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Por PLINIO APULEYO MENDOZA
Politólogo, ex consejero presidencial de paz.
"LO QUE SE HEREDA no se hurta", decían mis tías. "De tal palo tal astilla", expresaban mis abuelas. Ninguna de ellas, repitiendo dichos que debían venir de tiempos coloniales, imaginó que un día la ciencia vendría a confirmarlo, demostrando que los genes no sólo se encargan de repetir rasgos físicos, sino también maneras de ser y de actuar.
Escribo esto pensando en mi hermana Elvira Mendoza. Todo lo que de ella recuerdan cuantos trabajaron a su lado o fueron sus cercanos amigos podría aplicarse a nuestros padres, Plinio Mendoza Neira y Soledad García. A ella muy pocos la recuerdan hoy. Desapareció en la flor de la edad, a los 28 años, pero dejó un recuerdo vivo en sus contemporáneos, políticos, escritores y poetas. Nos quedó un libro con textos bellísimos que ellos escribieron cuando murió. Olaya Herrera tenía por ella, por su inteligencia, su vivacidad y su carácter, una real admiración. Era la clave en el fulgurante ascenso en la vida pública de su marido. "Tu madre -me dijo alguna vez Alfonso López Michelsen- fue la primera mujer ejecutivo que tuvo Colombia". "¿Cómo lo sabes?", le pregunté. "Me lo comentó mi tío, que era el gerente de un banco donde ella empezó a trabajar".
Editora de la revista Acción Liberal -una publicación de izquierda que recogía firmas no sólo de esa corriente política en Colombia sino de otros países de América Latina-, nuestra casa era también su oficina de redacción, única manera que encontró para ocuparse de sus hijos sin descuidar su trabajo periodístico. Muy pequeños aún, nos dormíamos escuchando el veloz tecleo de su máquina de escribir en un cuarto vecino. De día, en casa había el ajetreo de una oficina con redactores y empleados que entraban y salían siempre con prisa. Los almuerzos eran alegres y ruidosos con personajes como Luis Enrique Osorio, Oliverio Perry, Darío Samper o Darío Achury Valenzuela para quienes Solita, como la llamaban, no era sólo el ama de casa sino la compañera de luchas políticas.
Murió prematuramente por culpa del meticuloso e impaciente furor que ponía en su trabajo. Esperando que la revista del mes quedara lista, aplazó una urgente operación de apéndice indicada por su médico. Murió en la Clínica de Marly de una peritonitis aguda dejando cinco huérfanos. Elvira, la mayor, tenía 10 años; yo, 5 y Consuelo, la menor, sólo dos meses.
Quedamos a merced de un padre que tenía por la letra impresa la misma pasión. Su carrera como editor es bien conocida. Nunca escribió un artículo y menos aún un texto literario, pero era un devoto adorador de la poesía y sabía catar la buena prosa con el mismo gusto exigente de quien sabe catar un buen vino. Más que los políticos, poetas y escritores eran sus mejores amigos. Como gran jefe liberal de Boyacá, en su lista para el Senado del departamento llevaba a Armando Solano, a José Mar, a Eduardo Caballero Calderón o a José Umaña Bernal.