Marzo 12 de 2008

Cuadros superiores de las Farc duermen con un ojo abierto

Por Carlos Eduardo Jaramillo.

ENTRE LOS elementos que Mao Zedong convirtió en columna vertebral de su guerra revolucionaria estaban la fina aplicación de dos principios: el poder nace del fusil y la guerrilla debe moverse entre la población como pez en el agua para poder triunfar. 

Las Farc los aplicaron de manera eficiente hasta principios de los años 80,  y por eso dedicaron esfuerzos tanto a lo bélico como a la formación ideológica de sus militantes y a la difusión de sus ideas políticas. Pero la amalgama entre la ideología y la pólvora fue luego dominada por la segunda. El crecimiento militar se impuso y la meta, fue hacer realidad la nueva sigla adicionada a las Farc: EP, Ejército del Pueblo. 

Reclutar y formar militarmente fue la obsesión para lograr una meta: 50.000 hombres. A medida que fueron creciendo fueron haciendo los ajustes tácticos para saltar de la guerra de guerrillas a la de posiciones, objetivo que comenzó a esbozarse con las operaciones contra poblaciones y unidades militares importantes, en la que utilizaron no solo un nuevo arsenal, cuyo centro eran los cilindros-bomba, sino gran cantidad de combatientes.

En la zona de distensión acordada con el Gobierno  Pastrana, las Farc rompieron de manera definitiva el equilibrio político-militar que aplicaban en su ejercicio de dominio territorial y formación de cuadros. En ese periodo reclutaron, armaron y formaron  para la guerra.

Resultaba mas fácil y expedito llegar a un pueblo y poner un fusil sobre la mesa para que sus habitantes acataran las órdenes, que el arduo, constante y áspero camino que implicaba la formación política de los campesinos.

La práctica revolucionaria de ganarse las mentes y los corazones del pueblo dio pasó al pragmatismo de la obediencia por la fuerza. Las Farc crecieron en hombres y en poder de dominación, pero los lazos de fidelidad y apoyo que crea la identidad ideológica se fueron haciendo polvo. Las cosas funcionaron relativamente bien hasta que el Plan Colombia, hoy Consolidación, pasó de ser una ofensiva militar temporal a una lucha masiva y permanente en la que se aplican nuevas estrategias y tecnologías de punta.

En esta fase del conflicto empezó a evidenciarse que si bien la guerrilla tenía recursos, armas y hombres, estos carecían de la formación política para correr riesgos y hacer sacrificios por razones ideológicas. Su fidelidad al socialismo y a sus pretendidos conductores resultó ser apenas y mascarón de proa. La tensión de la guerra y los sacrificios que impone, empezaron a hacer evidente esta falencia que tomó forma en deserciones, traiciones, infiltración, abuso de la fuerza y enriquecimiento personal con los recursos de la organización.

Este fenómeno es el hilo conductor que explica y une al menos tres de los últimos golpes recibidos por las Farc: la muerte de El Negro Acacio, gracias a un guerrillero que se puso al servicio del Ejército y facilitó una operación militar con sofisticada tecnología. La muerte de Raúl Reyes, en la que fue clave un guerrillero de su confianza que facilitó a las autoridades el número de su teléfono satelital, y por tanto su ubicación para lanzarle una bomba a su cambuche. Y, finalmente, el asesinato de Iván Ríos a manos de su jefe de seguridad, para cobrar una recompensa.

Hoy, seguramente todos los cuadros superiores de las Farc estarán durmiendo con un ojo abierto, habrá cacería de brujas y nuevas medidas de seguridad. Pero la verdadera cura de este nuevo mal en las entrañas de las Farc tomará mucho tiempo y las obligará no solo a reducir sus fuerzas a los más leales, sino a hacer un replanteamiento total de su estrategia.

POR CARLOS EDUARDO JARAMILLO,
polítologo y ex asesor de Paz.

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