Heridas abiertas

Nora Linda Padilla, kuna que vive en el poblado de Arquía en el Chocó. (izq) Los kuna panameños deben recorrer más de 450 kilómetros para visitar a sus familiares en Colombia (der). Fotos: Julio César Herrera / Cambio

(Página 1 de 2)

TODO EMPEZÓ con un rumor pero nadie en Paya, un caserío del Darién en la frontera panameña, lo tomó en serio. Era casi mediodía del 18 de enero de 2003. Los kunas celebraban con abundante chicha el rito de la primera menstruación de una niña de 13 años, Marleny Martínez. De repente, irrumpió un grupo de hombres armados y con uniformes militares que se identificaron como de la guerrilla pero que en realidad eran paramilitares. Habían matado en el camino a un joven indígena.

Exigieron hablar con los líderes -sailas- Ernesto Ayala, Pascual Ayala y Gilberto Vásquez, líder de Púcuru, presentes en la celebración, y les dijeron que debían esperar a que llegara el comandante. Pasaron tres horas en medio de gran tensión e incertidumbre. Los armados sacaron del caserío a los tres sailas  y minutos después sonaron tiros. Luego decapitaron a uno de los líderes con machete y a otro lo degollaron con bayoneta. "Lo cortaron como se corta un pescado", contó un indígena de Paya.

A Vásquez se lo llevaron para Púcuru, guiados por dos indígenas que reclutaron en el camino. Uno de ellos logró huir en la noche para alertó a sus 426 habitantes. Cuando los paramilitares llegaron, no había nadie, por eso también sacrificaron al lider. Todos habían huido en busca de la desembocadura del río Tuira, donde tenían sus canoas. Presas del miedo navegaron hasta Bocas de Cupé, un caserío de campesinos negros donde hay teléfono y estación de Policía.

En ese momento no se sabía que tres estadounidenses que se encontraban cerca del resguardo, Robert Young Pelton, escritor de Adventure, revista de la National Geographic, conocido por sus crónicas de lugares peligrosos, y dos mochileros que se le habían unido, Megan Smaker y Mark Wedeven, habían caído en poder de los paramilitares. Carlos Castaño, entonces jefe de las Auc, dijo una semana después en un comunicado que habían sido "retenidos" por su seguridad. Meses más tarde, Young  publicó un libro: Come back alive (Regresar con vida).

Rumbo a Panamá

Tres años después, Arquía, un reguardo al norte del Chocó, amaneció sin su saila principal: Aníbal Padilla Pérez. Había huido en la noche  hacia Panamá por el golfo de Urabá con su hija, su yerno y cuatro nietos. Desconcertados, los indígenas mandaron un emisario a los líderes de Caimán Nuevo para que los aconsejaran y éstos, a su vez,  pidieron ayuda a organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos. 

Abadio Green, entonces a la cabeza de la Organización Indígena de Antioquia, cuenta que organizaron una misión para ir a la comunidad y convencer a los indígenas de que no se fueran para Panamá, preocupados porque el éxodo significaba acabar no sólo con la cultura, pues ese pueblo es el corazón de la comunidad kuna, "sino con el esfuerzo de titulación de 2.300 hectáreas de resguardo que les corresponde". La misión llegó Arquía el 7 de abril.

El fenómeno coincidió con el viaje del antropólogo Germán Piffano a la frontera, que venía decidido a hacer un documental sobre la dificultad de una etnia para mantenerse unida luego de una tragedia como la masacre de sus líderes. Conocía el caso porque en 2003 había trabajado en la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, Codhes. Su plan era acompañar desde Paya a un grupo de sailas hasta Arquía, donde se iba a celebrar un encuentro de líderes kuna de Colombia y Panamá.

Iba a ser la primera reunión después de la matanza y el objetivo era discutir los problemas de la comunidad: la amenaza de los grupos armados, el abandono de la tradición por parte de los jóvenes y su migración a las ciudades, la educación tradicional que no tiene en cuenta sus conocimientos propios, el interés de extranjeros de comprar  madera del resguardo, el turismo ecológico en la zona y además algo especialmente grave para ellos: que los sailas, depositarios del saber tradicional que transmiten por medio de cánticos que muy pocos conocen y encargados de resolver los conflictos, se estaban acabando. "Los cantos dicen que si la tradición se acaba y con ella desaparecen los cantos, el mundo se quedará sin espíritu, sin corazón... Como si hubiera muerto", explica Piffano.

Página 1 de 2 12Siguiente »
Publicidad
Enlaces de texo