Retrato familiar de Alberto Lleras Camargo

Mas allá de haber sido un político muy popular, Alberto Lleras Camargo fue, antes que otra cosa, un hombre sencillo. Foto en la Santamaría (1957). Foto: Archivo Cambio

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Cuando mi madre tenía 12 años, llegó un día a su casa, -en ese entonces el Palacio de la Carrera-, en donde ejercía su primer mandato presidencial su padre  Alberto Lleras Camargo en 1945.

Mi madre entró muy orgullosa al despacho de su padre, el Presidente, quien le preguntó de qué era esa medalla que su menor hija portaba orgullosa en su pecho. "Es una medalla que me gané en el colegio, porque mis compañeras me escogieron como la alumna con el más bello carácter". Así se llamaba en ese entonces lo que hoy llaman sentido social.

Lleras, con cariño, pero con firmeza, pidió a mi abuela Berta Puga que fuera al colegio al otro día a hablar con la directora del Nuevo Gimnasio, doña Celia Duque, para explicarle que su hija no podía recibir esa medalla, porque "los hijos del Presidente de la República no deben recibir condecoraciones ni regalos de nadie". 

Era escrupuloso en el manejo de la cosa pública y no hacía concesiones de ninguna especie en lo que tenía que ver con el ejercicio del cargo como Presidente. Sacó del país a su hijo Alberto Lleras Puga durante sus dos mandatos, para que no existiera la menor posibilidad de que su hijo hiciera negocios o utilizara indebidamente el nombre de su padre para lucrarse. Ultimó todos los mecanismos de control para que ninguna de sus tres hijas o sus cónyuges se beneficiaran de alguna manera del cargo del Presidente.

Jamás utilizó para él o para algún miembro de su familia los bienes del Estado. Era tal su modestia que cuando dejó su segunda presidencia en 1962 salió manejando su propio vehículo, automóvil que duro pagando por más de 5 años en modestas cuotas, como lo hizo con su casa de habitación. Murió teniendo por todo capital un modesto apartamento y su pensión de ex presidente. Sostenía que los Lleras habían nacido pobres y así debían morir.

Alberto Lleras Camargo jamás supo lo que era un acto de arrogancia con sus subalternos o familiares. A pesar de tener fama de ser un hombre frío, -"Tan frío que quemaba", sostenía el ex presidente Misael Pastrana-,  en el seno de su hogar era profundamente cariñoso con su esposa, sus hijos y sus nietos. Era tal su grado de complicidad que aun recuerdo al viejo sentado conmigo estudiando historia del derecho, o derecho constitucional, cuando yo estaba en la facultad de jurisprudencia del Externado. Con una agilidad sorprendente para su edad, se trepaba en el pasadizo que llevaba al segundo piso de su biblioteca, y buscaba los libros que él consideraba me iban a servir para estudiar. Conocía cada uno de sus libros, libros que devoraba y consentía como su mejor tesoro.

Recuerdo que en alguna oportunidad le hice una pregunta, que para él era más que obvia, y con su inmensa inteligencia me miró tiernamente y me dijo: "Doctor, con todo lo que usted no sabe se haría una gran enciclopedia".

El abuelo no resistía ni las mentiras ni a los que el calificaba como a los 'avivatos'; es decir, aquellos ciudadanos que siempre saben cómo hacer la trampa o evitar la cola. Odiaba los engaños y los embaucadores. Jamás acudió al expediente de la mentira para subir su popularidad o granjearse el respeto de sus conciudadanos.

No recuerdo haberlo visto furioso sino una vez, cuando en su calidad de codirector del partido liberal, conjuntamente con los ex presidentes López Michelsen y Turbay Ayala, suscribieron un acuerdo de que ninguno de los tres sería candidato a la presidencia, acuerdo que López no respetó, aduciendo que él no había buscado la candidatura, sino "que la candidatura lo había buscado a él". Recuerdo que ese día el viejo trinaba de la rabia, lo que le costó a López no volver a hablar con Lleras sino solo hasta el final de la vida del abuelo. Así era Lleras, implacable con quienes embaucaban o mentían. 

Desde esa época decidió marginarse totalmente de la política y los políticos a quienes durante sus últimos años despreciaba profundamente. Desde que dejó totalmente la política se dedicó a su familia, a sus libros y a recibir la visita diaria de su gran amigo Hernando Santos Castillo y esporádicamente la de Carlos Pérez Norzagaray, con quienes tenía una amistad profunda.

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