Deberá poner sobre el tapete el tema del armamentismo en la región.
Cuando el presidente Álvaro Uribe inicie este viernes en Bariloche, Argentina, su intervención ante la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) encontrará un auditorio expectante y tenso en el que sobresaldrán las figuras de los presidentes Hugo Chávez de Venezuela y Rafael Correa de Ecuador, con quienes no tiene interlocución y mantiene profundas diferencias políticas.
La prueba de fuego de Uribe ante todos sus colegas de Unasur está relacionada directamente con los efectos que tendrá para los países de la región el acuerdo bilateral para que fuerzas estadounidenses usen bases militares colombianas.
El acuerdo generó todo tipo de opiniones de los mandatarios de la región, desde las más radicales, como las de Chávez y Correa, que consideran la presencia de personal estadounidenses en bases colombianas como una violación a la soberanía regional, hasta las más solidarias como las de Perú, que respaldó la iniciativa, pasando por las prudentes, pero enérgicas, como Brasil, que respetan la decisión soberana de Colombia, pero exigen total transparencia sobre los términos del acuerdo.
La Unasur vino a reemplazar, en marzo de 2008, a la Comunidad Suramericana de Naciones, creada en Cuzco (Perú), el 8 de diciembre de 2004 por los 12 países de América del Sur: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guayana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela.
Como organización supranacional e intergubernamental, basada en el modelo de la Unión Europea, la Unasur pretende convertirse en una zona de libre comercio que unirá los dos grupos ya existentes: la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú) y Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, con Venezuela en un enredado proceso de incorporación como socio pleno).
Pero en el clima que precede a la cita de Bariloche reina todo menos la unión: la cumbre extraordinaria se fijó tras la ausencia en Quito de Álvaro Uribe, quien optó por una gira relámpago a siete países de la región para tratar de explicar los alcances del acuerdo militar con Estados Unidos, y ante la urgencia de varios países de no bajarle el perfil al tema con una reunión de cancilleres y ministros de Defensa, interesados en temas de seguridad nacional.
A Ecuador, como presidente de turno de la Unasur, le corresponde abrir caminos de diálogo en el tema y al menos mostrar una fachada de ecuanimidad, así tenga rotas sus relaciones con Colombia y sean bien conocidas sus posturas contra el acuerdo de cooperación militar Bogotá-Washington.
Eso, de alguna forma, se ha reflejado en el cambio de tono de los últimos días, que ha incluido apretones de mano entre cancilleres y menos agresividad verbal de parte del presidente Rafael Correa. La Unasur "no sentará ni a Colombia ni a otro país en el banquillo de los acusados", dijo el canciller ecuatoriano Fander Falconí. La cumbre transcurrirá en un clima de "diálogo abierto y transparente", según sus palabras.
Algo similar pasa con la presidenta Cristina Fernández. Como anfitriona no puede permitir que la cumbre se le salga de las manos y su misión será la de ejercer de bombero ante los incendios que podrían causar las acaloradas oratorias del presidente venezolano Hugo Chávez y quizás de Uribe.
Esa invitación al diálogo es también, y con todavía más énfasis, la de Brasil, autor de la iniciativa que dio origen a Unasur y único actor suramericano con perfil global. Es claro que para proyectar el liderazgo mundial al que aspira, Brasil tiene que ejercer un liderazgo en su región, y eso implica tener las aguas calmas en su área de influencia, cuyos conflictos se están volviendo pan de todos los días. Su papel será determinante no solo en el éxito o el fracaso de la cumbre de Bariloche sino en la suerte misma de Unasur, pues, como bien lo definió la analista internacional Arlene Tickner en su columna de El Espectador, "su consolidación dependerá en gran medida en la capacidad del gobierno brasileño de actuar como mediador, ya que es el único que goza de la confianza colectiva".
¿Y la carrera armamentista?
Una muestra de los desafíos que la Unasur tendrá que enfrentar, y que el Gobierno de Colombia quiere aprovechar y poner en discusión para que el debate no se centre en exclusiva en su acuerdo con EE.UU., es el que tiene que ver con el inicio de una carrera armamentista en la región. Por eso hablará de los tratos militares de otros países, de la compra indiscriminada de armas emprendida por otros, y de la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, en una especie de reclamo reiterado a la región por su falta de solidaridad.
A partir de este viernes los ojos de la comunidad internacional estarán puestos en Bariloche. Prueba del carácter decisivo de la cumbre es que fue objeto de un editorial, en The Washington Post, diario influyente de Estados Unidos.
En términos muy duros, el rotativo cuestionó que los países de la Unasur se ocupen del tema de la cooperación militar Colombia-EE.UU., en lugar de prestar atención a hechos que, según el texto, ponen en evidencia a Chávez. "En el último mes Chávez ha quedado en evidencia como proveedor de armamento avanzado para un grupo terrorista (Farc) que busca derrocar al Gobierno democrático de Colombia", dice el editorial. El diario cuestiona a la Casa Blanca por haber dado una respuesta "endeble y tardía" al tema del acuerdo con Colombia.