Mientras el clima con Chávez mejora, las relaciones con Nicaragua y Ecuador vuelven a calentarse.
LAS RELACIONES DE COLOMBIA con sus vecinos más hostiles -Venezuela, Ecuador y Nicaragua- volvieron a alterarse. Y aunque con Caracas se percibe una notoria mejoría, con Quito se quemó en la puerta del horno un acuerdo para la plena normalización diplomática, y con Managua estalló otra crisis grave. No hay paz en las fronteras.
La mayor tormenta fue con Nicaragua, país con el que Colombia tiene un litigio pendiente ante la Corte Internacional de Justicia sobre delimitación marítima. Después de que el presidente Daniel Ortega amenazó -pero no cumplió- con romper relaciones diplomáticas hace tres meses, a raíz del ataque del Ejército colombiano al campamento de 'Raúl Reyes' en Ecuador, la situación llegó a su punto más bajo esta semana.
El origen de la discordia fue el asilo que Managua les otorgó a dos colombianas, Martha Pérez y Doris Torres, y a una mexicana, Lucía Morett, capturadas en el operativo contra 'Reyes' el 1º de marzo. Ortega envió un avión a Ecuador y solicitó permiso para sobrevolar el espacio aéreo colombiano con el falso argumento de que llevaría a cabo una acción humanitaria, cuando la verdadera misión era recoger a las jóvenes -solicitadas por autoridades judiciales ecuatorianas- para darles protección en Managua. Para el Gobierno colombiano, las tres "trabajaban en construir contactos internacionales para las Farc".
El incidente se agravó el fin de semana pasado por unas insólitas declaraciones de Ortega, que defendió a las mujeres asiladas y atacó al presidente Uribe a quien le advirtió: "Cuídese de intentar asesinar estas muchachas en Nicaragua". De inmediato, la Cancillería colombiana envió una dura nota de protesta, y posteriormente llevó el caso ante la reunión ordinaria del Consejo Permanente de la OEA, en Washington. En este escenario -donde se había discutido la crisis de marzo- el embajador colombiano Camilo Ospina denunció al Presidente de Nicaragua en un duro discurso y dijo que "no oculta sus simpatías por las Farc" y que protege terroristas y viola el derecho internacional. Su colega nicaragüense, Dennis Moncada, defendió la legitimidad de su país para conceder el derecho de asilo.
Que Colombia haya acudido nuevamente a la OEA significa que el gobierno de Uribe busca generarle a Nicaragua un costo político por la polémica protección otorgada a las tres jóvenes que se encontraban en el campamento de 'Reyes'. Y aunque en marzo el organismo se inclinó a favor de Ecuador y condenó la incursión aérea colombiana, también ha rechazado a la guerrilla. Además, la opción de un tratamiento bilateral está descartada por sustracción de materia: Managua no tiene embajador en Bogotá, sino encargado de negocios, y al diplomático de carrera que representa a Colombia en Nicaragua, Antonio González, prácticamente no lo reciben en la Cancillería. Los lazos formales están desgastados y el gobierno Uribe no aceptaría guardar silencio ante las inaceptables ofensas y provocaciones de Ortega. El diagnóstico, en consecuencia, es grave.
Correa se calienta
El clima entre Colombia y Ecuador también se deterioró en los últimos días. Bajo el ropaje de la OEA, y con la participación del Centro Carter, los dos países habían construido un cuidadoso plan para normalizar sus relaciones, interrumpidas por decisión del presidente Rafael Correa después del ataque al campamento de 'Reyes'.
El plan fue elaborado por los vicecancilleres de las dos naciones y contemplaba dos pasos: el primero, inmediato y más fácil, reabrir las sedes diplomáticas con encargados de negocios. Una figura de carácter temporal que significa restablecer lazos políticos pero de estatus secundario. El segundo paso, posterior y más complejo, consistía en desarrollar mecanismos para generar confianza entre los dos distanciados gobiernos.
El pacto estaba finiquitado e incluso se había anunciado el miércoles pasado. En medio de una reunión de cancilleres de la Comunidad Andina, los dos ministros -Fernando Araújo y María Isabel Salvador- intercambiarían las notas para formalizar el primer paso. Pero Salvador pidió que el acto se pospusiera para el lunes y en el interregno se aguó la fiesta.
La causa fue una entrevista que Correa le dio al periódico argentino Página 12, en la que reiteraba su indignación por la incursión del Ejército colombiano en su país. Araújo respondió que postergaría la reapertura de relaciones, y su colega Salvador fue más lejos al afirmar que no se normalizarían los vínculos y que su país, incluso, podría llegar a aplicar restricciones al comercio proveniente de Colombia. La situación, en síntesis, retrocedió al punto cero de la crisis: la ruptura. Pronóstico: reservado.
Tanto Correa como los voceros colombianos incumplieron el primer principio que propusieron la OEA y el Centro Carter: no hacer declaraciones ofensivas y altisonantes, y encauzar las molestias y reclamos por los canales formales. Pero la 'diplomacia del micrófono' volvió y arrasó con los pocos avances, lo que demuestra que los daños estructurales son de vieja data y que las heridas abiertas están lejos de cicatrizar.
Las nuevas tensiones con Nicaragua y Ecuador les ponen fin a los buenos vientos que soplaron a raíz de giros recientes de Chávez y Correa frente a las Farc, cuando condenaron la lucha armada y pidieron liberar a los secuestrados.
Uribe y Chávez, sin embargo, se reunirán entre el 10 y el 20 de julio y pondrán a marchar las comisiones encargadas de los temas más sensibles, desactivadas desde hace meses por las disputas entre Bogotá y Caracas. El pronóstico es de prudente esperanza.
El panorama diplomático de Colombia sigue nublado. Los presidentes de Ecuador y Nicaragua, ambos con graves problemas internos y con visiones políticas totalmente opuestas a las de Uribe, no han mostrado intenciones reales de superar la crisis. No hay muchos motivos para el optimismo.