Aunque han pasado 10 años, Carlos Molina todavía recuerda con precisión el terremoto que arrasó el Eje Cafetero. Era la 1:19 de la tarde, del 25 de enero de 1999, cuando la casa donde vivía en Armenia se vino abajo. Él se salvó de milagro. Sin embargo, no corrieron con la misma suerte su hermano ni su sobrino. Ellos terminaron entre los cerca de 1.200 muertos que dejó el sismo de 6,4 grados en la escala de Richter. "No me saco de la cabeza esas imágenes de dolor -dice Carlos-. Todos aquí padecimos ese infierno y no quisiéramos volver a vivirlo".
Las huellas de la tragedia también permanecen en los 28 municipios que resultaron perjudicados de Quindío, Risaralda, Caldas, Tolima y Valle. En total, 6.772 kilómetros cuadrados. Hubo más de 8.500 heridos, 450.000 damnificados y más de 150.000 viviendas afectadas. Quindío fue el departamento más azotado y Armenia la ciudad más golpeada, con cerca del 60% de su estructura deteriorada.
Hoy, 10 años después, el Eje Cafetero se ha levantado de las ruinas. Las inversiones en la reconstrucción superaron los 1,6 billones de pesos y la totalidad de las obras proyectadas están concluidas. "Es indudable que la región cambió y que si no hubiese sido por el sismo no se habría transformado -dice Luis Velásquez, director de la Fundación para el Desarrollo del Quindío-. Realmente se registró un impulso en todos los campos".
Irónicamente el sismo fue el que oxigenó su economía. La región que dependía del café despertó su vocación turística y hoy es uno de los mayores polos de este sector en el país. Si en 1999 había solo en Quindío 3.800 camas instaladas y 200 alojamientos, ahora, según cifras de la Secretaría de Turismo del departamento, hay más de 12.500 y cerca de 500, respectivamente.
El proceso de reconstrucción fue la mejor oportunidad de la región. Se generó empleo, se creó la Ley Quimbaya que dio beneficios tributarios a empresas que se instalaran en la zona (el Congreso aprobó en la pasada legislatura una prórroga por siete años más) y hubo una masiva llegada de inversionistas cuya mayoría de recursos terminaron en el sector turístico.
Sin embargo, no todo ha sido color de rosa. Algunos analistas consideran que el desarrollo económico de la región no se programó y que hoy se está viviendo una desaceleración que tiene a muchos sectores en jaque. Sostienen también que faltó planeación urbanística, pues aunque la reconstrucción permitió que se hicieran grandes obras de infraestructura como el aeropuerto y el centro administrativo, en muchos casos ese impulso no tuvo en cuenta las realidades particulares de la zona. "Es indudable que faltó planear más y en muchos casos no hubo armonía entre las soluciones de vivienda y la infraestructura de servicios", dice Uriel Orjuela Ospina, presidente de la Sociedad de Ingenieros del Quindío.
Lo cierto es que el Eje Cafetero ha avanzado a pasos agigantados pero lo más importante es que en una década se sobrepuso y pasó de la tragedia a la esperanza.