EN LA FRÍA Y LLUVIOSA TARDE del pasado domingo, minutos antes de abordar el avión que lo llevaría a Buenos Aires para asistir a la posesión de Cristina Fernández de Kirchner como Presidenta de Argentina, Álvaro Uribe ya sabía que el zar anticorrupción Rodrigo Lara Restrepo, hijo del ex ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por el cartel de Medellín en 1984, se iba del Gobierno.
Lara tomó la decisión después de una reunión con su familia en la que analizaron el artículo publicado esa mañana en El Nuevo Herald titulado "Cabos sueltos en la muerte de Lara Bonilla", que incluía declaraciones de la hermana del ex ministro Rodrigo Lara, Cecilia Lara Bonilla, quien ratificaba lo que 23 años antes y bajo la gravedad del juramente había dicho ante el Juzgado 77 de Instrucción Criminal de Bogotá: que 10 días antes de ser asesinado por el cartel de Medellín, su hermano el Ministro le había expresado preocupación porque en un complejo cocalero del cartel de Medellín 'Tranquilandia' habían encontrado un helicóptero de una empresa de la cual uno de los accionistas era Alberto Uribe Sierra, padre de Álvaro Uribe.
Curiosamente, el zar anticorrupción desconocía la letra menuda del expediente sobre el asesinato de su padre y así lo reconoció al Herald, pero anotó a continuación: "Ahora que conozco esos documentos creo que el tema es delicado y sobre eso me voy a pronunciar en los próximos días".
Todo indica que la lectura del artículo y la reacción de su familia lo llevaron a tomar la decisión de renunciar, pero también de hacerlo sin estridencias. Más que un acto político, la decisión tuvo razones íntimas de tipo emocional. La contradicción entre los testimonios de dos personas tan cercanas como su padre y su jefe le hicieron pensar que era mejor poner todo a un lado. El tono de su carta al Presidente fue tranquilo y moderado, e hizo énfasis en el balance de su gestión.
En la tarde del lunes, Lara se volvió a comunicar con el vicepresidente Francisco Santos ¿de visita en Washington para asistir a una sesión extraordinaria de la OEA¿ y le leyó el texto de la carta entregada al Presidente. Y aunque Santos le dijo que entendía sus razones, le aconsejó darse un compás de espera. Lara accedió a mantener en reserva su renuncia.
A pesar de que funcionarios de la Casa de Nariño, que hablaron en forma extraoficial con algunos periodistas, insinuaron que Lara había manifestado de tiempo atrás su intención de retirarse para aprovechar la coyuntura que le daba el año sabático que piensa tomarse el senador Germán Vargas Lleras y ocupar la curul vacante, la decisión de renunciar fue motivada exclusivamente por el conflicto que le creaba la publicación de El Nuevo Herald.
Los fantasmas
La salida de Lara Restrepo del Gobierno constituye un duro golpe para Uribe, pues revive los fantasmas que lo persiguen desde cuando fue elegido Presidente en 2002 y que periódicamente salen del clóset para atormentarlo.
Esta vez fue el helicóptero hallado en Tranquilandia, episodio que no sólo mencionó la hermana de Lara Bonilla, sino que confirmaba otro testimonio recogido en el expediente del caso que revivió el diario de Miami: el del coronel Jaime Ramírez Gómez, comandante de la Policía Antinarcóticos en 1984 y quien encabezó las patrullas que ocuparon Tranquilandia. Asesinado por la mafia en noviembre de 1986, declaró en el mismo despacho judicial donde testificó Cecilia Lara, que el Ministro le había dicho que si le pasaba algo, los responsables serían los propietarios de Tranquilandia. "Sí, los dueños del helicóptero y los aviones que ustedes cogieron en Yarí", sostuvo el oficial cuando le preguntaron sobre las preocupaciones expresadas por Lara Bonilla
Además, un testimonio en el mismo sentido fue recordado por Noticias Uno el pasado fin de semana: el artículo "La mafia amenaza al Presidente", que la periodista Ligia Riveros había publicado en Cromos dos semanas después del asesinato del Ministro a manos de dos sicarios del cartel de Medellín. En él, la periodista reveló que, días antes su muerte, en una reunión privada con periodistas de confianza, el Ministro les había dicho que lo más escandaloso de la Operación Yarí era haber encontrado en el aeropuerto clandestino "un helicóptero de una firma que tiene como principal socio a Alberto Uribe Sierra".
Aunque el hermano del Presidente, Jaime Alberto Uribe Vélez, explicó en su momento que el helicóptero fue vendido antes de la Operación Yarí contra Tranquilandia, a Pedro Fidel Agudelo Chávez como pago de una deuda por 25 millones de pesos, El Nuevo Herald sostiene que "ni el mandatario ni su familia han dado a conocer las escrituras de transferencia del aparato".
A pesar de lo delicado de las revelaciones del Herald, la Casa de Nariño sólo respondió el martes por medio de una carta que el jefe de prensa de la Presidencia, César Mauricio Velásquez, envió a Humberto Castelló, director del diario, en la que señala que el helicóptero hallado en Tranquilandia fue vendido el 6 de febrero de 1984, tal como lo certifica un aviso de prensa publicado por Aerofoto en la revista Cromos el 22 de mayo de ese año.
No obstante ese fantasma sigue rondando, lo mismo que el del helicóptero usado el 14 de julio de 1983 para trasladar al padre de Uribe desde su hacienda Guacharacas hacia Medellín, luego de un atentado de guerrilleros de la Farc que intentaron secuestrarlo. El episodio salió nuevamente del clóset en octubre con la publicación del libro de Virginia Vallejo Amando a Pablo, odiando a Escobar, quien sostiene que el capo le contó que él había prestado la aeronave.
Más problemas
La versión fue refutada por la Aeronáutica Civil que explicó que Uribe Sierra fue transportado en el helicóptero HK-2967, propiedad de Juan Gonzalo, El Guillo, Ángel, un controvertido empresario señalado de haber entrenado a pilotos de la mafia.
Las revelaciones de El Nuevo Herald y la renuncia de Lara Restrepo no fueron los únicos dolores de cabeza para el Presidente esta semana. A ellos se sumaron las declaraciones altisonantes del presidente Chávez que dijo que no quería verlo ni en pintura y que las relaciones comerciales se verían afectadas; el anuncio amenazante del presidente Ortega, en vísperas del fallo de La Haya, de que su ejército debería estar preparado, pero sobre todo, el confuso episodio de una grabación ilegal de una conversación con Luis Fernando Herrera Zuluaga, Mechudo, quien hasta marzo de 2003 fue asesor de imagen fotográfica del Presidente.
En la conversación, revelada por el columnista Daniel Coronell, un Uribe iracundo le exige a Herrera que se presente en la Fiscalía y que les ponga la cara a los periodistas de El Tiempo para que aclarar versiones que lo involucran en un episodio de corrupción. "Estoy muy berraco con usted y ojalá me estén grabando. Si me lo encuentro le rompo la cara, marica", le gritó Uribe fuera de sí a Mechudo. Uribe se refería a una denuncia contra Herrera, quien había visitado al empresario Raúl Grajales, detenido por lavado de activos en la cárcel de Palmira, supuestamente para pedirle cinco millones de dólares a cambio de evitar su extradición a Estados Unidos.
Pese a que Uribe reaccionó con rapidez y le pidió al fiscal general Mario Iguarán investigar quién o qué entidad del Estado interviene en forma ilegal sus conversaciones, la verdad es que nada está claro.
Más ahora que CAMBIO tuvo acceso a dos fotografías, al parecer tomadas en la campaña presidencial de 2002, en las que aparece Uribe departiendo con Grajales en algún lugar del Valle del Cauca.
En la primera de ellas está el hoy mandatario sentado en la misma mesa con el empresario -señalado de administrar los bienes del extinto capo del cartel del Norte del Valle, Iván Urdinola-, Isaac Yanovich, nombrado después presidente de Ecopetrol y otra persona, alta de color, cuya identidad se desconoce. En la otra imagen, están de pie Uribe, Grajales, el mismo hombre de color, y otro desconocido.
Hora de explicar
Las dos fotografías obtenidas por CAMBIO tienen relevancia porque el periodista Coronell reveló en su columna que Grajales ingresó a la Casa de Nariño al menos en cuatro oportunidades. Agregó que "le escribía al Presidente pidiéndole que agilizara trámites de su interés en el Banco Agrario. Además, gracias a su diligencia, la fundación benéfica que presidía en La Unión, Valle, recibió donaciones de la Red de Solidaridad, adscrita a la Presidencia".
Gracias a su enorme popularidad, prestigio y elocuencia, el Presidente ha logrado sortear hasta ahora con éxito las inquietudes surgidas en torno a su pasado y al de su familia. Así sucedió hace un par de años, en medio de una crisis en el proceso de paz con los paramilitares, cuando los retó públicamente a revelar pruebas sobre sus presuntas relaciones con esa organización armada ilegal.
Falta ver si el palacio de Nariño mantiene la misma estrategia en los casos del helicóptero de Tranquilandia y de la aparición de Raúl Grajales en el escenario, y si le vuelve a funcionar.
En el primero de los casos, los cuestionamientos no provienen como es usual de delincuentes en busca de beneficios sino de personas y medios de comunicación que hicieron publicaciones hace más de 20 años, cuando no había interés alguno en dañar la imagen de Uribe o de sus parientes más cercanos. Y la respuesta del jefe de prensa al Herald parece insuficiente porque se limita a reseñar que la aeronave fue vendida pero no presenta ningún documento que la soporte.
En el caso de los teléfonos interceptados ilegalmente en Palacio, también quedan preguntas por resolver, como por ejemplo, las visitas de Grajales a la Casa de Nariño, y porqué no fue investigada la conducta de un funcionario cercano al Jefe del Estado en trance de extorsionar a un reo.
Con la salida de Rodrigo Lara del Gobierno, Uribe recibe un duro golpe para su imagen tanto en Colombia como en el exterior, pues se trata no sólo del zar anticorrupción, sino del hijo de un Ministro de Justicia asesinado por la mafia y quien, al igual que miles de colombianos, espera que el Presidente le de una explicación satisfactoria sobre por qué apareció en Tranquilandia aquel helicóptero que hoy, 23 años después, aparece como un fantasma para atormentar al Presidente.
Estos primeros días de diciembre, que avecinan la calma del fin de año y la llegada de aguinaldos, han sido todo menos tranquilos para el presidente Uribe. La renuncia de Lara, el episodio del helicóptero, la aparición de Grajales y la tormenta en el campo diplomático, son demasiados dolores de cabeza.