Las nuevas violencias de Medellín

La Policía aumentó vigilancia en barrios de Medellín para combatir a ilegales. Foto: Javier Agudelo / Cambio

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LA CARA DE PREOCUPACIÓN del alcalde de Medellín, Alonso Salazar, en el consejo de seguridad de la semana pasada tenía razones de fondo:  hay un déficit de 5.000 policías para enfrentar la guerra entre desmovilizados, paramilitares, narcotraficantes y guerrillas que, como hace cinco años, quieren hacerse al monopolio de las bandas de delincuentes, oficinas de cobro y el negocio del narcotráfico.

Al final de su mandato, en diciembre de 2007, Sergio Fajardo dijo que la ciudad había superado las etapas más críticas de violencia y que había pasado "del miedo a la esperanza". En cierta forma eso era cierto pues Medellín ya no era el "coco" para los extranjeros, había experimentado un proceso de renovación urbana y se había convertido en importante destino turístico y de inversiones, y en centro de actividades culturales.

Pero el sucesor de Fajardo, el hombre con quien había trabajado a brazo partido para hacer que Medellín dejara de ser una de las ciudades con más altos índices de violencia,  pronto empezó a darse cuenta de que en el bajo mundo estaba cocinándose una nueva guerra. Y aunque no se registran las alarmantes cifras de homicidios de hace una década -en un mes se contabilizaban hasta 400 muertos- ya se han dado las primeras batallas: entre enero y marzo se han registrado 170 muertes violentas, 20 más que en el mismo período del año pasado.

Según un informe de la Unidad de Derechos Humanos de la Personería, se están dando prácticas de guerra mafiosa: amenazas de hombres armados que entran a las casas y se llevan personas, ajustes de cuentas, sicariato, desapariciones forzadas, muertes por asfixia mecánica, torturas...

Diego Sierra, coordinador del Observatorio de Derechos Humanos del Instituto Popular de Capacitación, sostiene que la ciudad está viviendo una nueva fase del conflicto urbano, comparable a la de 2002 cuando la guerra entre paramilitares y milicias parecía incontrolable. "Ha cambiado de dinámica y al parecer los modus operandi -afirma Sierra-. Están combinando la asfixia mecánica, la desaparición, los desplazamientos intraurbanos".

En la Alcaldía, sin embargo, no comparten esta visión y se dice que lo que se vive es una manifestación de expresiones criminales, algunas relacionadas con el narcotráfico y otras con la presencia de guerrilla en algunos barrios.

Para la Policía Metropolitana los protagonistas de la nueva ola de violencia son Los Paisas -el nuevo nombre de la Oficina de Envigado que durante años manejó Diego Murillo, 'Don Berna', hoy preso en La Picota- bajo el mando de Carlos Mario Aguilar, 'Rogelio', cercano al antiguo jefe; y Daniel Rendón, 'Don Mario' -hermano de Fredy Rendón, 'El Alemán', preso en Itagüí-. Ellos trasladaron a las calles la guerra por el control del negocio del narcotráfico.

Los dos grupos están reclutando jóvenes y desmovilizados en los barrios. "Hay 4.000 reinsertados que tienen la tentación de volver a delinquir y de ellos el 10 por ciento ya optó por la ilegalidad y está en las bandas", le explicó a CAMBIO Jesús Ramírez, secretario de Gobierno. Pero la situación se ha complicado más porque el grupo de 'Don Mario' hizo alianza con las bandas de Los Triana y Calatrava, brazos armados de las oficinas de 'Don Berna', mientras que Los Paisas están fortaleciéndose con grupos como Renacer de Chocó y las Águilas negras. "Es una secuela de la disputa que viven en Urabá, Tierralta, Chocó y otras poblaciones de la Costa -sostiene Ramírez-. Pero las autoridades están alerta para evitar que se desborde".

Arde el rancho

El ambiente empezó a enrarecerse en octubre del año pasado, cuando el cartel del norte del Valle, al mando de Wílber Varela, se metió en Medellín para disputarle a 'Don Berna' el control de las oficinas de cobro, disputa que ganó 'Berna' y que costó la vida a 20 personas.

Cinco meses después, la situación no ha mejorado debido a la llegada de 'Don Mario' de Urabá. CAMBIO recorrió algunos barrios y habló con varias personas que confesaron estar temerosas por la presencia de gente extraña, porque algunos desmovilizados estaban armándose y  porque hay desapariciones.

Flor María, una chocoana que vive en el barrio Ocho de Marzo, al oriente de la ciudad, contó que el pasado 27 de enero llegaron a su casa hombres armados con fusiles y se llevaron a su sobrino y a otros dos jóvenes. "Llegaron a las ocho de la noche y se fueron a las cinco de la mañana, nos golpearon, nos tuvieron como rehenes y luego se fueron con los muchachos y nos dijeron que nos quedáramos callados si no queríamos pasar por la misma situación, porque se los llevaban por guerrilleros -cuenta-. Pusimos el denuncio en la Fiscalía pero todavía no sabemos nada. Dios quiera que estén vivos".

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