Gobierno busca bajar la presión internacional por el acuerdo humanitario.

La Iglesia convenció a Uribe de aceptar la zona de encuentro para el intercambio.

EL PASADO DOMINGO, antes de viajar a Buenos Aires para asistir a la posesión de la nueva Presidenta de Argentina, Cristina Fernández, el presidente Uribe se reunió de urgencia en Tunja con monseñor Luis Augusto Castro, presidente de la Conferencia Episcopal, y con el sacerdote Darío Echeverry. En la cita, monseñor Castro le pidió a Uribe definir las reglas de juego de la zona de encuentro  que había aceptado el  viernes anterior por solicitud de la Iglesia Católica.

Tras el encuentro, el Presidente anunció que la Iglesia era la única autorizada para facilitar cualquier acercamiento con las Farc. En la decisión jugó papel clave José Obdulio Gaviria, su mano derecha en el Gobierno. Y a Gaviria lo convencieron delegados de la Iglesia que se resistían a que quedara congelada cualquier posibilidad de diálogo para el intercambio.

Uribe se jugó la carta de la Iglesia para cortar de tajo la posibilidad de que gobiernos extranjeros le diseñaran una agenda paralela sobre el intercambio, y en especial para evitar que el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, le armara una encerrona en Buenos Aires. Todavía le sonaban en la cabeza las declaraciones de su colega francés en el sentido de que buscaría el apoyo de varios presidentes para que respaldaran el intercambio humanitario. Entonces decidió que aprovecharía el viaje a Buenos Aires para sumar apoyos.

Pero fue el Gobierno francés, por medio de su Primer Ministro, François Fillon, el principal protagonista, quien tras una reunión con Uribe aseguró: "Le dije que la opinión mundial tiene los ojos puestos en Colombia y que las iniciativas que podrían ser tomadas por el Gobierno colombiano tendrán un efecto positivo sobre la democracia en Colombia, su profundización y sobre la imagen misma del país".

La eficacia de la diplomacia francesa se hizo evidente en el discurso de posesión de Cristina Fernández quien, atendiendo el llamado de Sarkozy, dijo: "Creo que hay un derecho humanitario internacional que amerita que pongamos todo el esfuerzo para no llegar demasiado tarde" (por los secuestrados). Y a renglón seguido insistió en que la vida de los secuestrados está por encima de toda consideración.

Mientras Uribe se jugaba a fondo en Buenos Aires para intentar convencer a sus pares de que la guerrilla es la que se ha negado a dar pasos en firme para concretar el acuerdo humanitario, en Colombia algunos analistas coincidían en señalar que el Presidente aceptó la zona de encuentro para evitar ser acusado de tener el corazón duro y de ser indiferente a la suerte de los secuestrados. "La presión internacional que desató la tragedia reflejada en el rostro de Íngrid se sintió con fuerza en el Palacio de Nariño -dice el analista León Valencia-.

Pero más que esto, influyó la percepción inevitable de que una prolongación del cautiverio podría llevar a la muerte de Íngrid y de otros secuestrados, hecho que difícilmente se le perdonaría al presidente Uribe".

La jugada de Uribe no garantiza nada, entre otras razones porque no es la primera vez que acepta una zona de encuentro -en 2005 aceptó una propuesta de Francia, Suiza y España para desmilitarizar El Retiro- pero al menos lo muestra flexible y deja la pelota en la cancha de las Farc.

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