POR EFRAIM MEDINA REYES
Escritor.
LA CARTAGENA DE HOY ha dejado de ser una ciudad para convertirse en un enorme barrio marginal que empieza en el centro histórico y se extiende más allá del Pozón. Y digo marginal no sólo por los niveles de pobreza y los graves problemas sociales y ambientales que la abaten, es algo en el hueso y el alma lo que ha ido aniquilando el carácter de Cartagena hasta hundirla en la mendicidad. Luis Carlos López en sus poemas ya había anunciado la catástrofe, pero el anuncio de catástrofes nunca le ha quitado el sueño a los cartageneros, de hecho mientras escribo estas líneas los milenarios aguaceros siguen destruyendo casas y dejando familias a la intemperie de La Popa a Nelson Mandela.
La Cartagena de hoy sigue tan inmóvil como siempre, pero ha perdido el alma y la sana alegría que los cachacos envidiaban. Hoy hasta una criatura andina tiene más entusiasmo que un cartagenero, nuestro proverbial optimismo se transformó sin darnos cuenta en amarga resignación.
Cartagena es fea y no bastan tres malditos balcones y una muralla hecha con sangre y odio para cubrir las cicatrices; hemos creado a fuerza de mezquindad y desidia un pequeño laboratorio del infierno. Detrás de la postal habita el racismo, un racismo complejo que no sólo divide a negros de blancos si no a negros de negros que se creen menos negros, se trata de una forma minuciosa de segregación que destruye cualquier posibilidad de diálogo y ensancha los niveles de violencia. La ciudad pasó de la pobreza a la miseria y de ésta a la inframiseria.
La sensación de desconfianza, el temor al extraño y al vecino, la guerra por el centavo, la servidumbre, la humillación y la angustia se apoderó de aquella ciudad donde según Rojas Herazo "todos se conocen de memoria".
Por supuesto que la corrupción política y no política es una de las principales causas del deterioro estructural y moral de Cartagena, pero insisto en que el "espíritu festivo" del que todavía algunos cartageneros se sienten orgullosos ha terminado convirtiéndose en nuestro peor enemigo. En nombre de ese "espíritu festivo" los cartageneros fuimos perdiendo los espacios, la responsabilidad, el sentido de pertenencia y finalmente la dignidad.
Pensábamos que todo era una chanza y que las cosas se resolverían de algún modo y la Cartagena de hoy sigue esperando que "alguien" le resuelva el problema y el problema es grave. Atravesar la ciudad a mediodía en un autobús es una hazaña. Respirar cerca de la Bahía y seguir vivo es un milagro. Tener cinco minutos de tranquilidad en la playa es imposible. La mayoría de los habitantes de Cartagena no tiene idea de qué ni cómo se alimentará mañana. Confundir Cartagena con tres balcones y un muro hecho con el terror y la ignominia de miles de seres humanos es criminal porque significa ignorar al 90% de los habitantes que vive justo del otro lado del muro.
Nací en la Cartagena de los años 60 y crecí a mi libre albedrío. Recuerdo el mercado público de Getsemaní, era un lugar mágico. Después ocurrió el incendio y luego construyeron ese frío e impersonal Centro de Convenciones. El mercado salió como la mayor parte de los cartageneros del Centro Histórico y empezó Bazurto que es hoy una de las urgencias inaplazables de la ciudad. Ese demencial mercado público es el microcosmos esencial de la vida cartagenera y puede ser el punto de partida hacia otras soluciones.
Cuando pienso en la Cartagena de mi infancia me doy cuenta de que perdimos la espontaneidad y acumulamos resentimiento, un resentimiento que me acompaña cuando recorro ese paraje fantasma que es ahora el Centro Histórico. No hay vida allí, es sólo la escenografía perfecta del teatro de la crueldad.
Cartagena a sol y sombra (Informe especial)
Declaración de amor y lágrimas a Cartagena
Cartagena pasó la cuenta de cobro
Hay que resolver la fractura social
Es una olla a presión
A combatir la pobreza
Hay más vías y también más trancones
Todos del mismo lado
Hay esperanza
A Cartagena no sabemos valorarla
Aparecen primeras denuncias en tres departamentos por fraude en las pasadas elecciones.
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