Septiembre 21 de 2009

Este año el ICBF ha recibido 11.958 denuncias de maltrato infantil

La mayoría de casos que reporta el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar están relacionadas con padres que aprueban el castigo físico para educar a sus niños.

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De generación en generación ha sido costumbre que los padres acudan a las palmadas y correazos para castigar el comportamiento de sus hijos. Incluso la encuesta más reciente que existe  de Demografía y Salud del Ministerio de Protección Social revela que el 41 por ciento de las madres acude a los golpes y el 22 por ciento a las palmadas para reprimir la mala conducta de los niños.

Acudir al castigo físico como una medida para reprender a los niños sigue siendo una práctica frecuente entre padres, abuelos y maestros que con la efectiva complicidad del consentimiento social, todavía encuentran en ella una herramienta legítima y eficaz en la educación de los menores de edad. Así lo reveló la Agencia La Agencia de Periodismo Amigo de los Derechos de la Niñez, PANDI, en un documento en el que consultó a padres, niños, educadores y entidades que protegen a los pequeños.

Lo peor es cuando esas palmadas se convierten en castigos físicos severos que dejan a los niños con secuelas de por vida: quemaduras de hasta tercer grado; lesiones en la cabeza como consecuencia de los golpes recibidos; fracturas y hasta mutilaciones. Durante 2008, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf) recibió 20.155 denuncias por maltrato físico, las cuales corresponden al 50 por ciento de todos los casos de maltrato infantil reportados ante la entidad. Este año, hasta el mes de julio, la cifra era de 11.958 denuncias. A ello se suma el maltrato a bebés en gestación, una modalidad de la cual se denuncia aproximadamente un caso diario.

"Las madres son aún más agresivas que sus esposos a la hora de reprender a sus hijos. La situación es más frecuente entre las mujeres mayores de 25 años, las residentes de las zonas rurales y aquellas con más bajos niveles de educación e ingresos", indica el informe de PANDI.

De acuerdo con Rocío Mojica, oficial del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), una palmada implica el ejercicio de violencia y el uso excesivo de poder y de fuerza sobre una persona pequeña e indefensa. "Lo que le queda a un niño o niña de una palmada es el dolor físico y el miedo, la angustia y la inseguridad que produce la agresión, sobre todo de parte de una persona significativa para él o ella", agrega.

En este sentido, la siquiatra Isabel Cuadros, directora de la Asociación Afecto Contra el Maltrato Infantil, pidió revisar los casos. "El castigo físico viola la integridad física y psíquica, enseña que es éticamente controlar a otro ser humano por dolor -explica-. Castigar físicamente llena a los niños de temor, pero no de respeto y enseña que la autoridad es arbitraria y que utiliza distintos parámetros para medir a los niños y a los adultos".

Sin embargo, los padres piensan distinto: a finales de 2008, el Centro Nacional de Consultoría concluyó en un sondeo de opinión entre más de 1.000 personas, contratado por Unicef, que el 43 por ciento de los colombianos justifica el castigo o maltrato a los niños y adolescentes.  "Aunque para muchas personas el castigo físico es una forma de disciplina y por ende se legitima como tal, realmente es una forma de violencia hacia la niñez -dice Roger Dávila, coordinador del Programa de Protección y Violencia de Save The Children en Colombia. Es absurdo pensar que en el siglo XXI sea a través del golpe o la fuerza física que se pretenda disciplinar a un ser racional, como lo es un niño".

Pero no todos los niños y adultos son conscientes de la huella física que el castigo físico dejó en sus vidas. Aunque muchos recuerdan fotográficamente qué tipo de golpes recibieron cuando niños, aseguran no sentirse  afectados e incluso el hecho se convierte en una anécdota curiosa que se cuenta entre risas. "Mi mamá me pegaba con la correa y alguna vez me dio con el tacón porque era insoportable -dice un padre de familia-. Pienso que de vez en cuando a los niños hay que reprimirlos físicamente con una palmada porque de lo contrario van a ser niños maleducados".

Sin embargo, no piensan así los expertos: "Un niño sobre el cual han basado una crianza por miedo tiene problemas de autoestima, de confianza en sí mismo y de represión - añade Roger Dávila-. No es bienestar mental pensar que es justo y necesario que a uno le peguen para ser el hombre o mujer que es hoy en día. Esto es un claro ejemplo de lo erróneo que percibimos el castigo".

El castigo físico trasciende a las escuelas y colegios: el año pasado la Procuraduría General de la Nación ordenó a los alcaldes y gobernadores vigilar de cerca la conducta de los maestros, luego de tramitar 550 investigaciones contra docentes por maltrato infantil y abuso sexual. La mayoría de casos fueron en Cundinamarca y Boyacá. "Una verdadera pedagogía o crianza jamás podrá contemplarse de manera violenta -advierte Dávila- adagios populares como 'la letra con sangre entra' han contribuido a perpetuar el problema".

La ONU fijó en 2009 el plazo para incluir en las legislaciones de los países miembros la prohibición explicita de la violencia contra niños y adolescentes. Colombia ya lo hace, pero será difícil de cumplir mientras los padres continúen considerando necesario acudir a las palmadas para educar.

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