Relaciones entre Colombia y Ecuador recuperan su cauce normal

Noviembre 3: los cancilleres Bermúdez y Falconí se reunieron en Cotacachi, Ecuador, para afinar los detalles del restablecimiento de relaciones binacionales. Foto: Efe

En medio de la creciente tensión con Venezuela, de clamores de guerra y agresiones como la voladura de dos puentes peatonales en la frontera, la figura del canciller Jaime Bermúdez empieza a destacarse por su ponderación y prudencia para no dejarse picar la lengua por la agresividad verbal del presidente Chávez, que lo ha llamado 'desgraciado' y 'mentiroso'. Pero también porque tras año y medio de ruptura con Ecuador, logró cosechar esta semana el fruto de un trabajo sostenido, profesional y discreto que permitió restablecer las relaciones con el gobierno de Rafael Correa.

Después de las duras críticas recibidas por el manejo errático de las relaciones internacionales -al vaivén del estado de ánimo del Presidente- y del acuerdo de cooperación militar con Estados Unidos, Bermúdez pudo mostrar esta semana el resultado exitoso de sus gestiones con Ecuador. Fue un trabajo de filigrana al que ayudó el Centro Carter y el cual no habría fructificado sin el tacto profesional y la buena disposición del canciller ecuatoriano Fánder Falconí, con quien hubo, además, gran empatía personal. "Hay que reconocer que con Ecuador ha habido una política acertada y eso hay que abonárselo al Canciller, que logró recomponer la confianza entre los dos gobiernos", le dijo a CAMBIO Juan Manuel Galán, vocero del liberalismo en el Senado y miembro de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores.

Bermúdez empieza, por fin, a encontrarle el tono y la medida a su cargo. Aunque su fuerte es la estrategia en comunicaciones, el campo en que se movió durante la primera campaña de Uribe y la razón por la cual el Presidente se lo llevó de consejero, este abogado con doctorado en Ciencias Políticas de la Universidad de Oxford, Inglaterra -donde conoció a Uribe-, no es ni mucho menos un novato en asuntos internacionales. Dio sus primeros pasos como asesor de la Cancillería en 1993 y como miembro de la Comisión Binacional que publicó el libro Colombia-Venezuela, un nuevo esquema bilateral, y más recientemente fue embajador en Argentina .

En la Cancillería reemplazó a Fernando Araújo, cuya gestión fue duramente cuestionada en momentos tan difíciles como la crisis diplomática con Venezuela, Ecuador y Nicaragua, y cuyo bajo perfil muchos justificaron por el protagonismo excesivo del Presidente que,  en ausencia de una política exterior, asumía directamente la batuta. No es fácil ser ministro de Uribe, pues con frecuencia él y su sanedrín de la Casa de Nariño sustituyen a los ministros. Pero este no es el caso de Bermúdez: el primer mandatario le tiene mucha confianza y respeto, y por eso cuando fue consejero presidencial era considerado como uno de los hombres más influyentes de Palacio.

Hoy, por su condición de canciller y por su apretada agenda no tiene contacto diario con el Presidente, pero goza de gran ascendencia en el Gabinete y muchos le reconocen que tiene la capacidad de 'suavizarlo'. 

Si bien por la dinámica política regional el acuerdo de cooperación militar con Estados Unidos pone a Colombia fuera de sintonía, el buen momento de Bermúdez podría resumirse con sus propias palabras: "La diplomacia consiste en defender con firmeza los intereses nacionales sin caer en el juego de las provocaciones personales".

La mano de Falconí

Si para Bermúdez las cosas no han sido fáciles, para el  canciller ecuatoriano Fánder Falconí tampoco han sido miel sobre hojuelas. En su trabajo para reconstruir las relaciones con Colombia le ha tocado enfrentar resistencias dentro del propio gobierno de Correa.

Economista de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y con maestría y doctorado en Economía Ecológica de la Universidad Autónoma de Barcelona, ha sido coordinador académico del Doctorado de Economía del Desarrollo y de Investigación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso y secretario nacional de Planificación de su país. En diciembre de 2008 asumió la Cancillería, nombramiento que fue interpretado por analistas ecuatorianos como una señal de que el presidente Correa quería reorientar la política exterior, tradicionalmente concentrada en las relaciones con Estados Unidos, los países fronterizos y las naciones grandes de América del Sur, y convertirla en herramienta de estrategia geopolítica.  Por eso Correa dijo en la posesión de Falconí que la política exterior debía responder  a "un proyecto político claro, coherente con las necesidades de un país pequeño que por su posición geográfica puede, sin embargo, jugar un papel geoestratégico importante". Falconí empezó su gestión como parte de un gabinete en el que primaban las voces que destilaban odio contra Colombia. Pero pese a que las relaciones estaban rotas desde marzo, tras el ataque al campamento de 'Raúl Reyes' en zona ecuatoriana, advirtió que sin sesgos o apasionamiento había que recomponerlas "sin lesionar la dignidad y la soberanía nacionales".

En su esfuerzo por  buscarle salidas a la disputa diplomática se enfrentó inicialmente a una fuerte oposición del ministro de Defensa Javier Ponce, considerado de la línea dura del partido Alianza País -el mismo que llevó a Correa al poder-, que pretendía poner condiciones casi insalvables al eventual acercamiento.

La primera vez que Falconí se encontró con Bermúdez actuó como si fueran viejos conocidos, pero se encargó de que la agenda no se saliera de los temas previstos. "Se comportó afable, pero firme, y fue claro a la hora de expresar que no asumiría compromisos no previstos sin consultar a su presidente", recuerda uno de los miembros de la comitiva colombiana.

Falconí se ha ganado el respeto de los ecuatorianos y de los corresponsales internacionales de prensa, que hace poco lo escogieron como el miembro más destacado y la "fuente más confiable" del equipo de gobierno de Correa.  Aún así, Néstor Silva, politólogo e investigador de Flacso advierte que el Canciller ha tenido dificultades para armonizar su "posición conciliadora, franca e independiente" con la más dura del Presidente. "Eso se ha notado en las dos últimas semanas cuando le ha tocado hablar, simultáneamente, del clima favorable para la reactivación plena de las relaciones y un supuesto plan de espionaje de la Inteligencia colombiana contra su país -dice Silva-. En otras palabras, se ha visto en medio de dos fuegos: el de Colombia, que busca recuperar la buena relación, y el de Venezuela, que no oculta sus esfuerzos por evitarlo". Sea lo que sea, lo concreto es que gracias a Falconí, de cuya mano Ecuador ingresó en junio pasado oficialmente al Alba, las relaciones con el país vecino no siguen rotas.