¿En el umbral de una guerra entre Venezuela y Colombia?

El presidente Chávez, en 'Aló Presidente' y en otros escenarios, ha abusado del lenguaje e impuesto una diplomacia excesivamente personalizada. Foto: Reuters

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El escalamiento de tensiones entre Colombia y Venezuela obliga a la pregunta: ¿pueden dos países vecinos que no han entrado en guerra durante doscientos años de vida independiente, estar próximos a vivirla? La respuesta a ese interrogante exige ponderar dos cuestiones fundamentales. Por un lado, el modo en que opera el dilema de seguridad entre Estados y, por el otro, evaluar el nexo entre conflicto doméstico y disputas internacionales.

Con respecto a lo primero, el ejemplo colombo-venezolano constituye un caso peculiar de dilema de seguridad. Ese dilema remite a una situación en que las preocupaciones en torno a la seguridad pueden llevar a los dos países a un conflicto bilateral, incluso sin que ninguno lo busque ex profeso.

La dinámica es conocida: el Estado A intenta garantizar su seguridad mediante un conjunto de políticas que involucran el aumento relativo de su presupuesto de defensa, la modernización de su armamento convencional y el reforzamiento de alianzas externas. El Estado B percibe que las políticas desarrolladas por A le producen inseguridad. Por lo tanto, B también acrecienta sus gastos militares, compra más pertrechos y afianza alianzas internacionales. En consecuencia, ahora el Estado A pasa a sentirse inseguro y refuerza las políticas originales. Se extiende entonces la sensación de vulnerabilidad recíproca y se eleva la desconfianza bilateral.

Esta encrucijada es típica de las relaciones internacionales: Alemania y Francia la vivieron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética la conocieron durante la Guerra Fría, Argentina y Brasil la experimentaron hasta la década del ochenta del siglo pasado, Irán e Irak la configuraron durante varios lustros. Unos dilemas culminaron en guerra, otros fueron administrados y otros se superaron. Hoy persisten los conflictos del pasado entre India y Pakistán, pero ahora con armas nucleares; entre las dos Coreas, como lo muestra un incidente marítimo reciente; entre Perú y Chile, como lo comprueba el estado actual de los vínculos entre Lima y Santiago. Asimismo, y más allá de los gestos recientes entre Washington y Beijing, es evidente que entre Estados Unidos y China se ciernen nuevas encrucijadas y que no es muy factible un G 2 para co-gobernar el sistema mundial. De hecho, la nota prevaleciente en esta coyuntura es el peligroso recrudecimiento de varios dilemas en diversos ámbitos de África, Asia y Latinoamérica.

Entre Bogotá y Caracas

Los dilemas de seguridad no se derivan solo de datos diplomático-militares (gastos, compras, alianzas), sino que se construyen en el plano interestatal y pueden ahondarse entre las sociedades. Un dilema de seguridad es lo que los Estados -y sus respectivas sociedades- quieren que sea.

Si bien el dilema de seguridad entre Bogotá y Caracas no es nuevo ni extravagante, ha logrado un grado de visibilidad y escalamiento que demanda la atención prioritaria de propios y ajenos. El hecho central es que ni Bogotá ni Caracas creen que lo que hace el vecino lo hace en clave de disuasión (deterrence en nomenclatura anglosajona). Lo que parece prevalecer es la percepción de que los dos se proponen la reversión (roll back). Es decir, que Bogotá aspira -con la ayuda de Estados Unidos- a dar marcha atrás a la Revolución Bolivariana de Chávez, y que Caracas pretende -con la ayuda de las Farc- promover la caída del régimen de Seguridad Democrática de Uribe.

Ante tal situación se impone propiciar un esquema de administración del dilema de seguridad en clave disuasiva y evitar a toda costa incidentes que lleven a la confrontación. Las señales, medidas y acciones de ambos lados deben ser más transparentes y sutiles. En buena medida, la opacidad y la ambigüedad han coadyuvado a preocupantes errores de percepción de lado y lado. El hiperpresidencialismo en una y otra capital; la apropiación de la diplomacia de las Cancillerías por parte de los respectivos Ministerios de Defensa; la suplantación del contacto discreto por la elocuencia desafortunada de los micrófonos, entre otros factores, han exacerbado la sospecha y la desconfianza entre las partes. Decisiones unilaterales e inconsultas de ambos gobiernos han potenciado un clima de fricción asfixiante. Las palabras, los gestos y las medidas ponderadas están ausentes. El corolario natural de todo lo anterior es previsible: los vínculos podrían tensarse hasta el punto en que un mínimo incidente conlleve a reacciones desproporcionadas en Caracas o Bogotá.

Es además indispensable establecer un espacio institucional en el que se tramiten mejor las diferencias sin recurrir a la diplomacia grandilocuente. El costo de no hacerlo es igualmente gravoso para los dos: cuando no se renuevan o recrean ámbitos institucionalizados de interacción, el papel de los individuos crece a niveles exagerados y delicados. A su vez, al menos por un tiempo -acordado por las partes- debería sacrificarse la política interna en aras de la política exterior: exacerbar el patriotismo con fines electorales, agitar el nacionalismo para calmar críticas domésticas o producir hechos mediáticos con propósitos personales, deberían ser evitados a toda costa. La irresponsabilidad en esta hora puede tener costos desmesurados en el futuro.

Conflicto interno y guerra externa

Otra manera de abordar la situación generada entre Colombia y Venezuela es analizando el nexo entre conflicto interno y guerra internacional. Los estudios habituales en esta materia remiten a dos tipos de vínculos. Por un lado estarían los ataques distractores; esto es, cuando un país con un conflicto interno acude a una confrontación externa para distraer la atención doméstica. Por otro lado estarían los ataques oportunistas; esto es, cuando un país aprovecha que el vecino vive una situación de conflicto doméstico y recurre a una ofensiva militar para obtener un provecho. El dilatado y degradado conflicto armado colombiano no llevó a un ataque distractor de Bogotá contra sus vecinos, ni estos se valieron de ataques oportunistas contra Colombia.

En vista de lo anterior deben examinarse las investigaciones comparadas recientes para explicar de modo más apropiado el entrelazamiento entre guerra interna y guerra internacional. De acuerdo con esa literatura en ciertos casos se produce lo que se denomina "guerra mediante sustituto" (proxy war): un país respalda a los insurgentes en una nación que padece un conflicto armado con el objetivo de debilitar al vecino y obtener algún beneficio. Asimismo hay disputas que surgen de la naturaleza de los regímenes políticos: el apoyo externo a una insurgencia obedece a que un gobierno considera que en el país vecino, que vive un conflicto armado, predomina una ideología antagónica a la propia. También existen conflictos con componentes irredentos: el país próximo apuntala a la guerrilla porque esta opera en un territorio que el país vecino pretende lograr para sí una vez la lucha armada haya cesado. Por último, se da la injerencia en el conflicto del vecino como manera de retaliación por su sostén a grupos localizados del otro lado de la frontera. En síntesis, en estos casos hay un actor externo que pretende incidir en el conflicto del país próximo y, en consecuencia, ese hecho puede conducir a una confrontación internacional.

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