Colombia no midió las reacciones que generarían las bases estadounidenses

Mientras el martes Alan García respaldó a Uribe en Lima (foto), en La Paz Evo Morales criticó la cooperación militar con Estados Unidos. Foto: Efe

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Colombia no había medido bien la dimensión de las reacciones. Primero creyó que con ofrecer el territorio colombiano para que los militares estadounidenses pudieran mantener las operaciones que realizaban en la base militar de Manta en el Ecuador, el gobierno de Barack Obama reconsideraría su decisión de reducir las ayudas militares a Colombia y descongelaría la firma del TLC. Y nada de eso sucedió. Luego, supuso que con la explicación de que las bases no eran para espiar a terceros países, el asunto estaba arreglado. Pero tampoco. Después, ya metido en gastos con el que resultó un "preacuerdo" militar con los Estados Unidos, supuso que alertar a la comunidad internacional sobre el apoyo que, mediante la venta de armas, algunos países le estarían dando a las Farc, crearía las condiciones que justificaban el acuerdo con los Estados Unidos. Menos. Ningún resultado. Y finalmente, calculó que los reparos internacionales por el acuerdo militar quedarían reducidos a las condenas de Chávez en Venezuela y Correa en Ecuador, y que por sus vínculos con las Farc  terminarían ahogados en sus propios reclamos. Y eso no pasó.

La reacción más dura vendría de quien menos se esperaba. Los presidentes Lula da Silva de Brasil y Michelle Bachelet de Chile. En el marco de un encuentro bilateral, no solo hicieron pública su preocupación por los acuerdos militares de Colombia con los Estados Unidos, sino que propusieron convocar al Consejo de Defensa Suramericano para tratar el tema de las bases militares estadounidenses en Colombia, en el marco de la reunión de Unasur que se llevará a cabo el 10 de agosto en Quito.

Frente a la propuesta, Colombia de nuevo se equivocó en su reacción. El Gobierno hizo saber a través del Ministerio de Relaciones Exteriores que el presidente Uribe y su canciller Bermúdez no asistirían a la reunión de Quito. La reacción no se hizo esperar. El canciller de Brasil, Celso Amorim, para dar cuenta de la magnitud de las preocupaciones que tienen los países de la región por el tema, dijo desde São Paulo, que los misiles suecos son "un episodio de un tamaño pequeñito en comparación con las bases". Y para que no quedaran dudas pidió que el Acuerdo [militar con los EE.UU.], "sea mejor explicado" y sugirió que Colombia diera garantías a los vecinos sobre su alcance.

Las palabras de Amorim cayeron como un balde de agua fría y pusieron el problema en otro escenario. Quizá con la excepción de Perú, para los demás vecinos suramericanos la decisión de ceder bases militares a los Estados Unidos se había convertido en un factor de desestabilización regional. "Son tropas extrañas", había dicho el presidente Lula Da Silva en su momento. "Hablaremos con Obama", reafirmó para hacer todavía más enfática su preocupación.

La petición de Lula y Bachelet, de que el asunto se discutiera en el Consejo Suramericano de Seguridad, ofrecía el escenario para que Colombia explicara amplia y suficientemente su decisión y los alcances del Acuerdo con los Estados Unidos. Brasil y Chile se han convertido en los principales impulsores de este Consejo por el margen de maniobra global que este instrumento les ofrece a los países de la región. Y para ambos era claro que, por sus dimensiones, la discusión del Acuerdo de Colombia con Estados Unidos no solo justificaba la existencia del Consejo, sino que además ayudaría a institucionalizarlo como un mecanismo regional.

Pese a que la crisis política interna con la coalición de gobierno exigía su presencia, la presión de Lula y Bachelet fue tan fuerte que terminó obligando al presidente Uribe a emprender una gira relámpago por Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay para explicar el "preacuerdo" con los Estados Unidos.

Con esta reacción es evidente que Uribe busca reducir las presiones de Chile y Brasil, para que Colombia comparezca ante el Consejo Suramericano de Seguridad en donde, además, quiere evitar darles explicaciones a Chávez y Correa. Sin embargo, la apuesta es muy riesgosa. Con la salvedad de Perú, Colombia no tiene ninguna garantía de que los demás países de la región, a pesar de que se puedan declarar satisfechos con la explicación, estarán dispuestos a obviar la discusión del tema en el Consejo Suramericano de Seguridad.

Por eso no debería extrañar que de la reunión de Quito se produzca uno de dos escenarios:

Escenario 1. Que los miembros del Consejo Suramericano de Seguridad decidan hablar directamente con el presidente Obama para expresar su preocupación por las implicaciones de las bases sobre la estabilidad regional, buscando un compromiso directo del Gobierno estadounidense con los miembros de Unasur sobre los alcances de su presencia en Colombia.

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