Febrero 27 de 2008

Regreso a casa

Con la liberación de los cuatro ex congresistas, la discusión sobre el intercambio humanitario entra en su etapa más crítica.

DE LOS CUATRO LIBERADOS este miércoles, el ex congresista Jorge Gechem Turbay era el que más mostraba signos de fatiga y desgaste físico. Los siete preinfartos que sufrió en la selva, más una úlcera que le sangraba con frecuencia y una lesión lumbar minaron su estado a tal punto que parecía otro, muy distinto al activo congresista que era cuando el 20 de febrero de 2002 fue secuestrado cuando se dirigía, a bordo de un avión de Neiva a Bogotá. Los guerrilleros obligaron a aterrizar la aeronave en una carretera de Huila y su secuestro fue la gota que derramó la copa del presidente Andrés Pastrana que decidió romper las negociaciones con las Farc en el Caguán.

Más de seis años de cautiverio también hicieron mella en la ex congresista Gloria Polanco. Secuestrada en Neiva en una operación de la columna móvil Teófilo Forero el 26 de julio de 2001, se la llevaron con sus dos hijos menores de edad porque no encontraron a su esposo Jaime Losada, ex gobernador del Huila y senador del Partido Conservador.  El momento más duro para ella fue cuando la separaron de sus hijos, liberados después de tres años de dura negociación en la que el padre se comprometió a pagar por cuotas una cuantiosa suma de dinero. Entonces no se imaginó que la vida le depararía un golpe más: el asesinato de Jaime el 3 de diciembre de 2005 en una emboscada de las Farc.  El reencuentro con sus hijos en el aeropuerto de Maiquetía en Caracas fue especialmente emotivo.

Orlando Beltrán y Luis Eladio Pérez, que también llevaban más de seis años en poder de las Farc, no pudieron ocultar su emoción al sentirse de nuevo en libertad. Beltrán, que sufre de hipertensión, en varias oportunidades vio en riesgo su vida por falta de medicinas, mientras que Pérez, ex senador de Nariño, enfrentó en los últimos meses graves problemas diabéticos y una depresión tan profunda, que la última prueba de supervivencia, una foto en la que se veía cabizbajo y con las manos en los bolsillos, parecía como si no quisiera continuar en su lucha. 

El operativo final para recibir a los cuatro secuestrados comenzó este miércoles a las 7:03 a.m., cuando dos helicópteros venezolanos, tipo MI-17, con emblemas de la Cruz Roja, salieron desde el aeropuerto de Santo Domingo, Táchira, rumbo al terminal Jorge González de San José del Guaviare, donde se abastecieron de combustible para partir con rumbo desconocido a recoger a los recién liberados. Unas horas después, a las 12:02 p.m., Barbara Hintermann, delegada de la Cruz Roja Internacional, anunció en Bogotá que los cuatro liberados estaban en su poder y en condiciones de viajar.

Esta vez, a diferencia de la operación que el 10 de enero permitió llevar a Caracas a Clara Rojas y a Consuelo González, no hubo show mediático ni llamadas desde la selva al Palacio de Miraflores.

¿Qué sigue?

Las liberaciones de Gloria Polanco, Luis Eladio Pérez, Orlando Beltrán y Jorge Gechem, que se suman a la de Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo, dan una nueva luz de esperanza para los familiares de los más de 700 secuestrados que todavía permanecen en poder de las Farc, incluidos los 39 políticos, policías y soldados que figuran entre los llamados "canjeables".

No obstante, todo indica, a juzgar por el comunicado que emitieron las Farc, las próximas liberaciones serían a otro precio y necesariamente tendrían que cumplirse dos condiciones: la participación de Hugo Chávez, al cual le debe la guerrilla haber recuperado cierto protagonismo -perdido desde de los diálogos del Caguán-, y de la senadora Piedad Córdoba, los únicos facilitadores que reconocen las Farc, y el intercambio humanitario. 

Las Farc han dejado en claro con las liberaciones que la participación de Chávez es esencial y que es por él que han hecho gestos unilaterales. No en vano han insistido en la "persistencia humanitaria y la sincera preocupación por la paz de Colombia" del presidente venezolano.  "Chávez y Piedad han demostrado que son eficaces y son los únicos en quienes confían las Farc y por eso es clave que sigan como protagonistas en cualquier proceso que venga con ese grupo", dice el analista político Alejo Vargas.

No obstante que las relaciones del Gobierno de Uribe con Chávez y Piedad atraviesan su peor momento, muchos coinciden en que más temprano que tarde será necesario establecer puentes institucionales para manejar el tema de los secuestrados. "No hay otra posibilidad -asegura el politólogo Camilo Rojas-. Las Farc han reiterado que Chávez debe estar presente en el proceso y excluirlo sería cerrarle las puertas al acuerdo humanitario". Por otra parte, Rojas no descarta en el futuro inmediato un papel protagónico de Brasil, Cuba y México, países que han jugado un rol fundamental en diálogos de paz colombianos. Por lo menos dos de ellos, Brasil y Cuba, serían vistos con buenos ojos por Chávez.

  Analistas como Alfredo Rangel consideran que si bien es cierto que Chávez será importante para futuras liberaciones, tampoco puede dársele todo el protagonismo en esta historia. "Es evidente que Chávez es importante y con su participación en las liberaciones ha tenido un respiro internacional, pero también es claro que el Gobierno de Uribe tiene que ser más exigente y precisar los alcances que pueda tener su presencia".

Otro de los mensajes que llegaron con las nuevas liberaciones es que las Farc insisten en buscar apoyo internacional para el intercambio humanitario. Para dejarlo claro han acudido a la estrategia de hacer liberaciones "gota a gota" de los "canjeables" civiles, y todo indica que el objetivo es forzar el intercambio de los miembros de la Fuerza Pública y otros civiles, como Íngrid Betancourt, Alan Jara y Óscar Tulio Lizcano, lo mismo que de los tres norteamericanos.

Para el analista León Valencia, es indudable que las estrategias tanto de Uribe como de las Farc han fracasado y "los obliga a buscar nuevas alternativas, y la internacionalización de la liberación de los secuestrados aparece como la única tabla de salvación". La pregunta es qué va a hacer el Gobierno que ha sido enfático en afirmar que no cederá a la exigencia de las Farc de despejar Pradera y Florida, exigencia que reiteraron este miércoles.

Hasta el momento ha sido apenas espectador de un proceso en el cual Chávez ha cosechado los laureles a costa de la soberanía colombiana. El escenario es hoy más complejo. Si en la primera etapa las Farc cedieron en la idea del intercambio humanitario para hacer liberaciones unilaterales y lograron interlocución con gobiernos extranjeros, ahora anunciaron que no van más las liberaciones unilaterales, que llegó la hora, ahora sí, del intercambio humanitario. ¿Qué hará el Gobierno cuando las riendas del asunto las están manejando desde fuera? ¿Cómo saldrá de la encrucijada?

LOS QUE QUEDAN

Esta nueva liberación es una esperanza para las familias de los 39 secuestrados que continúan en poder de las Farc en calidad de canjeables por guerrilleros presos en las cárceles. La lista de los que aspiran pronto a ser liberados la encabeza la ex candidata Íngrid Betancourt, considerada la joya de la corona por las Farc, que fue secuestrada, junto con su compañera de fórmula a la vicepresidencia, Clara Rojas, el 23 de febrero de 2002 en Caquetá. También esperan la libertad Alan Jara, ex gobernador del departamento de Meta, que fue secuestrado el 15 de julio de 2001; el ex congresista caldense Óscar Tulio Lizcano, secuestrado el 5 de agosto de 2000, y  Sigifredo López, el único sobreviviente de los 12 ex diputados que fueron secuestrados el 11 de abril de 2002 y asesinados el 18 de junio de 2007. Obviamente, en la lista también aparecen 32 militares y policías entre los que se destacan Pablo Emilio Moncayo y Libio Martínez, quienes son los secuestrados más antiguos y que se encuentran en poder de las Farc desde el 21 de diciembre de 1997. Sobre los tres ciudadanos norteamericanos, Marc Gonzalves, Thomas Howes y Keith Stannsen, secuestrados el 13 de febrero de 2003, las Farc han condicionado su libertad a lo que pase con Simón Trinidad, condenado a 60 años de prisión en Estados Unidos.

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