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HACE TRES AÑOS, una noche de enero de 2005, Lucho tomó mientras dormía la decisión de irse de las Farc. El bloque sur le había encomendado apoyar un "trabajo de inteligencia" en Bogotá y para eso le dio 900.000 pesos como viáticos. Se gastó 350.000 en bebida y hotel y por la mañana se presentó al Servicio de Inteligencia de la Policía de Bogotá y anunció su deseo de desmovilizarse. Sentía miedo, dice, porque tenía la plata pero al mismo tiempo la tranquilidad de que terminarían 11 años como combatiente en la guerrilla, a la que había ingresado cuando tenía 13 años.
"No me di cuenta cuándo me hice adulto. Sólo recuerdo que un día estaba en Florencia (Caquetá) y después de una pelea con mi papá me fui y me presenté ante Caballo, jefe del frente 13 de las Farc, porque alguien me dijo que eso era buen negocio", relata. "Exactamente fue el 7 de agosto de 1994 y hoy le pido a la vida una segunda oportunidad", agrega.
Los tres primeros meses no fueron tan duros porque estuvo en las milicias Bolivarianas siguiendo las órdenes de Diablo. Pero cuando pasó al monte y le encomendaron su primera misión realmente entendió en qué se estaba metiendo. "Teníamos que matar a alguien en Caquetá. Cuando llegamos a la casa de la víctima la señora nos recibió muy querida y hasta nos dio agua. El señor (la víctima) no estaba y el hijo fue a buscarlo porque estaba lejos. Se demoró una hora y cuando volvió lo encañonaron y empezaron a dispararle. Él corría y corría, y al final llegó hasta el río... Lo remataron allí. A los hijos, los llevaron al campamento. Todos murieron por haber visto".
La escena se repitió varias veces. Nunca recibió un centavo. Cumplió 15 años y recordaba múltiples casos en los que le decían que si él o sus compañeros, todos menores, se negaban a matar, ellos serían los muertos. También evocaba cada vez que quería ir al baño y tenía que esperar un relevo para poderlo hacer. "Había castigo por todo. Un día casi me reviento pero no me dejaban ir", relata. Cuando estaba más grandecito quiso estar con una mujer y para eso también había que pedir permiso y cuando la embarazó tuvo que presenciar el aborto de su bebé.
Lucho tiene hoy 27 años y está validando el bachillerato. Es uno de los tres desmovilizados de las Farc y las Auc que desde noviembre del año pasado recorren los colegios del sur de Bogotá con el propósito de invitar a los más jóvenes a resistirse al reclutamiento.
En momentos en los que las autoridades alertaron sobre el aumento del reclutamiento forzado por parte de bandas delincuenciales, milicias de las Farc y grupos paramilitares de niños y jóvenes en los colegios de Ciudad Bolívar, Usme, Bosa, Altos de Cazucá y Kennedy -sobre lo cual no hay una cifra aún consolidada-, los reinsertados cuentan sus historias ante un público incrédulo que les pide más detalles. "La pregunta que no falta es '¿Usted ha matado gente?' y a uno le da pena. Toca explicarles que dentro de la guerrilla cuando se entra joven es una de las cosas que toca hacer o sino el muerto es uno", dice Lucho.
"Somos tres, entre ellos una mujer porque a las niñas les toca más duro. Llegamos a donde los estudiantes y les contamos cómo era nuestra vida. Son talleres de dos horas. Muchos no nos creen pero la guerra es una cosa muy seria", precisa otro de ellos.
Vanesa se escapó de las Farc en 2002, cuando cumplió 15 años. Es una indígena huitoto que recuerda cómo en 2000 se presentó a esa guerrilla luego de que su hermano mayor quiso venderla a unos brasileros en Puerto Santander, Amazonas, a cambio de oro. "Tenía miedo y le pedí a la guerrilla que me llevara".
Estando allá, recuerda la joven que hoy tiene 20 años, comenzó haciendo guardia. Pero luego el comandante del frente 32 de las Farc le exigió tener relaciones sexuales con él, no dejarse embarazar y cumplir con todo el manual de guerra. "Me quiero ir, le dije estando un mes allá pero no me oyó", lamenta. "Así duré hasta que me escapé luego de un castigo por haber permitido la visita de una compañera a uno de nosotros al que tenían castigado", agrega.
La joven relata su historia mientras enseña su barriga. Tiene ocho meses de embarazo y trabaja en el proyecto Misión Bogotá en el Planetario Distrital como asistente. "El padre de mi hijo es desmovilizado de las autodefensas del Magdalena Medio. Después de desmovilizarnos aprendimos que tenemos que reconciliarnos. Y la verdad, no importa que yo haya sido guerrillera y él para".
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Actual director adjunto de Asuntos Civiles en la Misión de Estabilización de la ONU en Haití; director regional y oficial de Asuntos Políticos en Haití.