ENTRE LOS elementos que Mao Zedong convirtió en columna vertebral de su guerra revolucionaria estaban la fina aplicación de dos principios: el poder nace del fusil y la guerrilla debe moverse entre la población como pez en el agua para poder triunfar.
Las Farc los aplicaron de manera eficiente hasta principios de los años 80, y por eso dedicaron esfuerzos tanto a lo bélico como a la formación ideológica de sus militantes y a la difusión de sus ideas políticas. Pero la amalgama entre la ideología y la pólvora fue luego dominada por la segunda. El crecimiento militar se impuso y la meta, fue hacer realidad la nueva sigla adicionada a las Farc: EP, Ejército del Pueblo.
Reclutar y formar militarmente fue la obsesión para lograr una meta: 50.000 hombres. A medida que fueron creciendo fueron haciendo los ajustes tácticos para saltar de la guerra de guerrillas a la de posiciones, objetivo que comenzó a esbozarse con las operaciones contra poblaciones y unidades militares importantes, en la que utilizaron no solo un nuevo arsenal, cuyo centro eran los cilindros-bomba, sino gran cantidad de combatientes.
En la zona de distensión acordada con el Gobierno Pastrana, las Farc rompieron de manera definitiva el equilibrio político-militar que aplicaban en su ejercicio de dominio territorial y formación de cuadros. En ese periodo reclutaron, armaron y formaron para la guerra.
Resultaba mas fácil y expedito llegar a un pueblo y poner un fusil sobre la mesa para que sus habitantes acataran las órdenes, que el arduo, constante y áspero camino que implicaba la formación política de los campesinos.
La práctica revolucionaria de ganarse las mentes y los corazones del pueblo dio pasó al pragmatismo de la obediencia por la fuerza. Las Farc crecieron en hombres y en poder de dominación, pero los lazos de fidelidad y apoyo que crea la identidad ideológica se fueron haciendo polvo. Las cosas funcionaron relativamente bien hasta que el Plan Colombia, hoy Consolidación, pasó de ser una ofensiva militar temporal a una lucha masiva y permanente en la que se aplican nuevas estrategias y tecnologías de punta.
En esta fase del conflicto empezó a evidenciarse que si bien la guerrilla tenía recursos, armas y hombres, estos carecían de la formación política para correr riesgos y hacer sacrificios por razones ideológicas. Su fidelidad al socialismo y a sus pretendidos conductores resultó ser apenas y mascarón de proa. La tensión de la guerra y los sacrificios que impone, empezaron a hacer evidente esta falencia que tomó forma en deserciones, traiciones, infiltración, abuso de la fuerza y enriquecimiento personal con los recursos de la organización.
Este fenómeno es el hilo conductor que explica y une al menos tres de los últimos golpes recibidos por las Farc: la muerte de El Negro Acacio, gracias a un guerrillero que se puso al servicio del Ejército y facilitó una operación militar con sofisticada tecnología. La muerte de Raúl Reyes, en la que fue clave un guerrillero de su confianza que facilitó a las autoridades el número de su teléfono satelital, y por tanto su ubicación para lanzarle una bomba a su cambuche. Y, finalmente, el asesinato de Iván Ríos a manos de su jefe de seguridad, para cobrar una recompensa.
Hoy, seguramente todos los cuadros superiores de las Farc estarán durmiendo con un ojo abierto, habrá cacería de brujas y nuevas medidas de seguridad. Pero la verdadera cura de este nuevo mal en las entrañas de las Farc tomará mucho tiempo y las obligará no solo a reducir sus fuerzas a los más leales, sino a hacer un replanteamiento total de su estrategia.
POR CARLOS EDUARDO JARAMILLO,
polítologo y ex asesor de Paz.
Se trata de Luis Alfredo Moreno, cirujano especialista en ortopedia y traumatología.