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POR JUAN GOSSAÍN,
periodista y escritor.
Cartagena de Indias, bien nacida y bien nombrada.
Meira Delmar
ACABO DE RECIBIR una llamada telefónica de los directores de este semanario para pedirme que escriba cuatro páginas sobre Cartagena. Ellos saben que en tales menesteres se me ha ido la vida, que ese tema me pega en la vena del gusto y que, por consiguiente, jamás podría negarme a hacerlo.
De inmediato me dispongo a cumplir el encargo, peleando con un texto que manuscribo en tinta negra, porque no hay lascivia que pueda compararse con el roce del papel sobre la parte blanda de la mano. Lo malo es que no encuentro por dónde desenredar la madeja. Nada nuevo: es lo mismo que me pasa siempre, tratándose de Cartagena, por lo que estoy a punto de declararme vencido ante el tropel de sentimientos encontrados que me produce la ciudad más bella que España construyó en América.
Contra lo que suele suponer la gente, incluidos los amigos que me conocen más de cerca, mis amoríos con Cartagena jamás han sido una dicha permanente, miel sobre hojuelas ni agua de azahares, menos aún pechichones o consentidos. Lo que ocurre, en fin, es que yo la quiero tanto que voy a seguir insistiéndole a pesar de sus veleidades.
Hace 50 años, desde la cubierta de una barquetona cargada de plátanos y gallinas, que había remontado el río Sinú hasta llegar a las aguas encrespadas de la bahía, entre las brumas del amanecer contemplé por primera vez la maravilla que se abría a mis ojos, las cúpulas amarillentas de San Pedro Claver que cambian de color a medida que avanza la luz del día, los costillares de la muralla heridos a cañonazos, a la derecha el Cerro de La Popa que aún no se había convertido en un muñón lleno de mataduras, los tejados moribundos envueltos en una capa lechosa de salitre y neblina.
Era por entonces un estudiante pueblerino que no había cumplido los 10 años, con unos bombachos de dril que me llegaban a los muslos, camisa de seda cruda con botón en el cuello y unas polainas de cuero curtido que mi madre me había trenzado hasta las canillas. Todo mi equipaje estaba compuesto por una caja de cartón amarrada con un cáñamo.
Cuando entré al patio de aquel internado carcelario, donde me enseñaron a ser hombre antes de tiempo y donde aprendería que el talento sin disciplina no es más que un desperdicio, los alumnos mayores se burlaron con sangrienta perversidad de mis piernas peludas de fenicio y de mi atuendo de baraja española.
-¿Te la trajeron de los Estados Unidos?, me preguntó, señalando a mi pobre valija, el compadre Joselito Bello, un novillo cimarrón que habían logrado sacar, atrayéndolo con un espejo, de los pantanos perdidos de Guaranda, a orillas del río.
-No -le respondí, dejándome engañar por su falsa inocencia-. Mi mamá la compró en la tienda de la niña Julia Nieves.
-Ah -exclamó él, con un candor tramposo-. Es que como veo que tu maleta es de la famosa marca "Cartonite"...
Los demás bellacos me cayeron a coscorrones, rompieron la caja, me depilaron a pellizcos los vellos de las piernas, me robaron los precoces anteojos de miope y celebraron a mandíbula batiente ese chiste que yo apenas vine a entender el mes pasado, cuando me lo explicaron unos antiguos condiscípulos.
Oro y miseria
Desde entonces, y aunque haya transcurrido medio siglo, mis relaciones con Cartagena han sido -como todos los negocios sentimentales, los noviazgos caprichosos y los amores contrariados- una prolongación bíblica de ese primer día traumático, un remolino hogareño de galanteos seguidos de peloteras, piropos y reproches, lisonjas hoy pero garrotazo mañana. Los dos necesitamos un psiquiatra porque estamos llegando ya a los linderos del masoquismo o de alguna aberración freudiana. Confieso que no puedo vivir ni con ella ni sin ella; me pasa lo mismo que a Martí con aquella muchacha traviesa que él comparaba con una espina enterrada en el corazón, según los versos célebres que cantan a moco tendido los borrachos tristes en las cantinas del Caribe:
Si me la dejan, me mata; si me la sacan, me muero.
Voy a decirlo sin más vueltas o recovecos, aunque se me ponga la boca amarga y aunque tenga que pelear otra vez con la gente que más quiere mi alma, porque a mí no pueden llamarme cachaco advenedizo ni cachuzo entrometido: Cartagena es tierra de luz y penumbra, de oro y miseria, lámpara y mala sombra, belleza y fantasma, sol y eclipse. Cartagena es, sin más rodeos ni florituras, el diamante espléndido que cayó en un charco de mierda.
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