Resurgimiento de sectas satánicas tiene en alerta roja al Eje Cafetero y otras regiones

La profanación de tumbas es un delito al que acuden algunos miembros de las sectas satánicas. Fotos: Archivo Cambio

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Eran las 6:20 p.m. del 8 de marzo y en la Basílica Menor de Santa Rosa de Cabal los feligreses se preparaban para la elevación. De pronto, cuando el párroco Alirio Ramírez iba a levantar la hostia, un joven entró corriendo y, muy exaltado, se dirigió hacia él y lo hirió con un cuchillo. Llevaba tatuado en uno de los brazos el 666, el "número de la bestia" como aparece citado en la Biblia (Ap.13:18). Su nombre: Jonhatan David Gómez,  23 años.  "Soy el justiciero -dijo-. Este año desaparecerá la Iglesia católica porque el anticristo vive".

Dos personas que asistían a la ceremonia religiosa evitaron que huyera. Horas después, en audiencia ante un juez, confesó que pertenecía a una secta satánica y declaró: "Tomé la decisión de matarlo impulsado por una voz que me lo ordenó". La defensa, apoyándose en una valoración médica, pidió ordenar su reclusión en un centro psiquiátrico pero el juez negó la petición y le dictó medida de aseguramiento por  tentativa de homicidio. Gómez está preso en la cárcel La 40 y fue excomulgado por la Iglesia por "profanación del sacramento, la eucaristía y el templo".

Cuatro días después del ataque al sacerdote, el gobernador de Risaralda Víctor Manuel Tamayo Vargas y el pastor cristiano Pablo Portela recibieron sendas llamadas de un desconocido que se identificó como "el justiciero de una tribu de Israel" cuya misión era acabar con las vidas del gobernante y el pastor.  La Policía detuvo al autor de las llamadas, un hombre de 33 años, quien al ser capturado reiteró que su misión era acabar con las cabezas de la Iglesia.

Según el Gobernador, los exámenes hechos tanto a Gómez como al hombre de las llamadas, mostraron "graves trastornos derivados del consumo de estupefacientes", y expresó su preocupación por la posibilidad de que esos grupos se estén aprovechando de "jóvenes desubicados para promover la comisión de delitos".

Aunque el fenómeno del satanismo no es nuevo, hay reactivación de cultos satánicos. "Esos grupos tienen su propio diácono y una biblia del diablo para hacer sus ritos en ciertas épocas del año, en especial en Semana Santa, cuando realizan la misa negra en algunos cementerios", sostiene el obispo de Pereira, monseñor Tulio Duque.

Los primeros síntomas de la reactivación de estos grupos fueron detectados el año pasado. Uno de los casos se presentó el 14 de junio en Sabanalarga, una vereda del municipio tolimense de Murillo: miembros de una secta satánica ingresaron una noche en la escuela y quemaron el salón  donde guardaban computadores, un televisor y un equipo de sonido. En las paredes de la escuela rural dejaron escrito el "número de la bestia": 666.

Tres meses después, en septiembre, el presidente de la Asociación de Jueces de Paz de Pereira, Eissenhouer Zapata, denunció que por lo menos 30 grupos satánicos se habían infiltrado en centros educativos como parte de una estrategia para reclutar menores de edad, y advirtió que entre los mensajes que pretendían difundir aparecía el suicidio como el momento culminante de los ritos, lo cual explicaría que varios jóvenes se hubieran quitado la vida en los últimos meses. En el mismo sentido se pronunció la Casa de la Juventud, que puso el ejemplo de un joven de 14 años que se ahorcó y dejó una carta en la que decía que su objetivo, sobre el cual lo había aleccionado, era encontrarse en el más allá con un "ser superior".

Antecedentes

Después de Estados Unidos, donde fueron fundadas las primeras sectas satánicas en la década del sesenta del siglo pasado, y de Italia donde curiosamente está El Vaticano, Colombia ocupa el tercer lugar en la lista de países donde prolifera la práctica del satanismo. Y es en las ciudades del Eje Cafetero, en Bogotá y en otras capitales donde se ha reportado su mayor presencia. 

En los años noventa, según un informe del DAS, se registró una inusitada actividad de las sectas satánicas con manifestaciones como la profanación de tumbas y rituales en los cementerios, muertes y secuestros. La situación llevó a la Policía a crear el grupo Humanitas, encargado en forma exclusiva de investigar los crímenes atribuidos a esos grupos, y el DAS conformó una unidad especial para el mismo efecto.

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