'Les tengo el tsunami de la política'

Rocío Arias y Eleonora Pineda.

Semanas antes de caer detenida, Eleonora Pineda fue citada a la cárcel de máxima seguridad de Itagüí. Salvatore Mancuso, jefe paramilitar desmovilizado, la había llamado por teléfono para decirle que necesitaba verla urgentemente, con el fin de notificarle una decisión que acababa de tomar. Mancuso se autoproclamaba el "mentor" político de Pineda, de quien aseguraba: "Yo la hice concejal y la hice congresista". La atacó un mal presentimiento. Tras escuchar las palabras del jefe paramilitar, un tanto amenazadoras pensó ella, decidió llamar a su buen amigo Miguel Alfonso de la Espriella, también ex congresista de la república, a quien de igual manera Mancuso consideraba su "creación política". De la Espriella ya había recibido una llamada similar, con una orden similar del jefe paramilitar. (...)

Puntuales, entraron a la celda del paramilitar después de sortear cuatro filtros de seguridad, tres requisas y dos tandas de preguntas de dos guardianes del Inpec. 

  La celda de Mancuso era una pequeña habitación con un camarote recostado contra una pared blanca, sobre la cual estaba escrito: "Aquí vive el comandante Gurre del frente Omar Ysaza, Auc".

Eleonora y De la Espriella viajaron juntos desde Bogotá, y el trayecto de treinta y cinco minutos se prestó para toda clase de conjeturas, alrededor de las verdaderas intenciones de Mancuso. Ella, que a todo en su vida le da un toque místico, presentía que de la reu-nión con el jefe paramilitar no iban a salir cosas buenas. Le tenía los nervios alterados. (...)

Ese día, y justo como lo venía presintiendo, Eleonora viajaba preparada para ser detenida en cualquier momento por agentes del CTI de la Fiscalía, pues eran de público conocimiento sus relaciones con los paramilitares de Mancuso, y el proceso penal de la llamada "parapolítica" ya avanzaba como un tornado por entre las curules del Senado. En la misma situación estaba Miguel de la Espriella, quien había sido el senador de la misma fórmula política que los llevó a ambos al Congreso. Estaban seguros de que en pocos días estarían detrás de las rejas; por eso desde un principio asociaron la imprevista llamada de Mancuso con la inminencia de su detención.

A las nueve de la mañana ya estaban frente a frente con Mancuso, después de un tranquilo recorrido de media hora. El jefe paramilitar los recibió recostado sobre una cama un poco corta para su tamaño. Estaba descalzo y sin afeitar, vestía un jean desteñido, una camiseta blanca y una chaqueta negra de dril. Eleonora lo notaba cada vez más calvo, y esa mañana vio que su mirada era más penetrante y agresiva. Quizá sus nervios hacían que lo viera diferente, un ser distante, muy distante, del amable Mancuso que había conocido en Planeta Rica, cuando recorría sus calles en una motocicleta de alto cilindraje. (...)

-Les tengo el tsunami -les dijo Mancuso con una sequedad que les sonó a "decisión tomada".

-Ajá, Mono, ¿cómo así, y qué es eso? -se atrevió a preguntarle ella que acababa de sentarse en una silla plástica, a un lado de la cama. Miguel de la Espriella miraba inquieto, siguiendo la escena a la espera del momento en que le tocara intervenir.

-El tsunami nuclear, el tsunami de la política -les respondió Mancuso, esta vez dirigiendo la mirada primero a Eleonora y luego a su acompañante.

El jefe paramilitar se paró de un salto y arrimó una mesita de noche sobre la que descansaba su computador portátil, abierto y encendido y le dio un doble clic en la ventana "documentos". El espacio se fue llenando poco a poco de letras y de números, de listados con nombres y fechas. El Gobierno le había autorizado el uso permanente de un portátil, y Mancuso mantenía en su celda un moderno Sony Vaio instalado a una red de internet.

-Es el tsunami que va a arrastrar con todo en Colombia -repitió Mancuso, ahora visiblemente entusiasmado. (...)

-Necesito que tú, Eleonora, me des toda la información que tengas en tus apuntes y en tu cabeza, la lista de tus reuniones, los nombres de todos tus amigos, las fechas de tus encuentros con el doctor Luis Camilo Osorio, todo, todo lo que puedas entregarme lo antes posible. (...)

Eleonora quiso que Mancuso le diera más detalles y él simplemente le aclaró que había tomado la decisión de contarlo todo en su próxima cita con los fiscales de Justicia y Paz, en desarrollo de su primera versión libre, prevista para el mes de mayo del año 2007. Les explicó que la idea que tenía era partir el tsunami en tres capítulos: primero, militares y policías; luego políticos y funcionarios, y por último empresarios y ganaderos.

Los dos políticos seguían con atención lo que ya parecía la lectura de un legado de instrucciones que había preparado el jefe paramilitar. Muy tranquilo, redondeó la petición que les estaba haciendo:

"Por favor, convoquen a todas las poblaciones de nuestras regiones de influencia y salgan en una gran marcha pública, región por región, para que les cuenten al país y al mundo, las relaciones que todos tuvieron con las Auc, para que conozcan la magnitud y dimensión del conflicto y sus vinculaciones con todos los conglomerados sociales, con la sociedad de bien: ganaderos, empresarios, agricultores, transportadores, educadores, padres de familia, políticos, Fuerzas Militares y Policía. Tenemos que hacerle ver al mundo que fue el Estado el que nos reclutó y luego nos apoyó".

-¿Vas a contar todo eso, Mono? -volvió a preguntarle ella.

-Sí, todo, y necesito la ayuda de ustedes dos -respondió-. Tú te vas a encargar de contar todo lo que sepas del doctor Uribe. Y tú, Miguelito, vas a contar todo lo del Pacto de Ralito.

Los dos visitantes volvieron a mirarse incrédulos, asustados, comprobando los presagios que los acompañaron durante el viaje. Eleonora recordó las serpientes del sueño. (...)

"Además, Leo, tú sí que sabes la letra menuda de todo eso".

-Pero Mono, tú sabes que eso es muy delicado, piénsalo -insistió la ex congresista visiblemente afectada, con el corazón latiéndole muy fuerte.

-Lo tengo decidido. Salgan a contar la verdad total -les notificó con la misma sequedad del principio.

-Pero tú sabes lo delicado que es eso -le repitió ella.

-Al fin y al cabo tú ya te vas a ir para la guandoca, niña Leo -se anticipó el jefe de los paramilitares-. Y tú también, Miguelito -dijo mirando al ex senador.

-Sí, Mono, yo lo sé, y si tengo que pagar por mis errores lo hago, pero que cada cual responda por sus cosas. Te pido el favor de que si vas a contar toda tu verdad, cuentes toda tu verdad y a mí no me metas en tus crímenes porque yo lo único que hice fue colaborar en la cosa política -le suplicó Eleonora. (...)

-Además -siguió diciendo Eleonora-, piensa que eso es muy peligroso y que yo soy madre soltera de dos hijos y abuela de un nietecito -le recordó al borde del llanto.

-Pues mándamelos, que yo te los crío -le respondió Mancuso.

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