Más ruido que nueces

Paola Ochoa y Sandra Suárez salieron de sus cargos en un momento crítico para el TLC.

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CUANDO COLOMBIA se juega el TLC con Estados Unidos, con un Congreso donde son mayoría los demócratas, opuestos al tratado, especialmente exigentes en temas de derechos humanos y muy sensibles al escándalo de la parapolítica que hoy tiene implicados a más de 40 congresistas afectos al Gobierno, las noticias relacionadas con la Embajada en Washington sólo crean más y mayores turbulencias. 

Hace pocos días fue la renuncia de Sandra Suárez como coordinadora del TLC, a sólo cuatro meses de haber sido nombrada por el presidente Uribe para canalizar los esfuerzos del Gobierno en la materia; luego vino el despido de Paola Ochoa de la Consejería de Prensa en la Embajada, y aun están sobre el tapete los interrogantes sobre el papel que juega en Washington Luis Ernesto Araujo, hijo del Canciller, y quien se mueve en altos círculos de la capital estadounidense como un funcionario del Gobierno.

Suárez explicó su renuncia con el argumento de que había recibido una buena oferta de una laboratorio farmacéutico, no sin antes advertir que su trabajo ya no era necesario porque el TLC no sería aprobado este año. La explicación, sin embargo, dejó muchas dudas. Primero, porque aceptar un cargo en un sector que saldría beneficiado con el TLC plantea un conflicto de intereses. Y segundo, porque dejó la sensación de haber tirado el puesto en el momento más difícil y cuando queda un arduo camino por recorrer. Tanto el Gobierno como la administración Bush creen que el acuerdo podría aprobarse en los próximos cuatro meses, razón de más para multiplicar esfuerzos, no para bajar la guardia.

La salida de Suárez fue tan polémica como su nombramiento, que en su momento fue interpretado como un gesto de desconfianza frente a la labor de la embajadora Carolina Barco a quien, no obstante su juiciosa labor, le tocó el "cambio de guardia" en el Congreso, que pasó a ser de mayoría demócrata después de 12 años de dominio republicano. Opuestos por principio al libre comercio, los demócratas querían el desquite y muy pronto le dejaron claro a la Casa Blanca que no estaban interesados en aprobar el TLC con Colombia o al menos no hasta pasadas las elecciones presidenciales de 2008.

Lo que más escozor causó fue un artículo en el que Suárez aparecía como "la salvadora" del TLC y dejaba a los funcionarios en Washington como una partida de incompetentes. "Fue como una puñalada trapera -le dijo a CAMBIO una fuente diplomática en Washington-. Se notaba que alguien estaba pasando una cuenta de cobro, pues cualquiera que conozca el trabajo que se hace en Washington sabe que eso no es cierto".

La publicación coincidió con la llegada de Paola Ochoa a la oficina de prensa de la Embajada, quien se dio a la tarea de averiguar quién estaba detrás del artículo que sembraba dudas sobre la labor de Barco y los 15 funcionarios con cargos de responsabilidad, la mayoría de la entera confianza de Barco. Una de las averiguaciones de Ochoa fue con Luis Ernesto Araujo, hijo del canciller y a quien Andrés Pastrana llevó a la Embajada. Molesto por las preguntas de Ochoa, dijo que no aceptaba cuestionamientos a su lealtad, a lo cual se sumaron después otros roces debido al estilo de la nueva funcionaria que, dicen en la Embajada, llegó a criticar lo que estaban haciendo desde hacía más de dos años.

Fue entonces cuando The New York Times pidió en un editorial no aprobar el TLC con Colombia. Ochoa, motu propio y sin consultar a nadie contestó el editorial con una carta en la que calificó al diario de "hipócrita" e "irresponsable". Barco le llamó la atención y le advirtió que sólo ella, como Embajadora, podía escribir ese tipo de cartas. En la Cancillería, un funcionario fue despedido por respaldar a Ochoa y Ochoa misma fue declarada insubsistente hace pocos días.     

Como si estos episodios no enturbiaran el ambiente, en el programa que dirige Gustavo Gómez en la cadena básica de Caracol salió a flote que el hijo del Canciller se mueve en Washington como si fuera funcionario del Gobierno. Aunque renunció a su cargo a los pocos días de la posesión de su padre en la Cancillería, asegura que siguió en Washington por petición del Presidente. Pero en la medida en que no devenga salario oficial, no tiene presentación que actúe como funcionario oficial, tenga acceso a información de la Embajada y desempeñe labores como si se tratara de un miembro de la delegación diplomática colombiana. Pero lo más grave es que su padre, el Canciller, en entrevista con La W el miércoles, dijo que a su hijo le pagan empresas particulares, lo cual podría generar un conflicto de intereses.

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