Marzo 20 de 2008

Alemana secuestrada por el Eln en 2003 dice que no odia a Colombia

Entrevista con la primera ciudadana germana conminada por un tribunal a pagar completamente los gastos "públicos" en que incurrió el Estado alemán durante el proceso de su liberación.

Por Patricia Salazar Figueroa
Para Cambio desde Berlín

Una neuralgia permanente en la espalda que la restringe para trabajar tiempo completo, una pieza dental menos en su espléndida dentadura de niñez bien alimentada, ataques de pánico intermitentes, miedo a la oscuridad, al hambre, a la soledad y una factura de 13 mil euros del Estado alemán son las secuelas con las que carga la alemana Reinhilt Weigel, desde que un desliz aventurero por conocer la Sierra Nevada de Santa Marta, la condujo a 74 días de secuestro a manos de el ELN en septiembre de 2003.

Ya han pasado cuatro años y medio desde que fue liberada por "gestiones secretas" del gobierno alemán. Sin embargo, es evidente que el calvario de Reihilt Weigel todavía no termina.

Esta alemana de 35 años, en el 2003 se internó con un grupo de siete turistas mochileros de diferentes países en la Sierra Nevada de Santa Marta, y fue escándalo en Colombia y en su país por haber posado el día de su liberación sonriente junto a sus captores y portando una metralleta del grupo insurgente. 

Weigel ha vuelto a los titulares de prensa por haberse convertido, el pasado jueves, en la primera ciudadana germana conminada por un tribunal a pagar completamente los gastos "públicos" en que incurrió el Estado alemán durante el proceso de su liberación.

La suma de la factura es la más alta que se le ha impuesto a un alemán socorrido por su país en el extranjero.  De acuerdo con el fallo, en segunda instancia,  del Tribunal Superior Administrativo de Berlín, Weigel, deberá devolver al fisco los 13 mil euros, cerca de 12 mil dólares,  que la Embajada en Bogotá pagó en Colombia por concepto del alquiler del helicóptero que la trasladó a ella y al español, Asier Huegun Etxeberría, desde una zona rural de Valledupar hacia Bogotá  el mismo día de su liberación, el  23 de noviembre de 2003.

"Estoy vencida", "No tengo recursos para pagar esa deuda más los cuatro mil euros de costas del proceso. Y no sólo es eso, yo tenía fe en que el Tribunal fallaría a mi favor y que así terminaría por fin una racha amarga de traumas y recuerdos que, sin derecho, cambiaron mi vida para peor" le dijo Reinhilt Weigel a Cambio en Berlín, un día después de conocer el fallo, en su primera conversación con la prensa colombiana en la cual accedió a contar todo sobre sus 74 días se secuestro.

La prensa alemana e internacional se ha vuelto a interesar por usted con mucha fuerza y registra que el Tribunal y el Ministerio de Exteriores le están pasando cuenta de cobro, sobre todo a su actitud irresponsable de internarse por su cuenta y riesgo en una zona conflictiva de Colombia. 

Eso no es cierto. La palabra irresponsable no apareció nunca en el proceso. Aquí de lo que se trata es de la aplicación de un parágrafo de la ley consular que obliga y posibilita al Estado alemán a socorrer a sus ciudadanos en situaciones de riesgo en el extranjero. Al ocuparse de mi caso, el Tribunal también pretende  sentar un precedente jurídico hacia el futuro. Antes el Ministerio de Exteriores sólo exigía a los auxiliados devolver una parte "simbólica" de los gastos en que había incurrido, con esta sentencia la aplicación de la norma cambia y se exige la devolución de importe completo. Y eso es lo que duele, me siento tratada de forma diferente a como se trataron casos anteriores, como el del ex ministro de Exteriores, Jürgen Chrobog, quien fue secuestrado con su familia en el 2005 en Yemen y al que sólo se le exigió el pago de 2800 euros.  En cambio a mi me la están aplicando toda, para aleccionar también a posibles nuevas víctimas. Es muy amargo.

Precisamente parecería que allí entra a jugar un papel el factor subjetivo por parte del Ministerio de Exteriores, la parte demandante del pago. El ex Viceministro Chrobog y otros secuestrados alemanes fueron recibidos con júbilo y como víctimas  en Alemania, mientras que a usted la recibieron con críticas y silbidos por la polémica foto de despedida de sus captores, altiva, sonriente y con un arma en la mano. ¿Es consciente de las consecuencias de esa foto?

Sinceramente desconozco si jurídicamente la foto entró en consideración. En todo caso no tenía ni tiene por qué jugar un papel. Cuando llegué a Alemania en noviembre del 2003 por supuesto que sentí la marea que la foto había desatado, pero en las circunstancias vertiginosas de mi secuestro y liberación para mi tenía otro significado y me era imposible ocuparme de lo que pensaba la gente, la tarea primordial era ocuparme de mi misma, de lo que había pasado conmigo, eso es algo que solamente lo puede entender alguien que haya vivido un secuestro.

¿Cómo,  por qué y para qué ocurrió esa foto?

Esa arma que se ve en la foto es la que tuve apuntándome en la cabeza varias semanas. Y fue una victoria sicológica para mí lograr tenerla en mis manos y la traje en la foto para mostrármela a mi misma y a mi familia. No es solamente la liberación física la que debe ocurrir, se trata también de la liberación síquica de la sensación de amenaza permanente que se mete en la cabeza cuando  uno tiene un arma de fuego cerca de la sien.

El 23 de noviembre de 2003, como casi todas las jornadas de los 74 días de secuestro los guerrilleros nos ponían a marchar por la selva. Pero esa mañana nos salió al paso un hombre joven vestido de civil. Era el periodista William Parra, la primera persona "normal" a la que yo veía desde que nos habían secuestrado. Al verlo entendí que sí era cierto que nos iban a liberar, porque muchas veces nos anunciaron que nos dejarían libres y luego no pasaba nada, ese día si sentí la libertad y lo saludé con una gran sonrisa. El se presentó y dijo que era fotógrafo de Reuters. Al tiempo mis captores, confirmaron que allí terminaba el cautiverio. 

Parra comenzó a hacer algunas fotos y yo pedí el arma y pedí a "Rafa" y "Efraín", dos de los guerrilleros que nos vigilaban,  que posaran conmigo en la foto de despedida. Yo sonreí instintivamente ante la libertad. Acababa de nacer nuevamente y eso lo dijo mi papá, antes de hablar conmigo, en una entrevista con El Tiempo cuando se desató el escándalo por la publicación de la imagen. El entendió. ¿Quién  más podía hacerlo mejor?

¿Por qué no denunció en su momento más explícitamente al Eln por la tortura que describe?

El conflicto en Colombia es una guerra ajena. Yo entré en ella sin haberlo pedido, sin haberlo sospechado. Durante y después de la experiencia, claro que salí de allí sintiendo que el Eln sus métodos y organización no son la solución para lo que les aqueja allá, pero nunca he negado que llegué a sentir compasión y simpatía por los "peones" de la guerrilla, los hombres y mujeres a quienes les asignaron custodiarnos. Sentí pena por ellos y su miseria, lo que vi y escuché no da para menos.

¿Qué vio? 

Vi un adolescente menor de quince anos morir a mi lado por culpa de un resfriado, falta de medicinas para atenderlo y su desnutrición. La mayoría de mis captores eran menores de edad, el único adulto tenía 26 anos, es decir cuatro años menor que yo en ese momento. Al principio pensé que era un secuestro extorsivo y les grité y vociferé que si era por plata mejor me mataran porque no tenía recursos para pagarles. Los jóvenes se daban valor con sus armas y me decían firmes, pero con voz nerviosa "tranquila mona, pórtese bien y no le pasa nada". Tenían el arma apuntándome todo el tiempo, pese a eso yo seguía rebelándome. 

Varias semanas después del secuestro la situación mía de rebeldía y la del grupo les iba quedando grande y me pareció que tenían que tomar la decisión de qué hacer con nosotros, entonces apareció un mando medio del Eln, un tal subcomandante Carlos, el me explicó que no era un secuestro por dinero sino político y que nosotros éramos la esperanza para que una comisión internacional verificara las condiciones de miseria y abandono en la región.

Esa declaración me calmó un poco. Me apartaron del grupo por razones que desconozco y me pusieron a dormir en el piso de tierra de un cambuche, por varias semanas. Pensé para mis adentros, "Si todo este mal sueno es para algo bueno, entonces tal vez tenga sentido". Desde ese momento, decidí acoplarme a las condiciones como  una estrategia de supervivencia, más que todo emocional y psicológica.  Les prometí que no me iba a fugar, para que me dejaran moverme un poco libremente, me fui ganando un poquito la confianza y entonces me llevaban con ellos a recoger agua y me di cuenta que ellos tenían tanta o más hambre que yo.

Durante 74 días solamente comimos plátano, panela y arroz. El nivel de confianza se afianzó al punto que ya compartíamos el dolor de estómago por el hambre, ellos mis guardianes me confesaban su hambre y desesperanza...

Para entonces, para mí, ya el Eln era una organización casi abstracta de personas como ese subcomandante "Carlos" que muy seguramente la estaban pasando mejor que nosotros, los captores y cautivos. Es decir, de la lucha armada en Colombia, sólo conocí el hambre de sus combatientes, la enfermedad, la falta de oportunidades de vida, la muerte y la desesperanza.

¿La invitaron a vincularse a la guerrilla?

Si. Cuando ya alcanzamos un cierto nivel de diálogo, me dijeron que me quedara con ellos. Y les dije lo mismo que sigo pensando ahora, "yo no tengo nada que hacer aquí, en esta situación". Mi secuestro fue una trampa del destino que ni siquiera creo que haya tenido algún sentido, ni para ellos y mucho menos para mí.

¿Odia a Colombia?

Uno no puede odiar a todo un país. O ¿usted qué piensa? Detesté y sigo detestando situaciones concretas que me dejó el secuestro. Por haber dormido en el suelo selvático casi un mes tengo una dolencia en la espalda que los médicos dicen que es psicosomática, pero que por más que me esfuerzo no cesa y me impide trabajar tiempo completo como fisioterapeuta. 

Por comer panela todo el tiempo, se me "pudrió" un molar inferior. Cuando llegué a Alemania estaba tan infectado que me lo tuvieron que sustraer, algo que no se practica en Alemania desde hace décadas. 

Como deportista ya no rindo lo que rendía antes del secuestro. Ahora no puedo ir más allá de mis límites, cuando un reto se vuelve muy pesado entonces me doy por vencida. 

No soporto la oscuridad, a veces me siento rara sin razón alguna y a dónde quiera que vaya, tengo que asegurarme buenas cantidades de comida, porque entro en pánico sólo al pensar que voy a tener que pasar hambre. 

Y ahora voy a tener que trabajar no para mi sino para pagarle al Estado alemán y a mi abogado cerca de 20 mil euros, para lo cual posiblemente estaré endeudada los próximos quince años. Aquí estoy, soy  Reinhilt Weigel, la alemana de la foto.

Una impertinencia obligatoria. ¿Le ha sucedido algo positivo?

Hace bien saber que uno ha nacido y vive en un país y en una región donde no hay guerra. Donde es relativamente fácil conseguir comida y oportunidades para todos. Cuando estaba secuestrada me juré que si salía de allí me iría a vivir en la región alpinista de Chamonix-Mont Blanc, en Francia y lo hice. Allí vivo y trabajo desde hace tres años. Haber conseguido trabajo allá es una suerte. Lo poco que he tenido lo he invertido en mantener mi pasión por el alpinismo, las alturas y la nieve. Y allí voy a regresar. Y no. definitivamente, no odio a Colombia. Si lo hiciera sería imposible compartir buenos momentos de charla y amistad con una colombiana, ni rica ni pobre que también se gana la vida por allá y que frecuentemente, me dice que no tiene idea,  de lo que hablo sobre la miseria de alguna gente en su país. Tragicómico todo. ¿No le parece?

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