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Terreno minado Cuando las columnas de humo aún brotaban, Valverde recibió la orden del comandante de su unidad de desembarcar para integrarse a un pequeño grupo de espionaje en una playa al parecer recuperada. "¿Está en condiciones de hacerlo?, le inquirió el superior. "A eso vine -dice Valverde que respondió-. Por la libertad del mundo".
Era el primer día del año, pero por la diferencia horaria en Colombia apenas era 31 de diciembre. "No pude evitar sentir nostalgia", cuenta, y agrega que, ya en la playa, se alejó unos metros de sus dos compañeros -un marino puertorriqueño que no hablaba español y un surcoreano que apenas balbuceaba el inglés- y protegido por una roca sacó de su camuflado la carta de su novia y comenzó a leerla. Sólo alcanzó a repasar las primeras líneas cuando una detonación casi revienta sus oídos y la onda expansiva lo lanzó por los aires.
Fue rescatado horas más tarde por soldados estadounidenses que lo llevaron en helicóptero a un hospital en Japón. De sus dos compañeros sólo quedaron fragmentos de los cuerpos destrozados por la bomba. Con múltiples lesiones y una pierna que estuvo a punto de perder, permaneció hospitalizado 78 días, atendido con especial esmero por la médica japonesa Michiko Obsú. "No sólo curó mis heridas -dice-. También llenó los vacíos de mi corazón".
Con Michiko, a quien él le enseñó español y de quien aprendió japonés, sostuvo un apasionado romance del cual nació un hijo al que llamaron Harold Valverde Obsú. Pero terminada la guerra, regresó a Colombia a los brazos de la novia que le había prometido esperarlo, María Beltrán. Se casó y compartió con ella 51 años de vida, pero como los marineros del poema de Neruda, "que besan y se van, que dejan una promesa y no vuelven nunca más", tuvo otras mujeres y ocho hijos.
Luego de invadir Corea del Sur, los norcoreanos sembraron las costas de minas y por eso una de las misiones de la unidad naval colombiana era bombardear las playas, hacer detonar las minas y facilitar el acceso de las tropas anfibias. Valverde recuerda con nitidez los combates y describe, imperturbable, las fuertes detonaciones, los muertos en las filas aliadas, lo mismo que las múltiples bajas causadas a las tropas enemigas. "Matamos mucha gente", admite.