El principal escollo para la liberación del grupo de dos civiles y cuatro soldados secuestrados anunciada por las Farc quedó superado la semana pasada: Brasil prestará el apoyo logístico. Hasta el momento, las posiciones entre el Gobierno y la guerrilla sobre la participación de la comunidad internacional habían sido totalmente incompatibles. Cuando en el último comunicado las Farc incluyeron en la lista de condiciones "la presencia de un país hermano", el proceso atravesó su momento más difícil y para las familias de los secuestrados fue un verdadero baldado de agua fría.
El pulso tiene varias aristas. El principal es que la guerrilla ha preferido, en el pasado, que los trabajos de facilitación sean ejercidos por Hugo Chávez, o al menos con su participación. Pero el presidente Uribe ha sido explícito, después de los graves incidentes que se produjeron con su gestión de finales de 2007, en que no está dispuesto a volver a aceptar la inclusión del presidente venezolano.
Más que la vinculación de un mandatario afín o amigo de la guerrilla, sin embargo, a las Farc y al Gobierno las divide el protagonismo que adquiera cualquier actor internacional. A los alzados en armas les conviene un perfil alto, para que la noticia de la liberación adquiera un mayor sentido político y para ganar réditos por la liberación de civiles. A la estrategia de seguridad democrática, en cambio, le favorece que los actos sean reservados para que la guerrilla no utilice el show con fines propagandísticos. La comunidad internacional también es importante desde un punto de vista práctico. Las Farc desconfían de los operativos hechos por las Fuerzas Armadas, porque creen que siempre hay objetivos de inteligencia ocultos tras las gestiones de liberación. Un actor externo aporta credibilidad y confianza. Y entre todas las opciones existentes, el Comité Internacional de la Cruz Roja es el más efectivo porque tiene acogida en ambos lados, porque ha desarrollado experiencia en casos semejantes en todo el mundo, y porque su naturaleza neutral y prudente la pone por encima de todos los juegos de tipo político.
Lo cierto es que las Farc insistieron en la presencia de un país -adicional al CICR- y Brasil terminó siendo el escogido. El gobierno de Lula Da Silva ha ganado prestigio por su popularidad interna y por su liderazgo externo. Su posición diplomática es moderada y se caracteriza por el profesionalismo de su Cancillería.
A diferencia de otras alternativas planteadas -El Vaticano, Venezuela, Ecuador, Argentina, Francia e incluso el congresista demócrata James McGroves- Brasil no genera resistencia entre las partes. No menos importante es la vecindad con Colombia, que facilita el envío de tres helicópteros en los que se transportarán los miembros de la comisión humanitaria y los rehenes en un operativo que arrancará el próximo domingo.
Los expertos en relaciones internacionales son optimistas. Coinciden en que a futuro esta gestión podría abrir una puerta para la liberación del resto de los rehenes e inclusive conducir a un acercamiento entre el Gobierno y la guerrilla que no se vislumbra desde la ruptura de los diálogos del Caguán. La participación de Brasil como facilitador de paz siempre ha sido buscada por los gobiernos de Bogotá y vista con escepticismo por los de Brasilia, pero un éxito reconocido en la liberación de la próxima semana podría ser un primer paso para un papel más activo hacia adelante.
Las liberaciones unilaterales realizadas y las próximas que ya han anunciado, así lo corroboran.