Después de Santo Domingo: ¿Qué sigue?

Millones de latinoamericanos seguimos por televisión la cumbre de Presidentes de Santo Domingo y quedamos a la vez atónitos y alegres con el resultado final: no habrá guerra. La diplomacia se impuso.

¿Por qué pasó lo que paso? Mi teoría: en la era de la globalización, el libre comercio, las multinacionales, el mundo ancho y ajeno en el que las fronteras nacionales se van borrando, en ese mundo el poder de los presidentes es menor. No vivimos ya en la Guerra Fría donde la política dominaba la vida de las naciones. Hoy el crecimiento de los países depende más de los mercados externos que del interno.

Las sociedades y los ciudadanos se han desideologizado. Todos estamos conectados por la Internet. Los viajes se popularizaron. Muchas personas estudia o trabajan en un país distinto del que nacieron. Las familias están hoy dispersas por el mundo.

En ese mundo, las pasiones y la ideología de los presidentes ya no cuentan tanto. Su poder es relativo frente a esa realidad. De ellos se espera que den garantías, no que pongan obstáculos. La gente pide y quiere libertad para trabajar, para hacer negocios donde quiera, para visitar otras culturas. Las guerras son vistas como una forma primitiva de la política.

Los presidentes reunidos en la cumbre de Santo Domingo fueron capaces de interpretar esa realidad. Cada uno llegó presionado por la opinión pública de sus países que clamaba por un arreglo amistoso. Y el hecho de que fuera una sesión abierta a la prensa ayudó: ellos no le estaban hablando al auditorio allí reunido sino a los ciudadanos de la región. Los Presidentes entendieron además, que más allá de ellos no había otra instancia porque son los jefes. Por eso se dijeron todas las verdades y luego se agacharon para facilitar una salida pacífica.

La Cumbre contó también con el buen olfato del Presidente de República Dominicana que supo proponer en el momento exacto los apretones de manos.

Todos ganaron. Uribe porque le cayó encima a uno de los jefes de las FARC que se refugiaba en Ecuador, lo perdonaron y dejó al descubierto que ese país y Venezuela son permisivos con el grupo terrorista. Correa porque defendió el principio de la no violación del territorio de otro país y toda Latinoamérica lo respaldó. Chávez porque desde el comienzo fue el más conciliador y como era el líder de la revuelta contra Colombia, desactivó rápidamente a Nicaragua y Ecuador. Y Ortega, porque inteligentemente salió a pescar en río revuelto y obtuvo una victoria diplomática frente a Colombia para que el Grupo de Río defina la ubicación de los barcos militares nuestros en el mar Caribe, mientras la Corte de la Haya se pronuncia sobre las fronteras marítimas entre ambos países.

La diplomacia Latinoamerica se impuso sobre la insensatez. Comprobamos que ya no vivimos en la Guerra Fría y que las diferencias entre país, que las hay y bien marcadas, no tienen que terminar en guerra.

Pero hay aquí un nuevo reto para Colombia: está sobre el tapete la propuesta de Chávez y Ortega de crear un grupo de países que ayude a la paz de Colombia. Algo similar al Grupo de Contadora cuando Venezuela, Panamá y México negociaron la paz en Centroamérica. ¿Está el Gobierno del Presidente Uribe preparado para este enorme desafío internacional? ¿Están preparados para esto nuestro Canciller, nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores y nuestros embajadores en la región? Quizás no. La política exterior nunca ha sido una prioridad para Uribe.

Si la hay, no se ve una estrategia en lo internacional que vaya más allá del discurso de la seguridad democrática y el liderazgo del Presidente Uribe. En esto hay que hacer algo similar a lo que se hizo con San Andrés: formar un equipo, definir unos objetivos, conseguir aliados. De lo contrario, la iniciativa será de otros que, como ya lo comprobamos, tienen una agenda distinta a la nuestra.

Por Ricardo Santamaría
Exclusivo para Cambio.com