Montes de María vuelven a nacer

Foto: Carlos Capella / Cambio

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ALFONSO SONRÍE CON TIMIDEZ cuando Michelle Gayral, periodista de Radio Francia Internacional, le pregunta por qué lo llaman 'el Resistente'. "Creo que es porque no me he querido ir de mi tierra, aunque 30 veces mi familia y yo hayamos estado a punto de morir en medio de las balas que chiteaban nuestro bohío de barro y caña brava", responde este agricultor de la vereda La Cansona, a 30 kilómetros de Carmen de Bolívar, sobre una trocha que se abre paso en las faldas de los Montes de María.

De piel curtida y manos callosas, Alfonso cuenta que en sueños todavía revive una escena que se repetía cuando guerrilleros o paramilitares se enfrentaban en sus predios con la fuerza pública: al término del enfrentamiento él limpia el barro de las cabezas a sus hijos y entre las sombras palpa sus cuerpos para ver si alguno está herido. Una pesadilla sin fin.

La disminución de las lluvias de junio anuncia la proximidad de las cosechas de aguacate y ñame, y Alfonso y otros campesinos creen que ya sin el acoso diario de la guerra pueden soñar con dejar de ser algún día jornaleros o parceleros, y asociarse en cooperativas agrícolas. En ellas tienen cifrado su futuro y el futuro de sus familias, la posibilidad de redención en unas tierras donde por tantos años solo vivieron horror y muerte.

A 15 kilómetros de La Cansona, en la escuela rural del corregimiento sucreño de Caracolí, la profesora Hermenegilda Mena González dice que valió la pena el riesgo que asumió hace 20 años cuando decidió dejar su natal Quibdó con la esperanza de desarrollar en tierras de Bolívar un proyecto educativo.

Son las 3:00 p.m. del viernes 20 de junio. Un grupo de niños recibe una clase de Español en la única aula de la escuela. Mientras tanto, en una pequeña oficina contigua varios adolescentes se alternan frente al primer computador ya programado de unos pocos que les donaron y acaban de llegar, y más allá, bajo un cobertizo de paja, otros más reciben enseñanzas de un maestro.

En medio del ambiente de paz que ahora se respira, la profesora Mena recuerda que allí ya no queda uno solo de los maestros que empezaron con ella. Unos se fueron por miedo, otros por amenazas de los grupos armados. "Es probable que la guerrilla haya cometido aquí más asesinatos que los paramilitares, pero la atrocidad de estos nos marcó mucho más", dice, y cuenta que ahora 400 estudiantes asisten a clase en dos jornadas, que hay un programa de apoyo preescolar, que los alumnos de bachillerato también reciben clases de técnicas agropecuarias, que la comunidad le apuesta a graduar la primera promoción de telesecundaria, jóvenes campesinos que estudian los módulos por medio de materiales grabados y que solo van a la escuela cuando necesitan explicaciones adicionales o están listos para la evaluación.

Diagonal al centro educativo, una explanada que hace las veces de plaza, les recuerda una de las masacres que más marcó el alma de los habitantes de la región. Fue en 1998, cuando un grupo de hombres armados, lista en mano, llamó a 20 habitantes del caserío y los fusiló.

Una recua de mulas cargadas de caña recién cortada pasa por ahí. Leonardo, uno de los guías, dice que la mejor manera de honrar la memoria de las víctimas es trabajar. "Aquí producimos yuca y ñame, y con nuestro trabajo sembramos paz -dice el joven campesino mientras intenta controlar una bestia a punto de encabritarse-. Ahora le toca al Gobierno responder por la salud y la educación de nuestras familias".

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