariando la voluntad de sus padres. "Cuando regrese, no me encuentra", le dijo su madre cuando se despidió de él. Dicho y hecho, tres años más tarde ella murió y la triste noticia la recibió cuando navegaba rumbo hacia Europa.

En los buques petroleros ARC Cúcuta y Cabimas se entrenó como marinero aunque prestó servicio en más de 15 unidades navales, en las cuales aprendió  los secretos de la navegación. Su pericia y disciplina le merecieron la confianza de sus superiores, los primeros ascensos y nuevas responsabilidades, como tripular el buque ARC Almirante Padilla, asignación que recibió en 1950 como miembro del contingente militar que hizo parte de las tropas de Naciones Unidas, bajo el mando del general estadounidense Douglas MacArthur, en la guerra de Corea.

Los recuerdos se agolpan en la mente de este lobo de mar. No quiere omitir detalles de este episodio prolongado, doloroso y a la vez romántico que lo marcó para siempre. Tras cuatro meses de permanencia en San Diego, California, donde la ARC Almirante Padilla fue acondicionada con modernos instrumentos de guerra, y luego de un mes de entrenamiento en Hawai, Valverde partió rumbo a Corea, a la que fue su primera confrontación internacional. Llevaba en su menaje una carta de amor de su novia cartagenera que le prometía esperarlo.

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