Vea algunos escritos de los 5.000 que serán expuestos.
Vea algunas de las cartas en recursos relacionados.
HACE UN AÑO, con apoyo del Instituto Pensar de la Universidad Javeriana y la Alcaldía de Bogotá, la Biblioteca Luis Ángel Arango abrió una convocatoria para que quienes quisieran contar sus experiencias dolorosas, traumáticas o adversas escribieran una carta. "Cuéntele a la persona que usted prefiera de dónde saca fuerza para seguir viviendo a pesar de los actos violentos o de las situaciones adversas", decía la invitación.
El proyecto fue bautizado Cartas de la persistencia y, este jueves 24, con motivo de la Feria del Libro, la biblioteca exhibirá 5.384 misivas recibidas, entre las cuales hay también viejas cartas que estuvieron guardadas y nunca se enviaron. La mayoría tiene que ver con el conflicto armado interno pero, como afirma Natalia Sánchez, licenciada en Literatura y miembro del equipo que clasificó las cartas, los remitentes también hablan de fe, de gratitud y esperanza. "Descubrimos que a veces basta con hacer la pregunta correcta para despertar el deseo que existe en miles de seres humanos de contar su historia", dice Sánchez.
David Zuluaga, de 14 años, escribió: "Empezaba la mañana del día 24 de octubre del 2000. Vivía en una casa grande, había vacas, terneros, una finca grande y buen potrero para echar los animales. Vivíamos felices y jamás nos imaginábamos que alguna tragedia fuera a suceder. Aquel día mis hermanos Conrado y Wílmar Zuluaga murieron. A las 8:00 a.m. fueron asesinados cada uno de 18 puñaladas alrededor de su cuerpo. El entierro fue doloroso y no quisimos volver a la finca. Todo quedó abandonado: los animales, la casa, los cultivos; todo por la maldita violencia". Han pasado siete años desde entonces, y cuenta que se enfrenta a "las humillaciones de muchos que se creen mejores que yo sólo porque tengo que rebuscarme la forma honrada de ayudar a mi familia sin tener que recurrir a robar".
Una remitente anónima de Casanare refleja las devastadoras consecuencias del conflicto: "Un día a las 5:00 de la mañana explotó un cilindro bomba que dejó destruidas 3 casas y por lo tanto más miedo. Nuestro municipio se convirtió en un pueblo fantasma (...)". Algunos, incluso, hablan del perdón: "Querida hermanita. En nuestro municipio emos aprendido a vivir bajo las hamenasas de los grupos harmados. Todos los hostáculos que emos vivido gracias a Dios y a su ayuda hemos podido perdonar", escribe una niña de Mapiripán, Meta.
Una carta, tal vez la más corta, se la dirige un niño al Presidente: "Cuando me coloco triste juego". Otra tiene como destinataria a la oscuridad: "Respetada oscuridad, la carta que me atrevo a escribirle es para pedirle el favor que por la noche no me asuste más, ya que cuando apago la luz de mi cuarto siento mucho miedo. Por eso le pido, señora oscuridad que no me asuste y sea un poco más clarita cuando duermo y podamos ser amigos".
Las cartas sorprendieron a los profesionales que las leyeron y clasificaron porque la mayoría prefirió escribirles a los muertos. "Les escriben como si estuvieran vivos -dice la historiadora María Ospina-. Es una manera de hacer memoria histórica del conflicto colombiano".
Carlos Eduardo Pinzón le escribe a su padre muerto: "En ocasiones he pensado que tu partida nunca la podré superar (...) pero últimamente valoro aún más mi vida (...) trato de estar tranquilo, no feliz, sino tranquilo (...) todas las mañanas le pido a Dios que me dé la fortaleza y sabiduría para continuar con mamá adelante".
Un padre escribe desde Caquetá y evoca la memoria de su hijo: "Te acuerdas de aquella tarde, cuando preguntaste por qué estábamos tan aprisa cogiendo las cosas, porque esa tarde nos enteramos que venían los señores de la montaña reclutando a la fuerza a los niños como tú, que por tu estatura y contextura corporal servían para cargar un fusil y por eso abandonamos todo lo que teníamos (...) Hoy tengo una nostalgia inmensa que hace inundar mis ojos de un amargo y extenso llanto que reboza las pocas fuerzas de mi alma, que se pregunta el porqué de tu ausencia, el porqué de tu muerte temprana a causa de este desplazamiento causado por esta maldita guerra".
Las más de 5.000 cartas constituyen un testimonio de la persistencia del desplazamiento, del reclutamiento infantil, de la violencia doméstica, del maltrato, del abandono... "Aún recuerdo el día que te fuiste, parece como si fuera ayer; en ocasiones te odio porque mi dolor es tan profundo que preferiría mil veces olvidarte, pero no puedo. No me preguntes cómo está mamá porque tú sabes la respuesta (...) puedo observar cómo tu recuerdo la destruye, destroza su alma", escribe a su padre un niño de Bogotá.
Y otro que vive en una casa de adopción le cuenta, tal vez, a su madre: "Nora, Home: yo David aprendí a sacar mi vida adelante. Le tenía miedo a la oscuridad y a otras cosas, pero ahora soy un hombre valiente. Gracias". Y uno más relata: "A mí me separaron de mi familia y logré estar bien en una fundación intentando olvidar el pasado y portándome bien para que las personas me tuvieran confianza y cariño y pudiera buscar una familia y muchos amigos más".
No faltan cartas de madres abandonadas, como la de intenta que el vínculo del padre con el hijo no se rompa: "Querido Alexánder Ruiz G: Te escribo esta carta para recordarte que no te hemos olvidado. Siete años sin ti han sido llenos de recuerdos (...) quiero que sepas que tu hijo está muy grande y es idéntico a ti (...) Pero no es malgeniado como sí eras tú".
Finalmente, algunas, muy pocas, se refieren al narcotráfico, como la de Ramón Eduardo Toro: "Mi delito es el narcotráfico y concierto para delinquir. He logrado leerme 18 libros los cuales me alejan un rato de este lugar (...) Esta de pronto no se podría llamar experiencia, más bien una pesadilla de la cual espero despertar algún día".
Son 5.384 cartas, 5.384 historias de las violencias que sufren los colombianos. Una muestra significativa de un país al que le falta mucho camino por recorrer para ser una verdadera democracia.