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Durante varios minutos observé absorto la fosa común abierta en el campo Kamenica, a la vera de una carretera que conduce a la ciudad de Zvornik, en el occidente de Bosnia Herzegovina. Antropólogos, forenses y auxiliares de investigación trabajaban febrilmente en la recuperación de los restos de cerca de 400 de las 8.000 víctimas que dejó la masacre de Srebrenica, uno de los episodios más cruentos de la guerra étnica que en los años noventa siguió a la disolución de la antigua Yugoslavia. Comparé mentalmente aquel cementerio provisional con algunas de las 1.400 fosas con más de 1.700 restos humanos que hemos encontrado en Colombia desde cuando se inició el proceso de Justicia y Paz, pero no encontré nada igual.
La de Kamenica es una de las 10 llamadas "fosas secundarias", que son aquellas a donde los ejecutores de una matanza trasladan los restos de sus víctimas luego de haberlos tenido sepultados en otros lugares, con el propósito expreso de borrar rastros de ejecuciones masivas. El estado de los restos y el hecho de que hubiesen sido mezclados, le habrían permitido pensar a un observador desprevenido que la reconstrucción completa de los esqueletos y su identificación eran poco menos que misión imposible.
En Colombia no son comunes esas fosas secundarias y la principal dificultad en cuanto al manejo de restos está relacionada con el desmembramiento que los perpetradores -especialmente los grupos de autodefensa- hacen de los restos de sus víctimas con machetes. Aun así, nuestros procesos de identificación no marchan con la celeridad deseable, lo cual retrasa también la búsqueda de la verdad histórica que reclama el país.
Pocas horas más tarde, en el centro memorial de Potocari, donde ahora reposan los despojos ya identificados, los familiares de las víctimas confirmaron lo que parecía un milagro. Hoy, 15 años después de la matanza en Srebrenica, los restos de 5.000 de los 8.000 muertos están plenamente reconocidos y sus deudos han podido hacer el duelo y recibir el amparo de una ley de víctimas que ha beneficiado por igual a los supervivientes de los bandos en conflicto.
Mi percepción de "milagro" quedó apoyada por testimonios que los miembros de una comisión colombiana, invitados a conocer el método de trabajo que desarrolla la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas (ICPM), oímos de viva voz de las víctimas en Potocari. Sus relatos recrearon lo ocurrido aquel julio negro de 1995, cuando miles de musulmanes que buscaban escapar de una sanguinaria "limpieza étnica" lograron burlar las barreras impuestas por tropas serbias y buscaron refugio en Srebrenica, confiados en la protección que les darían soldados holandeses que hacían parte de los contingentes de Cascos Azules de la ONU.
Sin embargo, los militares holandeses los entregaron a sus perseguidores, que los confinaron en una vieja y gigantesca bodega a la que luego sometieron a una lluvia de explosivos y fuego de artillería, bajo consignas de tierra arrasada. Los genocidas buscaron desde el comienzo borrar cualquier rastro de sus víctimas.
Nada al azar
¿Cómo se obró el "milagro" de la identificación que, además, resultó esencial para que el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia pudiera imponer castigos por el que es considerado el mayor asesinato masivo en Europa después de la II Guerra Mundial? A juzgar por lo que los delegados de la Fiscalía, Medicina Legal, la Dijín y el DAS vimos allí, Bosnia no está más desarrollada que Colombia en el campo de la criminalística. Las autoridades bosnias tienen un depósito de 3.500 cadáveres por identificar, mientras nosotros recibimos todavía duras críticas porque tenemos 800. La gran diferencia entre ellos y nosotros radica en la calidad del modelo aplicado para buscar la reconstrucción de una memoria histórica.
En Sarajevo conocimos unos bien administrados laboratorios de genética, que se han convertido en la práctica en un gran banco de ADN de las víctimas del conflicto. La información que allí reposa ha sido reunida a lo largo de un proceso metódico que no ha dejado nada al azar. Comisiones especializadas han visitado casa por casa a las familias de las víctimas, organizaron toda la información pre mortem que fue posible conseguir (cartas dentales, radiografías, expedientes médicos...) y tomaron muestras de ADN, cruciales para los cotejos científicos más rigurosos.
En Tuzla, la cuarta ciudad del país y la única que no estuvo gobernada por regímenes nacionalistas, fuimos testigos privilegiados del funcionamiento de un centro único de acopio de restos, muestras y otros elementos clave para la identificación de las víctimas. Desde el comienzo del proceso opera allí una infranqueable cadena de custodia de la prueba: las pruebas son rotuladas con códigos de barras y toda la información útil para el proceso es digitalizada y en ningún caso está expuesta a eventuales manipulaciones.